La sociedad y la muchedumbre

Autor: Luis Felipe Dávila
19 julio de 2020 - 12:01 AM

Al temor por el contagio se le suma el temor al crimen. Que sigue en aumento (tanto el temor, como el crimen), el otro es un criminal o una fuente de contagio, el otro es repudiable

Medellín

La pandemia ha logrado configurar por completo un modelo de control basado en el temor. El miedo reorganiza las relaciones sociales y crea las nuevas prioridades. La crisis manda. El coronavirus le dio agenda a los gobiernos que llegaron a improvisar, y terminó justificando su manera de ejercer el poder. Asistencialismo, autoritarismo, mesianismo, y “Dios proveerá”, son las claves actuales de la gobernanza. Todos los planes de gobierno, las políticas públicas, los planes de desarrollo y demás, son ahora: tiempo perdido, literatura fantástica, poesía (escrita por funcionarios que aborrecen la poesía).

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A la pandemia del coronavirus se suma la pandemia del miedo. Su contagio, al igual que la de la covid-19 se hace por el acercamiento. El temor de uno llega al otro y se vuelve más intenso, los ojos desnudos se encargan de expresarlo todo, irradian temor y reflejan temor. Son espejos en procura de no encontrarse.

Los rostros cubiertos por mascarillas despojan de individualidad a los transeúntes, ya no son seres conocidos, vecinos y amigos. Ahora son fuentes de contagio anónimas que deben ser evitadas al máximo. La pandemia iguala al rebaño, y desiguala a los hombres. Iguala al rebaño: al uniformarlos con tapabocas quirúrgicos, estableciendo una estética apocalíptica, insalubre y de urgencia. Cada encuentro es un recordatorio del riesgo. Un recordatorio que se repite una y mil veces. Lo que dice el tapabocas que silencia al hombre, es una y mil veces lo mismo: la fragilidad, la enfermedad, la muerte.

La actual crisis nos convierte en un rebaño de enmascarados, corriendo temerosos por alimentos y desinfectantes. A su vez, nos desiguala como hombres, como individuos. Pues el virus es un riesgo para todos; pero la pobreza, el desempleo y la quiebra, solamente lo es para algunos (la gran mayoría). El aislamiento inteligente es una gran estrategia, pero solo sirve para la clase media alta y la bien acomodada burguesía. El resto de los ciudadanos son inteligentes, pero no pueden estar aislados. Su pan depende del intercambio con otros, de la exposición, del trabajo de sus manos, del uso de su boca. Estar en su casa aislados, para muchos, no es una alternativa sostenible en el tiempo, de hecho, entre más tiempo se encuentren aislados en su casa, más torpe será la salida después.

La pandemia achicó el mundo, nos mostró el lado negativo de la globalización, el impacto de las aerolíneas de bajo costo y la apertura de las fronteras. A partir del 2020, cualquier gripa será global, como en una casa hacinada, el planeta dejó de tener barreras. Por primera vez en la historia todo el mundo está abatido por la enfermedad, y la sopa de Wuhan (como metáfora) pone febriles a los hombres en todas las esquinas. Como el efecto mariposa, pero con colmillos y alas peludas.

Al temor por el contagio se le suma el temor al crimen. Que sigue en aumento (tanto el temor, como el crimen), el otro es un criminal o una fuente de contagio, el otro es repudiable. La pandemia nos encierra en una jaula de miedo, nos encapsula y nos dispersa. La pandemia enferma al individuo y a la sociedad. En términos individuales: el virus condena a la muerte a los más débiles y atrapa en sus hogares a los más fuertes.  Y en cuanto a la colectividad: nos rompe como sociedad civil, nos devuelve a la etapa primitiva de la muchedumbre. Muchedumbre que va por las calles cubierta y temerosa jugando a la evitación. Destruyendo los miles de años de reglas de decoro y sociabilidad. Muchedumbre que frente a cualquier iniciativa avanza sin pensar.

La sociedad civil es un logro de la humanidad, mientras que la muchedumbre es una criatura tonta, dedicada a la imitación y al delito. Sin liderazgo y sin propósitos más allá de la existencia inmediata. Como lo señalaba Gabriel Tarde en el siglo XIX, la muchedumbre es menor al individuo en moralidad e inteligencia. Es anodina, proclive al crimen y a la violencia. El espíritu de muchedumbre embriaga a los sujetos en su breve asociación y los lleva a cometer estupideces, pues: “los hombres en grueso, en las muchedumbres, valen menos que los hombres en detalle”. Son menos inteligentes en manada que en soledad, en parte por la misma embriaguez de la multitud. La muchedumbre difiere con creces de la cordura de la sociedad civil, de la fortaleza de la familia, de la organización de la burocracia, de la calidez de los amigos.

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Respeto y practico estas pautas de salubridad, de hecho, las cumplo con una minucia excesiva; sin embargo, me preocupa pensar en los efectos sociales de este nuevo gobierno de los médicos y los improvisadores.

Posdata. Los hechos de la Tasajera y los hurtos masivos a camiones varados me hacen pensar que son crímenes de muchedumbres.

 

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