Elecciones presidenciales 2018: ¿un nuevo país?

Autor: Guillermo Maya Muñoz
25 junio de 2018 - 12:06 AM

En Colombia, la política vuelve a estar dividida entre las fuerzas progresistas que buscan el cambio social y las fuerzas tradicionalistas

El populista de derecha, calificado así por el NYT, Iván Duque, que pasó del anonimato al estrellato presidencial bajo la sombra de Álvaro Uribe, ganó con el 54% de los votos totales (10.37 millones), 12 puntos porcentuales por encima del contrincante de la izquierda Gustavo Petro que sacó 42% de los votos (8.03 millones).

El voto en blanco, a pesar de haber sido alentado por algunos de los sectores que patrocinaron la candidatura de Fajardo (Polo Democrático y Compromiso Ciudadano), solo llegó a los 800.000 votos (4.2%), un resultado que estuvo lejos de haber definido la elección de Duque, pero que si lo puso más lejos de Petro. Es decir, sus promotores buscaban construir un movimiento y “tener un mandato” (Juanita Goebertus) que contuviera al ganador electoral dentro de la moderación política, y de paso erosionar el liderazgo de la oposición en cabeza de Petro.

Si duda alguna, estos datos, tanto para el candidato uribista como para el candidato de la izquierda, sobrepasan las cifras históricas logradas por sus respectivos sectores políticos. La votación de Duque puede ser explicada, principalmente, porque todas las fuerzas políticas tradicionales y mediáticas, sobresaliendo el periodismo sesgado y “mala leche”, se unieron para la segunda vuelta alrededor “del que dijo Uribe” para asegurar su participación burocrática y prebendataria en el próximo gobierno. Una movida de supervivencia más que de principios, no exenta de vergüenzas y de claudicaciones, como fue el acercamiento del liberal César Gaviria al candidato Duque. ¡Qué oso!

Lea también: Presidente, el escogido de Uribe

Sin embargo, la consecuencia más importante de las votaciones presidenciales de 2018 es el hecho de que finalmente, en Colombia, la política vuelve a estar dividida entre las fuerzas progresistas que buscan el cambio social y las fuerzas tradicionalistas que preservan el statu quo inequitativo en lo social, y atrasado en lo económico, sobre la base de las actividades primarias exportadoras, extractivas, sin miramientos con los efectos medioambientales catastróficos de estas actividades.

El Frente Nacional, construido sobre la violencia partidista que le precedió y que inundó de sangre la patria colombiana, fue el acuerdo que selló la claudicación del partido liberal a sus banderas progresistas y a su mayoría popular para cogobernar con la  minoría y las ideas conservadoras. A partir de allí, los dos partidos se confundieron uno con otro, y la política se convirtió en un juego de yo con yo. La propuesta de gobernabilidad del presidente Virgilio Barco (1986-1990) de partido de gobierno y partido de oposición tenía como objetivo superar esta circunstancia que había herido de muerte la democracia en colombia, pero que debido a los intereses creados fracasó: Nada más terrible en Colombia, para los buenos para nada, que estar por fuera de las canonjías burocráticas y las corruptelas. Solo en Colombia hay que hacer un plebiscito anti-corrupción y el fiscal anti-corrupción va a la cárcel por corrupción.

Por otro lado, una izquierda minúscula se asomaba tímidamente al juego político porque la transmutación de parte de la guerrilla liberal en guerrilla marxista, bajo los acontecimientos de la guerra fría, la hacía víctima propiciatoria por parte de las fuerzas del estado y posteriormente de las paramilitares. En este sentido, el movimiento social como sujeto colectivo que hace parte del trámite democrático de las demandas populares fue victimizado y muchos de sus dirigentes asesinados.

A partir de ahora, con las Farc desarmada por los acuerdos de paz, logrados entre ella y el gobierno de Santos y que se dejó contar en las elecciones parlamentarias con una minúscula votación, el juego político es entre la izquierda progresista y la derecha tradicionalista, que no representan campos unificados sino de matices. El statu quo frente al cambio, dentro de los lineamientos de la constitución del 91, es decir, sobre el principio del respeto a la propiedad privada y la iniciativa individual, pero bajo el marco de una economía social de mercado que le pone límites. No más, pero no menos.

La izquierda ha pasado de 82.000 votos en 1980, que obtuvo Gerardo Molina, a un poco más de 8 millones de votos en 2018 con Petro. Es decir, se multiplicó por 100 veces. Una tasa de crecimiento nada despreciable. Este resultado no sólo es producto de que la izquierda, recogiendo lo mejor de la tradición progresista liberal, tenga su propia vocería política sin ser confundida con los movimientos armados, sino al hecho mas importante de que el país ha estado muy mal gobernado, a pesar de sus tasas de crecimiento económico, pero que no tiene expresión en unas mejores condiciones de vida y de empleo de los hogares colombianos que tienen que afrontar la informalidad laboral, la alta concentración del ingreso, de la riqueza y de la tierra. ¿Universidad gratuita? Demagogia, dice Héctor Abad.

Vea además: Colombia en el espejo español del siglo XIX

Es decir, en los últimos 30 años se avanzado poco si se compara con países que viniendo desde atrás, como los asiáticos, han superado con creces a Colombia, tanto en mejores condiciones de vida y de movilidad social como en sofisticación y complejidad de la estructura  productiva.

Finalmente, el hecho de que Petro haya ganado no solo en grandes centros urbanos como Cali, Barranquilla y Bogotá sino también en todo el litoral Pacifico, y que en la litoral Atlántico haya estado casi a la par con la maquinaria  gamonalista, pone de presente que las zonas más olvidadas y pobres reclaman un lugar sobre la patria que los ha olvidado y excluido, y que todavía zigzaguea en la construcción de una nación digna de su nombre, construida y sostenida sobre la igualdad, como punto de partida, y la democracia.

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