Educación, medios, cultura…

Autor: José Alvear Sanín
18 julio de 2018 - 12:10 AM

Si Colombia no resiste esa ofensiva cultural, en una o dos generaciones dejará de ser un país relativamente cristiano, democrático y libre.

 

A lo largo de larguísimos años he manifestado especial preocupación por la orientación de la educación superior como vehículo de indoctrinación política.  Recuerdo tantos de mis artículos en las viejas épocas de El Colombiano y El Tiempo, recibidos con la indiferencia que sobre ese tema ha imperado en Colombia desde 1936, por lo menos, cuando se inició en la Universidad Nacional.  De ahí se propagó esa  inculturación, que siguió in crescendo, incluyendo al Frente Nacional, y luego no ha tenido pausa, hasta llegar a hacer metástasis en las universidades privadas.

Nadie mejor que yo conoce el negro vacío en el que generalmente se hunden las columnas tan pronto aparecen, pero sin embargo tenemos que perseverar en defensa de lo que consideramos mejor para el país. Esa es la razón que me motiva para seguir dentro de la escasa docena de comentaristas que defienden el estado de derecho derivado de la civilización política, frente a la barbarie revolucionaria que conculca la libertad personal e inhibe el progreso económico y social.

Reconozco que entre mis amigos y conocidos también predominaba esa indiferencia, cuando no el abierto desdén por mis advertencias, actitudes que empiezan a cambiar ante los ocho millones de votos de Petro. En los últimos días he recibido apremiantes llamados para que escriba sobre este asunto, lo que me causa la doble frustración de haber tenido razón y la de lamentar el tardío despertar de tantos frente a uno de los problemas, quizás el más grave, del país.

Lea también: Verdad oficial, obligatoria y coercitiva

Que ocho millones de ciudadanos hayan llegado a sufragar por el candidato de las Farc, cuando dos meses antes apenas 52.000 lo habían hecho por su lista parlamentaria, es un hecho gravísimo, que denota el mayor malestar en la cultura nacional. Esa votación aterradora, que parte en dos el país —se nos dice—, no es monolítica, porque dizque es apenas una aglutinación inestable, unida solo por el odio contra el expresidente Uribe.  Poco me consuela esa aparente explicación, porque el odio es precisamente el fundamento de la praxis revolucionaria.

En años recientes, el marxismo cultural ha suplantado al marxismo económico como primer motor de la acción revolucionaria, tema muy amplio que ahora solo puedo tocar de manera tangencial, recordando cómo la inculturación marxista ha descendido de la universidad al bachillerato, penetración sigilosa que no ha encontrado resistencia por parte de las autoridades educativas, impotentes, cuando no cómplices de un magisterio ideologizado desde los claustros donde lo forman.

Finalmente, el AF refuerza tanto el avance de la imposición de la ideología de género desde la educación primaria, como la enseñanza de la nueva historia por medio de la “cátedra de la paz” a lo largo de todo el proceso educativo.

Paralelamente, todos los medios masivos están al servicio de la permisividad, que desemboca en el relativismo total, para no hablar del envilecimiento cultural que sigue a la diaria contemplación pasiva de la basura televisiva y radial.

Estamos viviendo bajo la larga sombra de Antonio Gramsci, para quien la revolución no se detiene en la eliminación de la propiedad y la libertad económica, porque su objetivo es la suplantación de la cultura tradicional, mediante la transformación radical de la manera de pensar.

Si Colombia no resiste esa ofensiva cultural, en una o dos generaciones dejará de ser un país relativamente cristiano, democrático y libre, para llegar a una vida horrorosa como la de China, Norcorea o Cuba.

Urge, entones, detenernos en el aspecto político detrás de las fuerzas revolucionarias. En ellas convergen comunismo, nueva era, ideología de género, nuevo orden mundial, en confuso maridaje. Su éxito depende en buena parte del impulso político, que ahora tiene un jefe incansable, definido y bien financiado, cuya meta es el poder, “dentro de cuatro años, o antes”. Para lograrlo viene desarrollando un metódico y eficaz trabajo en las redes sociales, que sin desmayo, pausa ni suspensión, atormentará  todo el periodo presidencial que empieza el 7 de agosto. 

Vea: De mártires y censuras

En esas condiciones, mientras Petro crece en las redes sociales, nuestros dirigentes las descuidan, confiando en los beneficios de la política democrática y tradicional, sujeta al derecho, que regresa con el Dr. Duque.

Si antes de las elecciones Petro dominaba los medios virtuales 4 a 1, su predominio en ellos ahora es mayor. Basta pensar en el escándalo que ha montado por la suspensión, algunas horas, de su cuenta en Facebook, de 1´600.000 suscriptores. ¡Esa interrupción, frecuente en ese medio, aquí y en otros países, se aprovecha para hacer creer que contra ese personaje existe una persecución abusiva y permanente!

Después de perder las batallas de la justicia, la educación y la información, hemos ganado la presidencia, pero no hemos recuperado el poder. Por tanto, hay que ganar la batalla de los medios, urgente e indispensable, si queremos conservar la democracia, la libertad y el derecho, en 2022 y años posteriores.

***

Los magistrados de la JEP reciben respetuosamente la visita de sus jefes y de sus abogados…

***

¿Logrará la inaudita audacia del padre Judas Francisco de Roux, con la supina colaboración de Santos, la entrega de los archivos requeridos para reventar el país?

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