Columnistas

Historia local y solidaridad humana
Autor: Dario Ruiz G髆ez
5 de Diciembre de 2016


Estaba escuchando hacia las once de la noche el programa de radio cuando comenzaron a llegar las primeras noticias del accidente del avi髇 con el equipo de j髒enes futbolistas brasile駉s.

Estaba escuchando hacia las once de la noche el programa de radio cuando comenzaron a llegar las primeras noticias del accidente del avión con el equipo de jóvenes futbolistas brasileños. Comunicación telefónica directa con hospitales de La Ceja, La Unión en las voces  de enfermeras, de bomberos informando que ya estaban dispuestos todos los equipos de rescate para llegar al lugar del desastre y para prestar atención médica. De Medellín se desplazaban ambulancias e incluso,  algunos  grupos de aficionados. Llovía a cántaros y el frío calaba los huesos. Yo veía el rostro de los muchachos cantando, haciendo bromas en esas largas horas del vuelo, respirando eufóricos una secreta confianza en que iban a ser campeones. Aún no se habían perdido en la abstracción impersonal que supone militar en un gran equipo profesional donde el dinero que vale en el comercio cada jugador, le ha quitado toda referencia hacia su pasado inmediato, hacia su barrio y sus amigos; estos eran muchachos de canchita de arena  en una pequeña ciudad, amigos entrañables, futbolistas de potrero. Pensar en ellos era volver en la imaginación hacia las canchas de fútbol de mi adolescencia, aquella cancha rodeada de búcaros y que con las lluvias se volvía un barrizal pero donde aprendí las virtudes humanas de la admiración hacia el mejor, del respeto al apasionado que sabía admitir que hay un momento en el fútbol de barrio donde comprendemos que la mayoría no vamos a pasar de jugadores voluntariosos que hacen bulto en la cancha y por lo tanto lo mejor es saber escoger otra profesión. El partido de fútbol como recordaba Giovanni Arpino no termina nunca, es eterno, porque siempre cada quien lo suele repetir de memoria y según sus propias palabras, recalcando la destreza de sus héroes preferidos. El partidito que juegan alborozadamente  un grupo de jubilados  unidos por los recuerdos, ya con una panza protuberante, las rodillas inflamadas, el reuma galopante no es otra cosa que un homenaje a las gambetas de Sívori,  a la “hoja seca” de Didí, a la inteligencia de Di Stéfano, a la fortaleza de Rossi. Henry Lefebvre aconsejaba  hacer este ejercicio: imaginar que estamos, por ejemplo,  en 1948  pero no atenernos al relato  abstracto de los periódicos o de los historiadores sino imaginar el nombre y apellido, la dirección de un vecino cualquiera que ha salido hacia su trabajo después  de despedirse de su familia, y, que, cumplida  su jornada, comprará una barra de pan para llevar a casa y allí en el calor de su hogar se pondrá con los hijos a  escuchar el radio  y a continuar el relato eterno del último partido de fútbol. Lo humano, rescatado, frente a la Historia.


El accidente de los muchachos brasileños  sirvió tal como lo recordó el hermoso editorial de este periódico para saber que somos aún humanidad tal como lo puso de presente la desprevenida y cálida solidaridad que los ha acompañado desde entonces: anónimos vecinos rescatando a un muchacho que en la hora de la muerte llamaba a su mujer y a sus hijos.  Aquí, en esta solidaridad está la verdadera resistencia a la infamia de quienes manejan a su antojo la Historia, a la cínica política de los asesinos convertidos en jueces por la indiferencia: Busquemos el nombre y el apellido  del niño que juega fútbol en la canchita de la escuela de vereda y estemos en su compañía  para que no pise la mina mortal que han sembrado los heraldos de la muerte.  “Sus cabezas martillarán en las margaritas;/ irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba/ y la muerte no tendrá dominio” (Dylan Thomas”)