Columnistas

Por la avenida Madison
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
22 de Noviembre de 2016


Es dif韈il escribir unos p醨rafos sobre Nueva York.

Es difícil escribir unos párrafos sobre Nueva York. Casi de inmediato se atropellan en la memoria algunos lugares comunes que inundan los comentarios de guías para viajeros o de reseñas turísticas sobre la gran manzana: capital del mundo, la que nunca duerme, rascacielos, Frank Sinatra, espectáculos de Broadway, la estatua de la Libertad –a la cual falta todavía un equivalente en la costa oeste, la de la Responsabilidad- como lo recuerda acertadamente Viktor Frankl: consumismo, lujo, gastronomía, multiculturalidad, pluralismo, arte, variedad, en fin, esta ciudad es generosa en todo.  


Muchos de los tópicos son ciertos.  Describen la urbe con precisión, definen algunos de sus rasgos de carácter y es quizás por ello su universal aceptación. Expresaré en todo caso unas observaciones que puede compartir quien camina –por cualquier razón- de sur a norte una de sus avenidas principales: Madison.


 Es la cuestión de los edificios. Pero no hablo de los actuales gigantes de la ingeniería, el acero y el  concreto que empequeñecen al ser humano y enaltecen la creatividad, el poder y el ostentoso imperativo económico de una nación líder de la época que vivimos, pese a todo lo que se diga en contra. Las colosales dimensiones de las actuales moles que crecen como sequoias en Manhattan algunas veces parecen hechas como para que el transeúnte tome conciencia adicional de su pequeñez y de su relativa insignificancia en un mundo de prisas, de tecnología, de compra y venta de toda clase de bienes, de deseos y de necesidades -que quizás no lo son, son simplemente símbolos de poder financiero y de  una anónima y aplastante arrogancia.  En las calles el peatón se torna en un ser incógnito, poco expresivo, presuroso, tenso, algunas veces angustiado. Eso sí, miles obsesivamente y uniformemente encorvados frente a la pantalla de su celular o conversando con distantes protagonistas –también ajenos e insignificantes- mientras se recorren a zancadas  los cruces de cebra, algunas veces atendiendo a las señales de los semáforos, otras, cosa curiosa,  omitiéndolas, ignorando la norma que se supone allí también cobija al peatón o al ciclista.


Llama la atención en Madison Avenue -el nombre de la calle es apenas un ejemplo-  a medida que se desplaza el viajero hacia el norte de la ciudad, la presencia de los que en su momento quizás también fueron rascacielos. Son los veteranos edificios de menos de 10 pisos de altura que progresivamente aparecen en el panorama, y los cuales, no tengo datos para referirlo con certeza, quizás fueron obra de generaciones de arquitectos e ingenieros que ejercieron su máxima creatividad hacia las primeras cuatro décadas del siglo XX.  Muchas cosas curiosas en ellos: hasta las escaleras para incendios son elementos de  creatividad y estética, además de su sentido funcional. Las fachadas de aquellos edificios  fueron diseñadas y ejecutadas para ser admiradas desde la acera del frente: combinaciones de ladrillos de diversos colores y texturas, equilibradas formas y ritmos en la sucesión cemento-hierro-madera-ventanas. En las cornisas, bordes superiores de los edificios, generalmente poco visibles- abundan las decoraciones: motivos botánicos, frutas, hojas de enredaderas ágiles y simétricas, ocasionales figuras de animales o de misteriosas criaturas quizás nacidas de la imaginación de cuentos infantiles o de épicas narraciones intemporales, ilustran o alegran bordes, marcos de puertas y bordes de los edificios.  


Estos rascacielos –pues en su momento lo fueron, no sé si el término  contenga nostalgia o precisión- además de su sentido último de albergar a las personas en sus actividades cotidianas, fueron construidos de modo bello. Fueron creados para ser también admirados, además de utilizados. Son espiritualmente diferentes a las moles que vinieron después de los años 60: unas cuadrículas de miles de metros cuadrados destinados a rentar, a ser  valores en cuanto propiedad raíz, en cuanto bienes útiles, comprables, vendibles y simbólicos. Hoy son repetidas por el mundo las moles despersonalizadas e imponentes, ante las cuales es difícil la admiración estética. Un gran contraste con aquellas otras por lo menos sexagenarias, que transmiten adicionalmente un intento de humanización, de enriquecimiento estético.


Es grato, apasionante, deambular un poco por Madison Avenue. Contemplar sus fachadas invita a la apreciación estética de lo que muchas veces podría pasar desapercibido: aquellas elegantes cornisas que llevan décadas  allí y que tienen desde entonces la intención de ser admiradas son algo multiforme, sorprendente, algo que causa una misteriosa alegría. En silencio hablan de contemplación y de poesía, algo que está al alcance de la retina, de la sustancia gris y del alma del transeúnte.