Columnistas

Marchas y contramarchas
Autor: Sergio De La Torre
23 de Octubre de 2016


El Proceso de Paz anda metido en un brete, o en un serio impasse al menos. Con todo y que el llamado Acuerdo Final logró sobrevivir políticamente a su propia muerte jurídica, provocada por el plebiscito.

El Proceso de Paz anda metido en un brete, o en un serio impasse al menos. Con todo y que el llamado Acuerdo Final logró sobrevivir políticamente a su propia muerte jurídica, provocada por el plebiscito. Y cuyo fracaso, el del acuerdo en lo que al SI respecta, así ocurriera por tan escaso margen, nadie lo esperaba, ni entre sus amigos ni entre sus enemigos. A éstos últimos, los del NO, a quienes les sonrió la suerte en el escrutinio, sacándolos del duelo en que se hallaban sumidos por cuenta de un resbalón que ya daban por descontado. Hasta esa hora nadie en dicho bloque, incluido Uribe en su intimidad, calculaba a su favor una votación superior al 40%. Pero aún con ese 40%, en medio de su obligado y natural escepticismo, se daban por bien servidos. O más exactamente, se resignaban, confiados en que tal cifra, nada despreciable por cierto, les alcanzara para emprender, en condiciones decorosas, la crucial batalla del 2018. Menos aún esperaban ellos la mitad y un poco más de la votación, que fue lo registrado.


En cuanto a los del SI, el porrazo de tal jornada (que ni las encuestas, ni la prensa, ni ellos mismos, alucinados por los alegres augurios que bullían por doquiera, se esperaban) los sorprendió descolocados, casi celebrando un triunfo aún no anunciado pero con el que de antemano contaban.


El expresidente Uribe, transcurridas dos semanas desde el plebiscito, tras haberse negado a un encuentro con Timochenko, aceptó, según parece, reunirse con él para tratar asuntos relacionados con la revisión, ajustes, o complementación (nadie sabe aún cómo denominarlo) del acuerdo truncado. O sea, lo que a él le interese plantear y el otro esté dispuesto a oír. Ello de hecho implica que Uribe se conformaría con introducirle enmiendas a un acuerdo que de tal manera está dando por existente y vigente, así las urnas hayan dictaminado lo contrario, en rigor de verdad. Lo cual, en dicho caso, equivaldría a que el acuerdo se renegocia mediante una transacción en que los dos bandos, el Centro Democrático y sus afines, de un lado, y las Farc del otro, propician el fin de la guerra. Así no queden enteramente satisfechos el uno y el otro. Ambos declinarían, de entrada, parte de lo que creyeron haber conseguido, el uno en la inolvidable celebración prematura de Cartagena y el otro en los escrutinios del 2 de octubre. O sea, el ilegible mamotreto de 297 páginas (toda una curiosidad histórica, digna de reposar en un museo) la guerrilla fariana, y la reciente, virtual victoria de Uribe en las urnas (victoria hoy relativizada) donde formalmente, en principio (para decirlo con cautela) dicho mamotreto fue rechazado por el pueblo soberano, si nos atenemos a la aritmética más que al volumen real, el tamaño efectivo y la razón política, que es lo que en últimas define quién y qué prevalece en una sociedad.


Mas todo lo dicho atrás, que parecía despejar caminos y pintaba bien, de repente es revertido y cancelado (incluida una previa y prometedora reunión en Bogotá de los asesores jurídicos de las Farc con representantes del NO) por la comandancia guerrillera en La Habana, al tiempo que el presidente Santos retoma las riendas del proceso en esta fase crucial, fijándole plazos cercanos y perentorios a la suscripción definitiva de un nuevo acuerdo que conserve la nuez del anterior y recoja y abarque a todo aquel que desee sumarse, incluidas las víctimas de la guerrilla, hasta ayer en la penumbra. Asimismo corren por estos días rumores de que la Corte Constitucional anularía, por vía de sentencia, el plebiscito ya cumplido, tal vez para que el Congreso proceda a implementar el acuerdo que pronto y finalmente resulte adoptado, y así pueda la insurgencia iniciar su tan esperada desmovilización. Amanecerá y veremos.