Columnistas

Cambio de enfoque
22 de Octubre de 2016


En Colombia, despu閟 de casi un siglo de intentos fallidos por terminar nuestra conflicto armado (porque esta guerra de 52 a駉s que hoy fracasamos en terminar es la continuaci髇 de una anterior),

Jerónimo Atehortúa


En Colombia, después de casi un siglo de intentos fallidos por terminar nuestra conflicto armado (porque esta guerra de 52 años que hoy fracasamos en terminar es la continuación de una anterior), deberíamos darnos la oportunidad de pensar de modo diferente. Tal vez nuestro problema no es la guerra, el narcotráfico o la corrupción, que son las muletillas más usuales para hegemonizar la percepción de nuestros conflictos y que en últimas siempre operan como estrategia para desplazar nuestra responsabilidad como coparticipes de esta realidad tumultuosa. Tal vez nuestro verdadero problema son, justamente, los proyectos políticos e ideológicos que emergen una y otra vez como “solución” a esos problemas.


Esto queda claro con la estrategia que desplegaron los promotores del No en el pasado plebiscito que buscaba dar fin a nuestro conflicto armado. Ante el problema de finalizar la guerra entre el Estado Colombiano y Las FARC-EP, la solución mantenida por la opción del No fue la de intensificar, a través del miedo, un proyecto de país confesional, con economía de mercado desregulada, afincado en la protección de los terratenientes y la ausencia de movilidad social (por no hablar de preservación de castas). En pocas palabras, un proyecto político con todos los ingredientes que dieron origen a nuestra guerra sin fin.


La campaña del No se basó en difundir mentiras. Hecho hoy comprobado por las mismas declaraciones de Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña. Según él, en entrevista para el medio La República, “la estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación”… “estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca”.


Lo que no quisimos ver, muchos de los partidarios del Sí, es que esas mentiras eran algo más profundo, pues ellas no servían para desprestigiar los acuerdos, al fin y al cabo estaban basadas en conjeturas deleznables. El relato de la campaña del No, en realidad, articulaba las ideas de un modelo de país que busca intensificar su influencia y perpetuarse. ¿No es eso evidente en el discurso de Uribe, tras el triunfo del No, en el que priorizó hablar de confianza inversionista, valores de familia, etc. Pero ignoró a las víctimas, además de no mencionar una sola propuesta superadora y concreta para dar fin al conflicto?


Queda claro entonces que uno de los principales errores cometidos en este trágico evento fue despreciar a los partidarios del No. Pero no en el sentido anodino de decir que quienes ridiculizan la posición del No son participes de la misma violencia que rechazan, o que ambas son posiciones democráticas que deben ser respetadas como igualmente válidas, porque no lo son (en esto no debemos aceptar ese chantaje moral seudodemocrático). Acá estamos en un asunto político, la cuestión es una lucha por el poder, y por la ampliación o reducción del universo democrático, que en últimas es lo que determinará el valor de verdad de mucho de lo que se discute. Todos lo demás son lugares comunes baratos. Al No se lo menospreció porque no se lo vio como un actor político de peso, con un proyecto antidemocrático, pero con solidez. Como bien dijo el hoy exgerente de la campaña Juan Carlos Vélez “ El No fue la campaña más barata y efectiva en mucho tiempo. Su costo-beneficio es muy alto.” Aunque si uno piensa un poco, y entiende que el costo fue la ética y la verdad y el beneficio la continuidad de un conflicto armado que ha dejado millones de víctimas, esa frase adquiere un sentido irónico aterrador.


Por otro lado, gran parte del relato de la campaña del Sí, se hizo en nombre de una paz idílica, muchos se declaraban a favor de ella (y no de la finalización del conflicto que era lo que en realidad se discutía) en nombre de sus hijitos y del país que les iban a dejar. Se domesticó el conflicto, se le dio a la votación un contenido que no debía tener. En esa lógica se dejaba afuera a las víctimas y se obturaba la ampliación del arco político y democrático que los acuerdos pretendían. En vez de pensar en las nuevas posibilidades políticas que el acuerdo abría, para dar un marco a las dialécticas sociales, se prefirió adoptar la imagen de un país que se abrazaba al son de cánticos, como en un spot publicitario.


Pero me gustaría ir un poco más allá. Me atrevería a decir que la opción del No ganó en el mismo momento en el que instaló en muchos de los promotores del Sí la idea indiscutible de que todo lo acordado con Las FARC, salvo su propia desmovilización, eran “sapos” que nos teníamos que tragar (postura demoliberal), y acá el papel de los medios, que supuestamente apoyaban, funcionó como un Caballo de Troya del No. A estos promotores “moderados” del Sí no se les pasó por la cabeza que los acuerdos fueron producto de negociaciones extensas con un grupo al que se le reconoció como interlocutor legítimo y cuyo origen histórico fue la injusticia endémica del país. Sus solicitudes no eran solo en su beneficio, correspondían a una agenda que tal vez sí beneficiaba a los colombianos, más allá de parar los fusiles. Fue esa falta de convicción y de entendimiento del conflicto armado lo que no permitió que el Sí se impusiera en las elecciones como una verdad histórica.


La pregunta que muchos nos hacemos, en este escenario, tras haber perdido en el plebiscito es ¿qué opción queda? Por supuesto insistir de manera clara y unívoca en la implementación de los acuerdo de La Habana. Los acuerdos pueden validarse jurídicamente, tienen como marco jurídico las atribuciones que la constitución hace al Presidente de la República; por no hablar de la cantidad de vicios y entuertos que hacen que el plebiscito no pueda reflejar ninguna verdadera voluntad democrática . El asunto acá no es de legitimación jurídica, sino política. Por eso hay que ubicar todo este asunto dentro del sano marco de la política. Como dije al comienzo, la opción definitiva es cambiar el enfoque y tratar de ver las cosas desde un proyecto político e ideológico que cambie las coordenadas que son causa del propio conflicto. De lo contrario, para aliviarnos, estaríamos bebiendo del mismo veneno que nos ha enfermado.


El Sí debe politizarse, debe abrazar sin pena un proyecto político. Ese proyecto es claro: la izquierda. Pero la izquierda comprometida con opciones de poder reales, no la que está sumida en la comodidad de situarse en el lugar del eterno disenso, el escepticismo y la marginalidad que garantiza la limpieza ética e intelectual. Acá vale recordar lo que dice Slavoj 巌瀍k,y es que hoy, lo único que en verdad puede rescatar al liberalismo político, que es gran parte de los partidarios del Sí, es abrazar a su viejo adversario de contiendas. La izquierda hace que lo mejor del liberalismo se mantenga a flote. De lo contrario se verá defendiendo principios básicos como la igualdad, la libertad o reciclando debates como el aborto. El liberalismo parece estar creando las condiciones de su propia destrucción; extrañamente esas condiciones llegaron cuando decidieron correr el espectro de la política tan a la derecha, para exterminar a la izquierda, obteniendo como resultado que hoy hoy Margaret Thatcher se pueda recordar como una progresista.


El Sí fue casi el 50% de la votación, el reto ahora es lograr que emerja la fuerza política que en él subyace, para reclamar con convicción, en la calle, en las plazas, en las redes, que se cumplan los acuerdos de La Habana. Porque ellos son los mejores acuerdos posibles, porque ellos fueron producto de una negociación minuciosa, porque ellos se hicieron con la representación de las víctimas, y porque ellos dan respuesta a conflictos que hacen parte de deudas históricas de nuestro país hacia sectores ampliamente ignorados. Si eso no es democrático deberíamos cuestionar lo que entendemos por democracia.