Palabra y obra

The presence of the absent one
La presencia del ausente
21 de Octubre de 2016


John Cárdenas Orrego, fotógrafo, crítico de arte y psicólogo, relata cómo se vivió el proceso de la obra Sumando ausencias, performance de la artista colombiana Doris Salcedo, a propósito de la realidad política y social actual del país, del tema paz



Salcedo ha sido considerada por la crítica internacional como la más importante artista contemporánea colombiana.

Fotos: John Cárdenas Orrego

John Cárdenas Orrego


Psicólogo


Fotógrafo y crítico de Arte


Rodrigo Bastidas, profesor de literatura y escritor de ficción, invirtió seis horas del domingo para cernir ceniza y llenar tarros con ella. Hizo tres nombres: Se cogía la tela blanca de 2,50 x 1,20 centímetros y se extendía en la mesa, se tomaban las plantillas de las letras necesarias para armar el nombre, se untaba colbón sobre las plantillas, se esparcía la ceniza y se dejaba reposar, luego un colaborador pasaba con un spray de laca fijadora, se cogía la tela y se colocaba sobre una lamina de papel celofán de la misma dimensión para que no fuera a manchar de ceniza las otras telas ya marcadas.


“Fue muy importante ese ejercicio. Lo que hice fue estar en silencio, concentrarme, repetir el nombre que estaba haciendo, como rezando. Pensar en la persona que fue”, dijo.


Eran 1.900 nombres los que se tenían que escribir sobre 7 kilómetros de tela. Se obtuvieron de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas en la dirección de Alan Jara, víctima viva. Se le pidió con una sola condición: Una selección aleatoria, independiente del partido político o las razones por las que haya muerto en esta guerra que de nuevo amenaza al país.


Gloria García, diseñadora, imprimió algunos nombres el sábado 8 y el martes 11 de octubre cosió varias telas: “Es impresionante no saber quién fue, si lo quisieron, si aún lo extrañan. Es muy fuerte saber que lo que tienes entre las manos no es sólo una tela, adquiere un significado grandísimo”.


Isabel González viajó desde Medellín para coser todo el día: “Es conmovedor cuando uno empieza a bastear para juntar dos telas. Fueron dos semejantes y quiero coser despacio. Entiendo porque nos dicen que cosamos bien, que no pisemos las telas, que no las ensuciemos, que no entremos comiendo, es que las telas son nuestros muertos”.


“El trabajo con las manos es sagrado”, afirmó el artista Pedro Ruiz. Pensó en las víctimas de este conflicto eterno y fue a la Plaza, enhebró y cosió.


Yamile Velosa, directora del Departamento de Producción del Museo de la Universidad Nacional, entidad que junto a la artista Doris Salcedo organizó el acto, se acercó y dijo que había que hacerlo rápido, porque no paraba de ventear. Jennifer, con sus dos hijos, Benjamín y Joaquín, preguntó en qué podía ayudar, y le explicamos:  


“Estas bolsas ziploc llenas de arena las tenemos que empacar en estas bolsas blancas y hacerle el nudo e ir poniéndolas en la caja para que ellos se las lleven y las pongan encima de las telas”. 


Los niños entendieron la dinámica y funcionábamos como máquinas pensantes. Sí, era inevitable no reflexionar porque hablamos de los muertos y del porqué estábamos ahí:“A mi mamá le dieron libre en la universidad, ella trabaja con el museo y todos se vinieron para acá a ayudar. Y a mi novio y a mí en la universidad, nos dijeron que viniéramos”.  


“Yo a los niños los llevo a clase de lúdica teatral y la profe nos dijo que si veníamos a la plaza de Bolívar y nos explicó la obra y todas nos vinimos para acá”, dijo ella.


Un silencioso murmullo, como el de los velorios, que unía con bastas, -en lo posible perpendiculares al Palacio de Justicia-, las telas blancas que en el medio se leía el nombre de una persona que estaba ahí con nosotros. 


La paradoja: sentir tanta vida en medio de tantos muertos.


La humanidad logra con el arte resucitar la vida a pesar de saber que ha sido la muerte y el horror lo que nos ha tenido en velatorio cincuenta y más años en este país.


Doris Salcedo es artista plástica, escultora, es la responsable de este acto performático colectivo, titulado Sumando ausencias, que comenzó la noche del domingo 2 de octubre, cuando supo el resultado del plebiscito y culminó el martes 11 a las 9:40 p.m. 


Acudió a colegas y aliados: la directora del Museo de la Universidad Nacional, María Belén Sáez, entre otros, y ellos llamaron a los suyos y estos a otros. Fueron cientos de personas las que participamos y dejamos puntadas que formaron una obra que no se olvidará por mucho tiempo. 


La noche fue llegando. La monumental alfombra que cubrió el suelo de la Plaza de Bolívar estaba terminada. El silencio se podía escuchar, presenciábamos una obra inmensa, contundente. Algunas personas descalzas caminaban lentamente y al llegar al centro se arrodillaban. Una mirando hacia el Palacio de Justicia inclinaba todo su cuerpo hasta besar la tela una y otra vez, otra mirando al palacio rezaba con camándula en mano. 


Pasaron unos quince minutos y los del equipo coordinador de la obra estaban filados a lado y lado de la gran bandera o inmensa alfombra, otros con tijeras en mano comenzaron a segmentarla, las filas comenzaron a cogerla al tiempo y luego a una sola voz la doblaban. Después de unas tres vueltas sonaba similar a como cuando se pasa un cadáver o a un herido a una camilla: 1…2…3… ¡Blammb! En la plaza de Bolívar se veían unos rectángulos blancos de unos 60 centímetros de largo. Apareció un camión y a manera de entierro de a seis u ocho personas cogían los rectángulos subían al camión y los depositaban allí. 


Todos estábamos en un aturdidor silencio. 


Un instante escalofriante, implacable, como cuando al velorio llegan los de la funeraria y se llevan el ataúd con el cadáver del ser querido a enterrar y queda un vacío. 


La presencia del ausente.


Me doy cuenta de que Sebastián Peña, estudiante de segundo semestre de Cine, me mira mientras hago fotos y lloro. Nos miramos y le pido un abrazo. Lloramos como si estuviéramos despidiendo a la mamá. 


“Este país es muy loco, parcero. No entiendo. Le rezo hasta al dios en el que no creo. No sé qué va a pasar”, me dice.


Esta performance es un guiño de esos que puede hacer el arte contemporáneo, de esos que sólo Doris Salcedo sabe hacer. 


En tiempos de tanto ruido embrutecedor, resulta interesante que alguien deje constancia del grito silencioso ante la evidencia. Sumando ausencias es como la artista nombró su obra, es una manera de advertirnos que si lo permitimos de nuevo será el horror el protagonista y no los cuerpos vivos que ocuparán nuestro suelo. Fue una obra oportuna.