Editorial

Pedagogía internacional
4 de Octubre de 2016


Urge el continuado apoyo de la comunidad internacional y muy especialmente de los “Países garantes y acompañantes”, para obligar a las partes firmantes del Acuerdo a permanecer sentadas en su renegociación.

El cubrimiento informativo de la prensa internacional al plebiscito colombiano ha mostrado simplismo, que se torna ramplón cuando se compara la victoria del No con el Brexit o la temida elección de Trump. En el campo de la opinión experta, el vacío es mayor: hasta nuestra hora de cierre, los únicos editoriales que hicieron referencia a nuestro plebiscito fueron el de El Universal, de México, y The Guardian, británico, entre quince de los más grandes periódicos de América y Europa. Sus comentarios coinciden con casi todos los de los voceros de ONG y Organismos multilaterales, al reconocer la legitimidad de la victoria del No y expresar la sorpresa por una decisión insospechada. Con contadas excepciones, se señala la decisión como un bloqueo, un equívoco o una pérdida en la búsqueda de la paz. Como le pasó al Gobierno y sus partidos aliados, en la comunidad internacional también se confirman las dificultades de los observadores para entender este país, sobre todo por su apego a escasas fuentes (cuando no la oficial únicamente) y estadísticas muy puntuales.


Colombia es diversa, dispersa, plural y, sobre todo, fruto de distintas experiencias en el conflicto. Entenderla facilita no sólo aceptar la validez del No sino buscar las razones de 6’431.376 ciudadanos que, actuando con plena libertad y haciendo gala de valiente independencia, dijeron no al Acuerdo de La Habana y, como señalamos en el editorial El engañoso “sí” doble, al Acto Legislativo 1 de 2016, que ha quedado sepultado. También obliga, cómo no, dar su justa medida a la abstención del 63% de los ciudadanos, apenas tres puntos superior a la de la intensa y polarizada primera vuelta presidencial de 2014. 


Dado su interés, que percibimos generoso y genuino, por el proceso de negociaciones de paz en Colombia, la comunidad internacional necesita entender que el 50,21% de los votantes dijo No a los términos del Acuerdo Final, que se construyó y promovió mediante inmenso, y costoso, despliegue mediático. La aproximación con lupa, no sólo con telescopio, al país le permitiría comprender que la mayoría de votantes del No son ciudadanos no radicalizados que rechazaron el acuerdo sin renunciar a su apoyo a las conversaciones en La Habana para poner fin al conflicto armado con las Farc, ratificando el respaldo que ofrecieron en la segunda elección del doctor Santos, para que completara el proceso de negociación que empezó. La paz que esperamos quienes estamos en esa mayoría reclama un acuerdo razonable, no imposible ni perfecto, que cumpla con mínimos de justicia y que no imponga injustos desequilibrios a la participación en política. Pedimos un acuerdo realista y posible que no entregue la democracia más sólida de Latinoamérica, y una economía digna de confianza, a pesar de que ha tenido que levantarse sobre las amenazas de un conflicto interno de 52 años y de la presencia, otra vez, creciente, del narcotráfico.


En tanto observadores en la distancia, que a veces tienen que entregarse a fuentes parciales, y las más de las veces interesadas, los medios de comunicación internacionales han demostrado escaso conocimiento del país. Lo hicieron al declarar que la votación se dividió entre votantes urbanos, para ellos lejanos al conflicto, que apoyaron el no, y habitantes rurales, deseosos de superar la amenaza de las Farc, que votaron sí. Su reduccionismo ha llegado a desconocer la importancia de la votación del No en departamentos con predominio de la ruralidad, como Casanare, Arauca, Meta, Huila, y algunos con grandes ciudades pero también grandes extensiones rurales, como Antioquia, donde la violencia ha sembrado dolor y atraso por doquier. En algunos análisis empieza a reconocerse, todavía tibiamente, al país que votó No para rechazar la falsedad que no por repetirse miles de veces se tornó cierta: este Acuerdo no puso a las víctimas de las Farc “en el centro” ni les entregó a ellas y al país entero suficientes garantías de verdad, reparación y no repetición; reconoció y manipuló a unas cuantas que fueron invitadas a actos privados de perdón en La Habana, donde ellas solas se encontraban cara a cara con sus victimarios en pleno. 


La decisión de los colombianos ha sembrado incertidumbre, pues el Gobierno y los promotores del No, nunca previeron que el voto de opinión emergería con la independencia demostrada el domingo, a pesar de una apabullante campaña por el Sí que buscó dividir a los colombianos entre los amantes de la paz y de la guerra. En este estado urge la toma de decisiones por encima de intereses particulares y politiqueros para que se corrija el Acuerdo escuchando la voz de los colombianos, y por fin se rectifique el rumbo de la economía, cuyos resultados adversos presentes son atribuibles a la caída en producción y precios del petróleo, el descuido a la inversión extranjera y el manejo irresponsable de urgentes reformas como la fiscal, que se pospusieron por decisión política para no afectar los resultados esperados del plebiscito. También urge el continuado apoyo de la comunidad internacional y muy especialmente de los “Países garantes y acompañantes”, para obligar a las partes firmantes del Acuerdo a permanecer sentadas en su renegociación.