Columnistas

Reflexiones sobre el plebiscito
Autor: Jorge Arango Mej韆
18 de Septiembre de 2016


No pretendo ser el due駉 de ninguna verdad. Menos a鷑 inducir a alguien a votar el 2 de octubre en en un sentido o en otro.

No pretendo ser el dueño de ninguna verdad. Menos aún inducir a alguien a votar el 2 de octubre en en un sentido o en otro. En una democracia, nadie tiene derecho a imponerle a otro su manera de pensar o de actuar en relación con los asuntos públicos. 


Tampoco me parece sensato atizar más las pasiones exacerbadas por agravios e injurias, ni estimular la división entre los colombianos, causada por una propaganda monstruosa, que no conoce límites y que ha invadido hasta la intimidad de los hogares. División cuyos efectos perjudiciales se verán con el paso de los días. Que nadie se engañe: las heridas que dejará la campaña por el SÍ, tardarán en cicatrizar más tiempo que el que durarán los supuestos beneficios del Tratado Timochenko- Santos. Dicho en otros términos: cuando ya nadie recuerde ese tratado, y Timochenko sea apenas otro senador, como Roy Barreras o como Claudia López, aún subsistirán los rencores y la rabia causados por esta controversia injustificada e inútil. 


¿Por qué injustificada e inútil? Por varias razones:


La primera, que ya todo está acordado entre las Farc y Santos, y nada puede cambiar, cualquiera que sea el resultado de la votación el 2 de octubre. El mismo Santos ha dicho que nada lo obliga a consultar al pueblo, porque él está facultado para celebrar este singular Acuerdo. En síntesis, que él hace “lo que se le da la gana”. Como lo demostró la manera de redactar la pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”. A la cual habría podido agregar otras del mismo estilo: “¿Prefiere usted la salud o la enfermedad?”; “¿Quiere disfrutar siempre de riqueza y bienestar?”; “¿Apoya usted la idea de que Colombia gane el Mundial de Fútbol?” 


Prueba incontrovertible de lo anterior la ha dado el mismo Santos. Él mismo ha anunciado que ya todo está en listo o en proceso de inmediata ejecución: el señalamiento de los sitios o centros de vacaciones de los miembros de las Farc; la determinación de los grupos de la Policía que los cuidarán, para que nadie intente causarles molestias; las partidas presupuestales necesarias para entregar los millones de pesos que recibirá cada uno de los bandoleros etc. Lo único que aún se desconoce, pero que sin lugar a duda está acordado, es lo que corresponderá, en dinero o en prebendas diferentes, a los cabecillas de la organización criminal.


La segunda razón, que no hay que jugar con la gente, engañarla al llevarla a “apoyar” con su voto lo que esta irrevocablemente acordado. ¿Para qué votar sobre lo que no se puede cambiar y que nadie tiene que aprobar? Además, es inaceptable que un Estado arruinado por los malos administradores y por los corruptos, incapaz de atender servicios públicos fundamentales como la salud y la educación; derroche más de dos billones de pesos en un plebiscito inconstitucional. Y la cifra no es exagerada: según el Registrador Nacional del Estado Civil, la sola votación del 2 de octubre costará algo más de cuatrocientos mil millones de pesos. A esto hay que sumarle lo malgastado en propaganda, que no será inferior a un billón y medio de pesos. 


Pero a Santos nada le parece costoso ni caro: él tiene, como buen tahúr, el as bajo la manga: la reforma tributaria. El 3 de octubre, como ya lo ha dicho, presentará el proyecto al Congreso dócil y amaestrado. Si los colombianos tenemos suerte, no habrá que pagar por el aire que respiramos. Pero la reforma apenas enjugará el déficit de más de diez billones, causado por una pésima gestión fiscal. Y no alcanzará ni para cubrir la primera cuota de los gastos incalculables que demandará el cumplimiento del acuerdo de las 297 páginas, firmado en La Habana. Y menos para sufragar los que habrá que hacer para cumplir la sentencia de la Corte Constitucional sobre las “madres comunitarias”.


Pero no hay que perder las esperanzas: tan grande, tan resistente, es el pueblo colombiano, que aguantará lo que falta del desgobierno de Santos. Con el paso de los años, la entrega a las Farc será únicamente un recuerdo vergonzoso… Una página vergonzosa que jamás debió escribirse. ¡Qué Dios nos tenga de su mano!