Columnistas

Una novela sorprendente
Autor: José Alvear Sanin
14 de Septiembre de 2016


María Clara Ospina es bien conocida por sus oportunas notas periodísticas.

María Clara Ospina es bien conocida por sus oportunas notas periodísticas. Aborda los más agudos problemas nacionales con claridad y sin perder el equilibrio, señalando los peligros que corremos al transitar la fatal senda revolucionaria. Narra sus frecuentes viajes con desenvoltura y de ellos extrae apreciaciones valiosas para Colombia. Ha transitado por la poesía. Hace algunos años escribió una excelente y entrañable biografía de su mamá, la valerosa, combativa e incansable doña Bertha Hernández, perfecto complemento vital para su marido, el doctor Ospina Pérez. Ahora nos sorprende con una original novela, “El sembrador de mariposas” (Bogotá: Planeta; 2016) bajo el sello editorial Emecé, que creíamos desaparecido.


En primer lugar, se trata de una obra muy bien escrita. Esto indica que su autora ha leído mucho, lo que explica, a mi juicio, la agradable sencillez de un lenguaje que fluye sin estridencias, malabarismos ni trucos, llevando al lector desde un entorno plácido hasta una serie de sorpresas. Así la novela va agarrando, alejada del tedio de tantas de actualidad.


El buen lector se va apropiado de multitud de ideas y situaciones, hasta parecerse involuntariamente a los maestros, cosa bien distinta del plagio. Digo esto porque intuyo en María Clara un apreciable conocimiento de la literatura francesa. En algunas de sus páginas me recuerda a Giraudoux, y en otra ella pinta, con la misma intensidad de Maupassant, el cambio que con un inesperado y benéfico acontecimiento se opera en una mujer agobiada.


En esta novela la familia constituye el centro, pero no es propiamente la sangre lo que la aglutina. La rebelde hija del inquilino, el amigo de infancia, la dulce y deseable prima, la adusta tía, el profesor de música, estarán siempre unidos por los profundos lazos que crea la cercanía, que en este caso no se rompen, a pesar de largas ausencias y países distantes. 


Tomás, Marina, Valentina y Guille no podrán escapar de una red de afectos y repulsiones que los atrapa, pero al lado de todas estas peripecias, que van in crescendo hasta el clímax y de ahí a un inesperado desenlace, la novela nos va a interesar por las mariposas, que la escritora bien conoce en el esplendor natural de la increíble belleza de la migración y el apareamiento de las monarca (desde el Canadá hasta Michoacán); nos hará el elogio de la cocina mexicana y nos llevará por Petra, el desierto de Jordania y sus habitantes. 


Esas páginas no son para llenar espacio, porque así como estamos poniendo en peligro especies como la monarca, el fast food hace perder el gusto civilizado a los alimentos. A esas dos importantes llamadas de atención la novela une discretamente la consideración del niño convertido en capricho disponible para las locuras de hogares absurdos, donde se excluye la paternidad, los vientres de las mujeres más pobres se alquilan y a los infantes se les niega hasta el derecho de conocer sus orígenes. Sin detenerse demasiado en esta problemática, la novela me ha hecho, sin embargo, reflexionar sobre este terrible asunto.


“El sembrador de mariposas” es, sin duda, una novela contemporánea, digna de celebrarse como el afortunado inicio de una promisoria novelista que debe seguir la senda que ahora ha tomado.


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Según el Drae, “lágrimas de cocodrilo” son las que se vierten aparentando un dolor que no se siente”, como las de los señores del Secretariado, para que se les crea apenados por la muerte de los diputados del Valle, entre otras recientes simulaciones.