Columnistas

Homo informaticus, non sapiens
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
13 de Septiembre de 2016


El sabio sueco Karl Linneo en el siglo XVIII denominó Homo sapiens sapiens a un peculiar ejemplar presente en todas las latitudes del planeta, con su particular modo de andar,

El sabio sueco Karl Linneo en el siglo XVIII denominó Homo sapiens sapiens a un peculiar ejemplar presente en todas las latitudes del planeta, con su particular modo de  andar, de asociarse con los otros, también de pelearse por toda clase de motivos con los de su mismo clan, y con las características del lenguaje articulado y de un nivel de conciencia que le permite conocer sobre sí mismo: el ser que sabe que sabe. Quizás no podría imaginar el gran naturalista nórdico, corresponsal de nuestro sabio Mutis, que pocos siglos más tarde hemos añadido algunas otros modos de describir características de este anthropomorpha: homo económicus, homo technologicus, homo consumericus, homo ludens… entre otras.


No necesariamente es fiel a su condición de inteligente el hecho de ser también “informaticus”. Hay Homo informaticus non sapiens.  Muchos profesores universitarios se han familiarizado con el joven estudiante que invierte su tiempo y su interés en estar conectado a la red -se la llamó alguna vez superautopista de la información- y al mismo tiempo estar perfectamente ignorante de su realidad inmediata y con conocimientos menos que superficiales en asuntos que deberían ser conocidos desde sus bases de formación en la secundaria.  Existen serios déficits en la formación en lenguas extranjeras, en humanidades, filosofía, historia, artes plásticas… a esto se suman también problemas obvios en matemáticas, en lenguaje, en lectura, y una pertinaz ausencia de concentración, de la comprensión de realidades abstractas que exigen mayor esfuerzo y de interés por asuntos teóricos y prácticos que trasciendan sus gustos y afectos inmediatos. 


El homo informaticus erróneamente suele sentirse cómodo y satisfecho con la superficialidad de sus fuentes de referencia; está habituado a no cotejar o cuestionar aquellos datos que en algún momento consideró o le fueron presentados como válidos. Es auto-suficiente con sus defectos y sus prejuicios; ignora de modo sistemático el esfuerzo que requiere la lectura concentrada de un documento de mayor extensión. Manifiesta  en ocasiones su abierto desprecio por la antigüedad y por los clásicos; le basta con lo que se dice en su círculo inmediato de personas que comparten intereses y aficiones, o simplemente, lo que se comenta en las redes sociales sobre las cuestiones del momento. Este espécimen no es un visitante de museos o bibliotecas, edificios y lugares que le pueden llegar a producir de modo inmediato sueño, alergia, o simplemente, reacción de pánico y huida que no logra controlar, sustituyéndolos por un paseo en un centro comercial. Para muchos de aquellos, miles quizás, lo mejor y más expedito es ponerse periódicamente una camiseta de determinado color para sentarse con sus contertulios al frente de un gran televisor a ver el partido -un partido de futbol eterno e importantísimo- que suele suceder al menos cada semana, día tras día, mes tras mes, año tras año.


El “Homo informaticus non sapiens” se le escapó a Linneo de su taxonomía, no tuvo tiempo de clasificarlo. Es un ejemplar común por estos días, descrito premonitoriamente por Orwell en la Rebelión en la granja: Todos obedecían al cerdo mayor en el régimen que controlaba férreamente con su camarilla: similares a los homo informaticus de hoy son los animales de la granja: aves indoctas, dóciles y trabajadores caballos, ovejas pasivas, acríticas y  obedientes.  Muchos de estos ejemplares también andan por ahí, en el metro, en la calle, en la clase, en el auto, conectados con sus absorbentes audífonos a sus portentos de la tecnología e informática, I-pads, teléfonos inteligentes y toda clase de dispositivos. Seres informados pero no educados, conectados pero fuera de la realidad inter-humana. Consumidores informados, quizá excesivamente, llenos de datos pero incapaces de reflexionar -e incluso tomar interés serio en estos-. Una paradoja desconcertante en la época de las tecnologías de información y comunicaciones. León de Greiff comentaba: “De pingüinos/ la tropa galana / salía de paseo esa mañana/ y al són de una gavota cortesana/ …   Caravana de abigarrada variedad innúmera”.