Editorial

Los Juegos que no olvidaremos
21 de Agosto de 2016


Las medallas ganadas estuvieron ajustadas al presupuesto del COC, demostrándose que el trabajo planeado, la preparación rigurosa y el acompañamiento permanente producen resultados.

El optimismo y la confianza con que la delegación colombiana llegó a afrontar los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro quedó plenamente justificada por los resultados obtenidos en las pistas de competencia, donde se escribió la historia más brillante del país en 84 años de participaciones. Las tres medallas de oro, dos de plata y tres de bronce ganadas por los nuestros estuvieron ajustadas al presupuesto del Comité Olímpico Colombiano, demostrándose así que el trabajo planeado, la preparación rigurosa y el acompañamiento permanente producen resultados al nivel más exigente del deporte mundial, de modo que, así como ocurrió después de los Juegos de Londres 2012, los resultados de hoy se convierten en el punto de partida para diseñar las metas con miras a Tokio 2020.


No cabe duda de que Colombia se ha convertido en una potencia deportiva en la región. Al ubicarse en la tabla general de medallería únicamente por detrás de  Brasil con relación a Suramérica, y en el cuarto lugar de Latinoamérica por debajo de Jamaica, Cuba y el anfitrión, nuestro país consolida el crecimiento que se inició en los Juegos Suramericanos de Medellín 2010 y que, con apoyo de los departamentos, de la nación y, en algunos casos, de la empresa privada, se mantuvo en los Panamericanos de Guadalajara 2011, en los Olímpicos de Londres 2012, en los Suramericanos de Santiago 2014 y en los Panamericanos de Toronto 2015. Un doble ciclo en el que algunos atletas afianzaron su categoría, como es el caso de Mariana Pajón, Caterine Ibargüen y Óscar Figueroa, flamantes campeones en Río y medallistas en Londres; y en el que comenzó el relevo generacional con deportistas como Yuberjen Martínez, Ingrit Valencia, Luis Javier Mosquera o Fernando Gaviria, entre muchos otros.


El debate sobre si es suficiente o no el apoyo que el Estado brinda al deporte, adquiere vigencia al finalizar estas justas. Es apenas natural que los deportistas reclamen mayor respaldo para sí mismos y para quienes apenas están comenzando su carrera, pero no compartimos el extremo de afirmar que el Gobierno no ha hecho nada. Bajo la premisa de que ningún apoyo será nunca suficiente, hay que reconocer que nuestros dirigentes, al menos en los últimos diez años, sí han jugado un papel determinante en el desarrollo del alto rendimiento en el país. La prueba está, primero, en 16 medallas logradas en las últimas dos olimpiadas y, segundo, en el crecimiento exponencial del número de deportistas clasificados a los Juegos. Antioquia, por ejemplo, dio un giro de 180 grados en 2002, bajo la administración del gobernador Guillermo Gaviria Correa, al cambiar el concepto de deportistas de alto rendimiento por el de deportistas de altos logros, lo que se materializó en la creación de Centros Regionales de Desarrollo Deportivo que permitieron descentralizar el acompañamiento a los nuevos atletas y seleccionar con mayor rigor a los prospectos para el Programa de Apoyo al Deportista, en el que Indeportes asume la manutención integral y, desde 2006, brinda también un auxilio económico, un paso hacia la profesionalización como única vía hacia los éxitos de clase mundial como los alcanzados en el presente. Valle y Bogotá han transitado caminos similares, razón por la  cual son estas tres regiones las que siempre están en el top del medallero en Juegos Nacionales y las que más deportistas han aportado a las delegaciones olímpicas.


A nuestro juicio, el mayor fruto de estos procesos ha sido el fortalecimiento sicológico de los deportistas, de la mano del mejoramiento de lo técnico. Por años, deportistas con grandes condiciones tuvieron que conformarse con triunfos morales pues, a la hora de competir, el miedo escénico o la incapacidad de asumir la responsabilidad del favoritismo los derrotaban antes de salir al campo de juego. Nuestros atletas hoy han logrado vencer el conformismo de aspirar a “una buena presentación” y han asumido su responsabilidad con el triunfo. Mariana Pajón, Caterine Ibargüen y Óscar Figueroa hicieron alarde de seguridad en sus pruebas y alcanzaron sus metas. Otros tuvieron tropiezos apenas naturales en el deporte, pero abonaron el camino hacia un futuro prometedor, como lo evidencian los 14 diplomas olímpicos ganados, que equivalen a 14 atletas que llegaron a finales y estuvieron en la pelea por las medallas, los mismos que en Tokio pueden darnos mayores alegrías de las que disfrutamos hoy.


Lástima que persistan algunos hábitos muy colombianos, como el de los anuncios mediáticos de casas y otra suerte de promesas por parte de algunos políticos, mientras, por ejemplo, el Centro de Alto Rendimiento de Urabá, la gran cantera de campeones, no recibe los recursos para su plena operación. Más que causar golpes de impacto, el Estado debe mantener una inversión continua y ojalá creciente. Cuando esta noche se extinga el fuego que durante los últimos diecisiete días iluminó a Río de Janeiro y cuando la nostalgia embargue a deportistas, técnicos y aficionados, debe comenzar para Colombia el proyecto Tokio 2020, con el objetivo de superar el listón que hoy queda en su punto más alto.