Columnistas

Estaba cantado
Autor: Sergio De La Torre
21 de Agosto de 2016


Cada pueblo se labra su destino, seg鷑 sean sus ra韈es, recursos, mezclas y avatares. Estos 鷏timos, los avatares o sorpresas (sean tr醙icas, como, digamos, una cat醩trofe natural que lo devasta, o felices.

Cada pueblo se labra su destino, según sean sus raíces, recursos, mezclas y avatares. Estos últimos, los avatares o sorpresas (sean trágicas, como, digamos, una catástrofe natural que lo devasta, o felices, cuando de repente lo encuentran sentado sobre un inmenso yacimiento de petróleo que la humanidad requiere) no siempre son hijos del azar sino también de la geología, complementada por las urgencias del mercado mundial en la hora. El azar, caprichoso como es, premia con la riqueza minera a unas naciones y no a otras. Venezuela, por ejemplo, guarda más crudo en sus entrañas que todas las naciones latinoamericanas, de donde uno se pregunta si acaso tiene ella más merecimientos que los demás para haberse topado con el “oro negro” justamente cuando éste se tornó indispensable al despuntar el pasado siglo. Yo diría que nadie es mejor o peor por haber descubierto un tesoro enterrado en su casa, o por haberse ganado una gran lotería, pero sí responde, al menos ante sí mismo, por malgastarlo.


El caso de la bonanza petrolera venezolana es patético. Entre los países árabes, que con nuestro vecino fueron los más favorecidos con el hallazgo, no conozco quien haya desaprovechado más ése privilegio que Venezuela. Pese a las enormes fortunas de que se ufanan los jeques árabes, en sus patrias todos los connacionales se beneficiaron, unos más, otros menos, con el crudo. Gústennos o no sus monarquías, o en su defecto el régimen autoritario que se montó, aquellos pueblos todos lograron configurar sus naciones a partir de un consenso básico, de un mínimo bienestar social y del respeto a su cultura y tradiciones.


Venezuela, en cambio, no supo sembrar sus astronómicos ingresos petroleros, invirtiéndolos en desarrollo productivo, educación y otras cosas perdurables. Salvo sus ampulosos aeropuertos y sus proverbiales autopistas, por donde solían circular vistosos automóviles gringos de último modelo en lugar de tractomulas que llevaran mercancía de exportación a los puertos, todo se les fue en fasto, vanidad, burocracia hiperremunerada, gasolina gratuita para todos y opíparos subsidios para las familias, cualquiera fuere su condición económica. O sea, el reino de la dilapidación: una Arcadia en América.


Y con el cambio de siglo llegó el chavismo, para empeorar las cosas. Porque, ya sin control alguno, la corrupción y el derroche se salieron de madre. A las capas sociales adictas al coronel (un gopista fracasado de la víspera, calenturiento y elemental, que abrazó el castrismo sin entenderlo y cuando éste ya no era sino un desastre, portador de ruina y miseria) a las capas sociales adictas a él, digo, les multiplicó los subsidios en pago a su lealtad. A Cuba, Nicaragua, Bolivia y a la plétora de islitas caribeñas que hacían de naciones (cada una con su respectivo voto en la ONU, la OEA y demás organismos internacionales) en trueque por su apoyo y complicidad durante más de una década les regaló parte substancial de su renta petrolera. Tanta que, si la hubiera guardado para sí, hoy Venezuela no estaría pasando hambre. Pero sobre las vueltas de su destino, como de tragedia griega revivida en nuestro tiempo, o mejor, de tragicomedia, hablaremos luego.