Columnistas

Vivir sin la cultura
Autor: Dario Ruiz G髆ez
8 de Agosto de 2016


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Naturalmente cuando se hace cada día más evidente en los distintos medios de comunicación, en el lenguaje de los políticos, del gobierno, el hecho comprobable de estar viviendo una crisis de valores sociales, religiosos, culturales, ya que, tal como lo he venido analizando, la confusión se ha apoderado del lenguaje  mientras que la atención de las gentes se ha enfocado hacia temas ajenos a los intereses de la política en juego. Es decir que las gentes ante la inminente catástrofe económica, han optado por  vivir su propia vida, comunicarse con su propio lenguaje, conversar en silencio con Dios, vivir su propia sentimentalidad al margen de las huecas estadísticas, ceremonias oficiales. ¿Hay en la sórdida enumeración de hechos de violencia, crímenes, secuestros con que los grandes noticieros de t.v  “describen” la vida de los barrios pobres de las ciudades, algo de piedad, de compromiso ético o es solamente una enumeración de sucesos que tienen, como un disfrazado objetivo, ser una cruel e inmoral imagen que en nada compromete la responsabilidad de los directivos de esos medios, utilizándolos  para caricaturizar los verdaderos valores de las clases pobres? Anestesiar, además, las conciencias de políticos, de empresarios, de jerarcas religiosos respecto a la realidad del país  es precipitarse en la ceguera moral que es el objetivo primero a conquistar por parte de quienes detrás de escena planifican la toma del poder tal como se hizo en Venezuela, tal como genial y astutamente lo hicieron los estrategas del nazismo para someter a los grandes empresarios bajo el falso señuelo de estar defendiendo a la patria  y que cuando quisieron escapar de esta pesadilla ya era tarde para ello. En “La caída de los dioses” la obra maestra de Visconti hay una delirante secuencia donde los nazis para humillar a la gran familia de industriales  en un esperpéntico remedo de ceremonia hacen que  el heredero se despose con su madre, llevando así la humillación a esta clase social, al extremo más aberrante. ¿En la anulación morbosa de lo humano no estriba precisamente la finalidad totalitarista de destruir los vínculos morales que unen a las personas y fundamentan valores definitorios como la vergüenza? ¿Cuál ha sido nuestra respuesta como cultura supuestamente civilizada ante el problema de los refugiados que huyen del terror y buscan la libertad?  ¿Y, entonces, la cháchara sobre la Otredad de nuestros filósofos de academia? ¿Acaso la noción de prójimo y de caridad de nuestros sacerdotes pacifistas sólo es un instrumento ideológico? La irrupción de los miles y miles de refugiados sirios expulsados  por el terrorismo de su país natal muriendo en el intento, ha planteado tal como lo recuerdan muchos pensadores, el mismo Papa, la necesidad de insistir en que la idea de Europa como civilización diferente a la barbarie, está basada fundamentalmente frente al perseguido que sufre, en la noción de hospitalidad. ¿Por qué nuestro silencio  ante la deportación violenta de colombianos por parte del régimen chavista hace algunos  años? La realidad pone a prueba el lenguaje.


¿Cómo puedo callar ante el robo permanente a la educación y a la salud por cifras astronómicas en el Departamento de Córdoba? En la Guajira mueren los niños wayuu por desnutrición lo sabe de antemano cualquiera que haya conocido esa región, pero ¿qué decir de los carteles del hambre en Córdoba, Sucre, Bolívar, Magdalena? ¿Por qué no se los enumera con el nombre y apellido de sus responsables si son los causantes directos del desamparo, sed, desnutrición no sólo de los niños sino de las gentes pobres? ¿Por qué a estas castas políticas se las declara intocables? La Cultura política con mayúsculas es una parodia en estas condiciones.