Columnistas

El imperio de la mentira o el reino de la fantas韆 (IV)
Autor: Jorge Arango Mej韆
17 de Julio de 2016


Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucci髇:

Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción: la ambición y la intriga abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia.” (El Libertador  Simón  Bolívar).


Éste es el cuarto y último de los artículos que me propuse escribir sobre la tragicomedia de La Habana, monstruoso engendro del experto en traiciones, que, al final, después de cuatro años, no ha parido, como los montes del poema, un ratoncillo, sino ese perverso galimatías que se conoce con el nombre de Tratado Santos-Timochenko. 


He encontrado una frase del Libertador, que resume la situación de Colombia en esta hora de tinieblas, y por eso la he puesto al comienzo.  Veamos.


Es verdad que el pueblo es ignorante, porque a serlo lo ha condenado una clase dirigente egoísta, voraz, codiciosa, y ciega para todo lo diferente a su propio beneficio. Al calificarla así no me refiero a los politiqueros, que son su expresión más acabada, sino a todos: los dueños del gran dinero, los que medran a su sombra, y esa heterogénea caterva que ha borrado los límites entre su bolsillo y el erario, que considera que los bienes públicos no tienen doliente y que, por lo mismo, puede disponer de ellos a su arbitrio.


Pueblo que, en estos días del posconflicto (expresión mentirosa que quiere convencer a los ingenuos de que la paz ha llegado, cuando aún los bandoleros de las Farc, armados hasta los dientes, extorsionan centenares de miles de colombianos), soporta una propaganda masiva, engañosa, que lo aturde, que busca embrutecerlo, para convencerlo de la llegada al mundo feliz, nueva tierra prometida, donde todo es paz, todo abundancia. Y los ejemplos de esas mentiras gigantescas sobran.


Simón Gaviria ha dicho –con la autoridad que le confiere su cargo de Director  Nacional de Planeación- que en el primer año contado a partir de la firma del Tratado Timochenko- Santos, el ingreso de todos y cada uno de los cuarenta y ocho millones de colombianos, aumentará en un cincuenta por ciento. Lo que, traducido en cifras, quiere decir que aquél que ganaba como asalariado, un millón de pesos mensuales, ha pasado ha devengar un salario real de millón y medio de pesos. Y lo mismo para el trabajador independiente, para el rentista, para el pensionado, etc. ¿Habrase visto mayor estupidez?


Pero Santos no se queda atrás. Con desparpajo, haciendo gala del desprecio que le inspiramos todos los colombianos, sale con el cuento de que en 2025, gracias a lo que se ha sembrado en sus ocho años de desgobierno, Colombia será el país más culto de América Latina. México, Chile, Argentina, Uruguay quedarán relegados, ante esta nueva potencia del conocimiento. Semejante desvarío, ¿es fruto de su arrogancia, de su ignorancia o solamente de su tontería? “¡Averígüelo Vargas!”


Y como ya se están cosechando los frutos de la paz de Santos, vale la pena examinar cómo se ha manejado el paro de los camioneros.


¿A qué se debe este cese de actividades?  Son múltiples sus causas, pero entre ella cabe destacar algunas. La primera, la insoportable situación que padecen centenares de miles de conductores de camiones, que no son dueños del vehículo que manejan. Generalmente no tienen un ingreso fijo, pues reciben un porcentaje de los fletes. Por lo mismo, carecen de prestaciones sociales y para ellos el Código Laboral no existe.


La segunda, la condición de quienes tienen un solo camión, lo manejan y subsisten de lo que les produce. Son trabajadores independientes, a quienes el Estado deja librados a su propia suerte, literalmente dejados de la mano de Dios.


Hay, naturalmente, algunos privilegiados, que   se lucran de subsidios creados por el gobierno, como el de la llamada “chatarrización”, a la postre convertido en fuente de enriquecimiento ilícito de particulares y de funcionarios ladrones.


Por esto, la gente ha entendido que se trata de una protesta justa, y ha respaldado este paro, como lo muestran las encuestas.


¿Cuál ha sido la respuesta de este “presidente de la paz”? No ha tratado a los camioneros con la misma benevolencia que a Iván Márquez y a sus compinches, a quienes halaga, ante quienes se inclina respetuoso y obsecuente, y a quienes ofrece el oro y el moro; cuyas órdenes obedece sin que para cumplirlas sea un obstáculo la Constitución, ahora reina de burlas. Por el contrario: ha salido a amenazar con la extinción del dominio, la cárcel, y el uso desmedido de la fuerza. Y tal ha sido su ira, que ha contagiado al bonachón de Villegas, que les declara la guerra a los transportadores, y busca posar de matasiete con gentes inermes, en lugar de emplear sus energías en el combate de la criminalidad que impera en todo el territorio nacional.


Dice el refrán que por el desayuno se ve cómo será el almuerzo. ¿Cómo será Colombia cuando manden las Farc, una vez consumada la entrega en que se empeña Santos?