Columnistas


El chantaje como arma de guerra
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
19 de Junio de 2016


"¿Cómo sé que si no hay acuerdos volvemos a la guerra?, porque tenemos información amplísima que ellos están preparándose para volver a la guerra y a la guerra urbana, que es mucho más demoledora que la guerra rural. Eso es una realidad, lo sé.

"¿Cómo sé que si no hay acuerdos volvemos a la guerra?, porque tenemos información amplísima que ellos están preparándose para volver a la guerra y a la guerra urbana, que es mucho más demoledora que la guerra rural. Eso es una realidad, lo sé. Por eso es tan importante que lleguemos a un acuerdo”.


Así declaró el presidente Santos, nada menos que en el Foro Económico Mundial que se reúne en Medellín. Es la más clara y terrible prueba del chantaje al que está sometiendo a los colombianos ante los ojos del mundo. O se le aprueba su engendro, o nos atenemos a las consecuencias en las ciudades. Santos sabe que la oposición a su entrega cubre todo el país, pero en las urbes es mayor, y que el peso demográfico que tienen, inclinará la balanza frente a la aceptación del acuerdo. Por eso, hay que amedrentar a esa gran franja de ciudadanos, como sea. La idea es que muchos admitan sin discusión lo que nos dicten del cogobierno Santos – Farc por el temor paralizante que las expresiones del presidente, desencadenan. Eso se conoce como guerra sicológica, destinada a desinformar y manipular al adversario. Sólo que aquí, el jefe del ejecutivo la aplica contra el propio pueblo al que dice representar. 


Piensen ustedes que, si las Farc están en ese plan, y el presidente conoce sus intenciones, su obligación constitucional es aplicar todas las medidas de fuerza y de inteligencia necesarias para minimizar las posibles consecuencias de ese tipo de acciones, porque su deber fundamental de Santos es preservar la vida, los bienes y las libertades y derechos fundamentales de todos los colombianos. Para eso lo eligieron (aunque algunos dicen que fraudulentamente).  


Pero en lugar de actuar en esa dirección, no sólo chantajea a los nacionales, sino que, a través de su ministro de “defensa”, involucra a las Fuerzas Armadas, en la campaña por el sí -a lo que sea y con el mecanismo que sea- a esta paz. “Silenciosamente”, tuvo el señor Villegas el cinismo de decir. Se trata de una violación grosera de la Constitución, que señala que los integrantes de esos organismos no son deliberantes. En un juego de manos digno de un prestidigitador, los colombianos quedan notificados: no sólo las Farc participarán en la imposición de los acuerdos con sus armas, sino que también lo harán los militares y la policía. Como quien dice, la aplicación de todas las formas de lucha contra los colombianos por el tándem gobierno – guerrilla. ¡Ver para creer! Ni en Venezuela habían llegado a tanto. 


Pero, adicionalmente, observen los corolarios de la frasecita del presidente: si no avalamos el acuerdo, los colombianos seremos responsables del terrorismo que, en su visión, desatarán las Farc contra la población. ¡La culpa será de los ciudadanos! Como si fueran estos quienes empuñan las armas y hacen terrorismo.  Es como si alguien que fuese violado, fuera acusado por el juez de no acceder voluntariamente el asalto al que se le sometió. 


Por otro lado, piensen ustedes el grado de entrega a las exigencias de las Farc. Si no las aceptamos todas, se enojarán, nos previene Santos, por lo que no queda más remedio que aceptarles lo que digan, incluidas, claro está, la entrega de territorios, el mantenimiento del narcotráfico, la impunidad y todos los pendientes, que pronto se discutirán y en los que se juega el modelo democrático y la economía de mercado.


¿Y qué decir de lo que significa esa declaración para los negociadores del Eln? Por supuesto que han tomado atenta nota y ya saben por dónde va el agua al molino. Chantajearán al presidente hasta que le expriman toda concesión posible, a expensas de los colombianos. Y lo mismo puede decirse de las Bacrim, socias de las Farc y el Eln, entre otras cosas, que ya fungen -quien lo creyera- de grupos con aspiraciones políticas.


Días antes, el presidente había dicho que le causaba risa que hubiese gente recogiendo firmas para pedirle a la Corte Constitucional que declare inexequible el acto legislativo que le da ley habilitante al presidente y hace que el posible acuerdo -que todavía nadie conoce en su totalidad- tenga rango constitucional, lo que es, simplemente, un cheque en blanco al menos transparente de los políticos colombianos. Ya entendemos la causa de su jolgorio. Pero sepa a que a los colombianos no les causa hilaridad lo que nos dijo, sino ira, y unos deseos inmensos de resistir la dictadura y el chantaje que, tristemente, encarna.