Columnistas

Dolor Arco Iris
Autor: Henry Horacio Chaves P.
17 de Junio de 2016


Todavía es tendencia en las redes y en las conversaciones cotidianas el rechazo al ataque que produjo medio centenar de muertos en una discoteca para homosexuales en Orlando, Estados Unidos.

Todavía es tendencia en las redes y en las conversaciones cotidianas el rechazo al ataque que produjo medio centenar de muertos en una discoteca para homosexuales en Orlando, Estados Unidos. Un hecho doloroso sin importar quiénes fueran las víctimas, aunque seguramente si hubiese ocurrido en el Medio Oriente, no habría tenido el mismo despliegue ni hubiera suscitado tanto rechazo.


Se ha escuchado toda suerte de declaraciones: casi todas de rechazo y algunas que celebran el ataque, como la del pastor Roger Jiménez quien se volvió viral en las redes sociales con un video en el que invita al gobierno de Estados Unidos a fusilar a los homosexuales. Lo más triste es que, como ocurre con Donald Trump, seguramente el pastor dice en voz alta lo que muchos piensan pero no se atreven a confesar. 


Un sentimiento que refleja prejuicios y fobias, no solo entre los norteamericanos sino en todo el mundo, incluso entre poblaciones que, como los latinos o los negros, también han sufrido discriminaciones. En Colombia, por ejemplo, ese tipo de pensamiento se ha hecho evidente en discusiones como las del matrimonio igualitario o la adopción de parejas del mismo sexo, que han motivado argumentos y declaraciones desde férreas convicciones éticas, políticas y morales para expresar el rechazo con tanto fervor que parecen cruzadas contra los homosexuales e incluso contra quienes los respetan, tanto más contra quienes defienden sus derechos. Fijan posiciones de rechazo, dolorosas socialmente pero coherentes con sus convicciones. 


Hay otros que no son tan claros o tan coherentes con sus convicciones: se escandalizan con hechos como la masacre de Orlando y expresan dolor en las redes sociales, pero también se incomodan con una expresión de afecto callejero entre personas del mismo sexo o hacen chistes en relación con la homosexualidad. Más aún, critican la violencia homofóbica pero discriminan a los homosexuales. Y hay otros incluso peores, los que expresan su “tolerancia” a la población Lgtbi como un logro que la sociedad les debería agradecer eternamente.


Pero no es así. Reconocer los derechos de la comunidad Lgtbi no es ninguna gabela ni representa generosidad alguna, a eso estamos obligados desde el sentido común y en razón a la lucha milenaria que han dado sus representantes, así como a las vidas que han sacrificado en ese espinoso camino. Uno de esos símbolos es Harvey Milk, cuya personificación le mereció a Sean Penn el Oscar como mejor actor en 2008. Milk fue asesinado en noviembre de 1978 en Castro, el barrio gay de San Francisco de donde era concejal y activista político por los derechos homosexuales. Allí, cerca de la estación del Metro, aún se le rinde tributo y el entorno invita a ver la diversidad de colores, que representa la diversidad de la vida misma: las cebras son arcos iris, los postes, los letreros, las luces, son multicolores. Testimonio de un lugar físico que representa una manera de pensar y de vivir. 


En el país, un par de ministras y un par de congresistas, se han convertido en símbolo de homosexualidad activa y han recibido variados ataques e insultos, pero también han motivado muchas voces de apoyo y de respeto. También en este campo las mujeres han marcado el camino, porque pocos hombres se han atrevido. Incluso algunos, a pesar de haberse declarado como homosexuales han insistido en que no son activistas de la comunidad Lgtbi. 


En Medellín, el reconocimiento de esa población anda como en un péndulo. A veces se los tiene en cuenta y otras veces parece que estorban, aunque en campaña todos quieren sus votos. Hace parte de los grupos poblacionales que debe atender la Secretaría de Inclusión y existe una Política Pública, que entre otras cosas promueve hacerlos visibles y garantizarles el ejercicio de sus derechos como seres humanos y como ciudadanos. Ninguna concesión, derechos propios que no siempre son atendidos.