Columnistas

Medidas simbólicas
Autor: Pedro Juan González Carvajal
14 de Junio de 2016


La reciente crisis ambiental de la ciudad de Medellín, cuyas causas expuestas pasaban del Fenómeno de El Niño, a las arenas del Sahara, a la polución vehicular, a las industrias contaminantes y al aspecto demográfico, entre otros argumentos flojos.

La reciente crisis ambiental de la ciudad de Medellín, cuyas causas expuestas pasaban del Fenómeno de El Niño, a  las arenas del Sahara, a la polución vehicular, a las industrias contaminantes y al aspecto demográfico, entre otros argumentos flojos, llevó a la toma de una serie de medidas, en la mayoría de casos simbólicas, que pretendían más bien hacer un llamado de atención a la ciudadanía, en el sentido de que la cosa era en serio, que el establecer una serie de criterios y directrices con el fin de erradicar algunas de esas causas.


Para la muestra, un botón, y qué pena con las autoridades competentes o incompetentes. Es imposible que mientras uno va conduciendo por cualquier parte de Medellín y del Valle de Aburrá, no se encuentre con vehículos de transporte público, de carga y automóviles privados que no estén, cual chimeneas rodantes, esparciendo su gas carbónico a plena luz del día, al frente de los ciudadanos atónitos que están acostumbrados a que las medidas se las pasen por la faja y al frente de las autoridades complacientes, que no inmovilizan de inmediato a los infractores de las medidas tomadas.


Ante esta realidad, el proceso de Revisión de Gases no pasa de ser una medida inocua o un negociado colosal. Para generar fotomultas, ahí si están prestos los instrumentos y las oficinas gubernamentales. Pero para sancionar a los infractores, en medio de la crisis ambiental declarada y pregonada, que posiblemente sea cierta, no existe voluntad política, no hay capacidad operativa o hay una gran flojera de cola.


En cuanto a las empresas contaminantes, las chimeneas de algunas de ellas expulsan los residuos en medio de nubes negras de gran altura, que es difícil de creer que las autoridades no observen o que la ciudadanía no denuncie. O peor, aquellas que esperan las altas horas de la noche o de la madrugada para realizar sus procesos de expulsión. Para rematar y como sucede cada cierto período, pronto veremos, de nuevo, en las primeras páginas de nuestros periódicos locales, la noticia de que una nueva mancha de color es vista en el Río Medellín y como siempre, no pasará nada. 


Enorme compromiso el de las distintas autoridades ambientales para, simultáneamente, generar credibilidad, impulsar la conciencia ciudadana, realizar campañas preventivas, tomar medidas adecuadas y finalmente, tener la capacidad sancionatoria que les permite la ley.


Nuestro Valle de Aburrá es hermoso, atravesado por un rio y rodeado por laderas que lamentablemente, por la densificación invasiva y no planeada, aparecen como un pesebre desordenado y riesgoso. La dificultad para que corrientes de aire lo surquen, aunado al crecimiento demográfico, al aumento permanente del inventario vehicular y a la construcción en altura, hacen que el esfuerzo por mantener el aire limpio, sea un reto de marca mayor.


La competitividad de una región implica qué, ante todo, sea un buen vividero. De ahí la necesidad de que los Planes de Ordenamiento Territorial sean bien hechos y posteriormente respetados. Se siguen entregando licencias de construcción para grandes moles de edificios en la Avenida el Poblado, en la Transversal Superior y en la Transversal Inferior. ¿Es así como creemos ingenuamente que vamos a contribuir a la solución del tema de movilidad? Ahí el único responsable es el Municipio, que no planea o que es laxo al no hacer respetar lo planificado.


Las obras se hacen, uno las ve y las paga de manera directa o indirecta, pero es poco el impacto beneficioso que finalmente se tiene. Mientras tanto observamos, por ejemplo,  que una vez terminado un intercambio vial, se debe recurrir a elementos de uso temporal como barreras plásticas y separadores,  que se vuelven definitivos, para mitigar en algo los impactos negativos producidos por diseños inadecuados. 


El argumento es que hay que esperar que se terminen todas las obras en ejecución para verlas y medirlas en su integralidad. ¡Ojalá!


Por ahora sigue siendo válido el decir popular, de que cuando la terminen, Medellín va a quedar muy bonita.