Columnistas

Minga y posconflicto
Autor: Jorge Mejía Martinez
8 de Junio de 2016


Volvió el tal paro agrario. A diferencia de 2013 y 2014 el Gobierno Nacional reaccionó con prontitud para convocar la consabida mesa y darle la cara a la dirigencia social.

Volvió el tal paro agrario. A diferencia de 2013 y 2014 el Gobierno Nacional reaccionó con prontitud para convocar la consabida mesa y darle la cara a la dirigencia social, y el presidente Santos separó en su agenda la fecha del 22 de junio para sentarse con la Cumbre Agraria a evaluar el cumplimiento de los acuerdos suscritos, incumplidos según los protestantes, ejecutados según los funcionarios. Un tercer actor, más creíble, como la Defensoría del Pueblo, considera que el cumplimiento de los pactos está por el 42%. Hay déficit de confianza en las promesas oficiales, lo de siempre.


Los pocos días del último paro campesino permiten vislumbrar la convulsión social que nos espera.


La problemática rural está al orden del día. Allí se concentran las flaquezas y perversas consecuencias del sistema socioeconómico que nos aprisiona. En el campo es mayor la pobreza, la inequidad y la informalidad en el uso y distribución de la tierra, el impacto del conflicto armado ha sido de total degradación y la presencia del Estado es tan precaria que para entidades como De justicia tan solo llega al 40% del territorio, mientras 6 millones de pobladores no se benefician de los servicios públicos que mal que bien benefician al resto de los colombianos, no sin muchas dudas. Por algo el pliego de peticiones agrario no está plagado de paños de agua tibia, sino de demandas estructurales e integrales cuestionadoras del actual modelo de desarrollo. Ello da cuenta de un salto cualitativo de la protesta social en Colombia y de lo que se avecina con el posconflicto.


En un país como el nuestro donde la movilización social es mínima, desarticulada y controlable, el actual movimiento desatado desde el campo llama la atención por su amplitud y consistencia. Al paro confluyeron no solo los campesinos, sino también las comunidades indígenas y afro descendientes, aglutinados en una cumbre y cobijados por la minga nacional. Su presencia la ha sentido el gobierno en 17 departamentos. Se anuncia la vinculación de sectores minero energético y coquero. El panorama será más complejo para el gobierno si logran confluir otros sectores con resonancia nacional como los educadores, estudiantes y transportadores. 


El salto sufrido por la movilización social en Colombia se constata con la determinación de la Cumbre agraria de no aumentar la lista de exigencias al gobierno, solo cumplir lo firmado en años anteriores. No opera la práctica consuetudinaria de arrancar con una demanda para luego colgarle cuanta exigencia aparezca como un racimo. Síntomas de madurez. 


Firmados los acuerdos de la Habana se abrirá en Colombia un periodo de convulsión social que conmoverá los cimientos del modelo de desarrollo propiciador de pobreza y desigualdad, no puesto sobre el tapete en las conversaciones de Gobierno y Farc. Para nada se trata de enarbolar las raídas banderas del comunismo o el socialismo, pero sí de un capitalismo más humano y ambiental, como pregonan algunos dirigentes agrarios. Por la vía de la movilización social al calor del anhelado pos acuerdo o posconflicto, será posible asegurar que la paz resultado de los acuerdos con la guerrilla, sea realmente sostenible. Porque, a diferencia de lo que piensan algunos angustiados ante la inminencia de la firma, lo que actualmente se finiquita en Cuba tiene muy poco de transformador.