Editorial

Los duros retos de Kuczynski
7 de Junio de 2016


El variopinto rompecabezas político en que se convirtió su campaña fue útil para alcanzar el apretado triunfo pero resulta precario para asegurar la gobernabilidad.

Con las elecciones del domingo, la república de Perú demostró que avanza con firmeza hacia la plena recuperación de su institucionalidad democrática tras los baches del cierre del Congreso, corrupción de su círculo interno y pretensión de reelegirse sucesivamente del aún popular expresidente Alberto Fujimori. En esa jornada, además, la ciudadanía ofreció lecciones que pesan como fuertes controles para Pedro Pablo Kuczynski, presidente electo, y para organizaciones políticas que ven retroceder la adhesión a sus ideas y liderazgos. 


El exministro de Hacienda de Alejandro Toledo pasó como segundo a la vuelta definitiva de la elección presidencial en reconocimiento a su experiencia como funcionario del Banco Mundial y en el gobierno que retornó al país a la democracia plena y la estabilidad económica. A pesar de haber nombrado su movimiento como Perú por el Kambio, el candidato, que hasta el cierre de esta edición se confirmaba como presidente electo, se convirtió en personero de la continuidad y profundización de los logros de la democracia. Es así como, del mismo modo que sucedió con el presidente Humala, el nuevo presidente representa esperanzas de transformación en el marco “de apoyo a la inversión privada para generar empleo y desarrollo; gestión equilibrada de la atención social para la superación de la miseria y la pobreza, y consolidación del prestigio como país respetuoso de sus compromisos y respetable como socio de las grandes alianzas en curso en el mundo”. 


El experimento Kuczynski consiguió remontar su votación de los 3’228.661 de sufragios que recibió el 10 de abril a los sorprendentes y contundentes 8’218.846 que obtenía anoche, cuando se habían contado el 94,16% de las mesas. Este salto se explica más en la contendiente que en el ganador. Por segunda ocasión consecutiva, Keiko Fujimori sumó la adhesión de millones de personas al recuerdo de su padre, adalid de la recuperación económica y la conquista de la seguridad nacional gracias al cercamiento a las organizaciones guerrilleras. También, y como hace cinco años, la calidad de hija y heredera política, condiciones de las que quiso sacudirse en esta segunda vuelta, se convirtieron desde el mes de mayo en los tiquetes a la victoria del ganador. El repudio al expresidente abrió afortunados momentos para PPK, que sumó el apoyo de Verónika Mendoza, candidata izquierdista que ocupó el tercer lugar en la primera vuelta; su buen desempeño en el debate de televisión realizado el 29 de mayo; el éxito de la marcha Keiko no va, impulsada en redes sociales y realizada el pasado jueves, y la acusación de lavado de dinero contra Joaquín Ramírez, secretario general del partido de Keiko Fujimori. 


El apoyo contra el fujimorismo es un arma de doble filo para el nuevo presidente. Aun antes de la jornada electoral del pasado domingo, Kuczynski había sido notificado por sus aliados de izquierda de que no van a acompañarlo en sus políticas económicas. Como el Frente amplio por la vida, la justicia y la libertad sumó 20 escaños en el Congreso, dos más que Peruanos por el Kambio, se demuestra que el variopinto rompecabezas político, en que se convirtió su campaña, fue útil para alcanzar el apretado triunfo, pero resulta precario para asegurar la gobernabilidad que el país reclama.


La apretada elección es, desde ahora, un dolor de cabeza para el mandatario. En el Congreso habrá de lidiar con su precaria minoría frente al sólido poder del fujimorismo, que tiene 73 parlamentarios leales a la excandidata y a su hermano Kenji Fujimori, quien quiere aparecer como fuerte émulo de su padre. En ese escenario, el comportamiento de los ciudadanos que dejaron de ir a las urnas, el 18,73% del censo electoral, a pesar de que el ausentismo electoral se castiga con penas de multa y hasta prisión, y el de quienes votaron nulo (5,33%) o blanco (0,81%), demuestra un importante crecimiento de ciudadanos que anhelan mantener las rutas de consolidación democrática, crecimiento económico y desarrollo social mientras exigen, también, resultados en el combate contra la inseguridad, el narcotráfico y la corrupción, así como en las posibilidades de construcción de consenso en un país cuyas fracturas emergieron en estas elecciones.