Palabra y obra

Peláez: between space and time
Peláez: entre el espacio y el tiempo
Autor: Daniel Grajales
3 de Junio de 2016


El artista tiene abierta al público la exposición Memoria del tiempo en el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, y acaba de participar en la Feria Perú Arte.


Foto: Hernán Vanegas 

El maestro Luis Fernando Peláez en su taller, visto a través de una de sus obras, una de sus maletas, en proceso de montaje.

Aunque la tormenta parece haber pasado ya, las ramas de un árbol que se refleja en el agua cargan el peso de un silencio que relata su desolación. Sí, las hojas verdes ya no existen, de las flores, si es que hubo, no hay rastro. 


Las casas, esos espacios míticos, íntimos, personales, especies de universos ubicados en variables geografías; narran en sus maderas desgastadas que la vida va pasando y va dejando marcas en su piel, aún más profundas en su forma de transformar el alma.


Así, como cualquiera de los paisajes que ha venido esculpiendo, desde hace ya cinco decenios, Luis Fernando Peláez sabe que a sus 71 años de vida el tiempo sólo ha modificado un poco el exterior, porque sus adentros lo hacen recién nacido ante “la coherencia, la investigación en el proceso, que la obra sea siempre nueva, siendo la misma”, como dice haber querido construir sus piezas. 


El espacio, a su vez, lo concibe con una carga simbólica que va más allá de precisar en qué parte de Colombia o del mundo están ubicados, en cuanto su reflexión remite al universo de un artista que con símbolos como maletas, puertas, y hasta estacas de madera que se vuelven hogares, se ha consolidado como un referente de la plástica nacional. 


“La obra que yo hago no tiene una explicación como tal, sino unas vertientes que vienen de muchas zonas, una de ellas es la zona de Jericó, el paisaje de la cordillera, del río, quiebres tan fuertes del paisaje que marcan en uno el estado de las cosas. También está otro aspecto que es el de la ciudad, el urbano, yo he pertenecido a la llamada ‘generación urbana’. Además de esto, está la mirada de arquitecto, y como arquitecto me interesa mucho el tema global de la ciudad, del paisaje, lo que toca el arte contemporáneo, los cambios, porque ya no hablamos de la ciudad, sino de la metrópoli. Todas esas cosas se mezclan”, explica, mirando a lo lejos una escultura suya que en un mediano formato usa personajes miniatura, como relatando la inmensidad del universo y la fragilidad del ser humano.


Sin temor a equivocarse, Peláez confiesa su búsqueda: “He procurado hablar tanto del espacio como del tiempo, pero el tiempo en la escultura es una cosa compleja. No se trata de recordar solamente, se trata de activar ese recuerdo y traerlo al presente. No es mirar hacia atrás, sino situarnos en un presente, también hacia un futuro”.


Siempre quiso ser pintor, pero, “en los años en los que estudié, elegir las artes era un disparate”, por lo que de profesión es arquitecto, lo cual, de acuerdo con el crítico Eduardo Serrano, “influyó claramente en su elección de una casa prototípica como símbolo en torno al cual giran sus lucubraciones. En algunas obras aparece la casa individual, evocativa de la infancia y del pasado; mientras que en otras se reúnen muchas casas haciendo explícito el entorno urbano. Una lluvia pertinaz ingeniosamente representada con puntillas que parecen gotear sobre los techos impone un ambiente de humedad que se complementa con el acabado brillante que inunda sus instalaciones confiriéndoles múltiples reflejos”.


“Me ocurrió -vuelve el maestro Peláez- que siempre pensé que Arquitectura y artes era una misma fuerza, que se expresaban a veces muy cercanas, a veces la una refería a la otra, hasta que llegó el momento para poder juntar esas ideas. Estudié arquitectura pensando en arte. Ahora que estoy en arte pienso en arquitectura. Esas cosas las pienso como un solo hecho”.


Aun así, nunca le importó la voz apabullante de los arquitectos que decían que se había dejado llevar por la poética, que lo rechazaban como arquitecto, como si construir una escultura no fuera un ejercicio pleno: “Yo nunca seguí una tendencia. Cuando el arte conceptual estaba en su momento más notable, yo seguía haciendo mis cosas a mi manera, y han pasado 30 o más años y sigo haciendo un poco de minimal, algo de arte conceptual, halo por un lado, toco del otro, según mi trabajo me reclama, no lo que desde afuera parece que debe hacerse”. 


Sin embargo, María Belén Saéz de Ibarra, curadora de arte, piensa que “en la obra de Peláez existe una concepción paradójica del tiempo; memoria, premonición y vivencia. Esta temporalidad paradójica es propia de las dialécticas generadas en las dinámicas del arte mismo de las vanguardias de finales de siglo pasado y del que comienza”.


Sonriente, Peláez dice: “He dictado mis propias leyes en cuanto al arte se mantiene”, ante la hazaña de haber logrado congelar su arte, que nunca parezca viejo, que desde ya tenga invitaciones a museos para el 2018, que empresas quieran sus obras para colecciones y las galerías lo llamen diciéndole que lo requieren vital.


En su taller, la delicadeza de una casa de madera, cortada en pequeño formato, no compite con el metal de alicates, llaves, martillos y demás instrumentos que usa para los ensambles, el unir cosas y construir un paisaje. “Cuidado con el paraguas”, dice, porque una de esa especie va a ir en las creaciones que prepara actualmente. 


Es como si no hubiera normas materiales, pero sí hay una, la que de materia llega a poesía.


Es que, en palabras del curador Alberto Sierra, director de la Galería de La Oficina, “Luis Fernando Peláez busca y selecciona objetos. Unos llevan su propio significado por su desgaste; otros son cargados de un nuevo sentido por la sensibilidad del artista. Peláez crea y suscita con ellos asociaciones desconocidas. El artista cree en el devenir de las cosas, pero también en la posibilidad de detener el movimiento cuando le sigue su rastro. Es entonces, cuando logra el reposo de sus objetos, ubicándolos en la lluvia o en los reflejos. Nace así, un mundo poético que desconocíamos”.


El escultor precisa que “detrás del término materiales se va dando la materia, más bien, aquello dúctil, histórico, industrial, desgastado. Sea como sea, esa materia es la que entra a redefinir el objeto plástico. ¿Cuánto hay del vidrio al cemento y del cemento al metal?, hay todas unas posibilidades enormes. Por eso pienso que no es tanto lo que se construye, sino cómo se construye y transforma el objeto y a partir del objeto el espacio, para que después el espacio se devuelva a interferir en el objeto, hay una reciprocidad. Pero en esos encuentros del espacio y del objeto está la poética, porque estos encuentros de materiales son la nueva forma de hacer un collage, no se trata de un puro azar, sino de un azar dirigido”. 


En esas transformaciones, dice, busca “las nuevas posibilidades de decir cosas alrededor del espacio, del tiempo y del cuerpo que allí lo habita. El cuerpo es el transeúnte, puede ser lo público, pero llega a la intimidad, a lo intimista que en un espacio vacío observa un paraguas negro recostado en una pared blanca. Ahí se juntan estados mentales”. 


Peláez acepta que en su propuesta plástica está “la estética del vacío, que reclama otra que es la del silencio. En ella puede cruzar la soledad en ciertos momentos y esta puede tener efectos desde la luz, por ejemplo. Cuando hablamos de la luz, entramos en la sombra. Entonces, la luz, la sombra, el vacío, generan una forma de soledades, no sólo se trata de ocupar los recintos, más allá de los espacios físicos está otro espacio, que son los imaginarios, desde los cuales yo procuro que no sea mi mirada sola de esos lugares, sino que pueda sugerir para que el otro o los otros adviertan sus imaginarios”. 


Sin cátedras de lo que no puede pasar en su obra, más bien con el interés de que haya tanto que cada quien la perciba libre, el artista, quien eligió como fondo musical algunos tangos y la voz de una cantante lírica, dice que “todos tenemos una idea de lo que es un árbol en la infancia, una calle en estas vidas urbanas, una guerra en estas que han tenido estos países y los otros, entonces no me limito a hablar de mi árbol, sino del viento que todos recordamos el día en que vimos por última vez ese árbol”. 


Es por ello que Hojas de vida, la serie en la que está trabajando actualmente, la cual espera exhibir en los próximos meses, vive de libertad, respira posibilidades y toma forma en las manos de quien, en la década de 1970, comenzó una carrera que hoy mantiene viva.


 “En mi caso, en la obra de arte se mezcla todo, la infancia, la madurez, todo va teniendo un solo caparazón, en el que uno devela etapas o circunstancias. Si alguien me dice que la infancia y el agua se juntan, eso no lo pinto yo, eso lo dice el otro. El agua son tantas cosas, es la gotera que suena, el océano donde se viaja”, finaliza Luis Fernando Peláez con una voz suave, que se va mermando como su figura al decir adiós,  al dar la espalda, caminando hacia el interior de su casa, dejando en el camino las maletas de cemento que adornan sus antejardines.