Columnistas

Los sentimientos en la nueva cultura
Autor: José Hilario López A.
1 de Junio de 2016


En próximas columnas me propongo comentar algunas de las conferencias que el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia ha presentado en este semestre en su Aula Abierta.

En próximas columnas me propongo comentar algunas de las conferencias que el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia ha presentado en este semestre en su Aula Abierta, en nuestro propósito de visualizar aproximaciones hacia un pensamiento crítico latinoamericano.


Hoy quiero referirme a la conferencia de la joven profesora Martha Elena Grajales sobre el libro Teoría de los sentimientos de Agnes Heller, filósofa húngara contemporánea, quien nos motiva a repensar la cultura impuesta por el neoliberalismo, y relacionar su teoría con la propuesta de su compatriota Ervin Laszlo Caminos hacia la civilización planetaria.  


Heller en su teoría le otorga un gran valor a los sentimientos en la formación del mundo propio, así como de la constitución de una personalidad moral.  Trabajar con los sentimientos para entender el hombre de la modernidad es tan determinante para el pensamiento y la acción como el cultivo del Logos.


La pensadora húngara diagnostica el mundo sentimental del hombre moderno como  empobrecido y alienado, a causa de las tareas que está obligado a realizar para satisfacer sus necesidades básicas  y el desarrollo de su personalidad. Entre estas tareas la fundamental es el trabajo, que hoy tiende a ser sólo un medio para la subsistencia o para la acumulación de riquezas, que copa todo nuestro tiempo y energías, sin espacio para el cultivo de los sentimientos, en especial relaciones abiertas y espontáneas con los otros, lo que conduce a conformar un ser egoísta, para quien el semejante es tomado como un competidor o como un instrumento para logar nuestros propios objetivos.


Este hombre, que Heller llama particularista, se caracteriza también por sentimientos particularistas, en especial la envidia, el resentimiento, la intransigencia, la vanidad, los celos, la avaricia, el egoísmo y la inflexibilidad. Como particularista está siempre buscando la preservación de su yo con exclusión del otro, llegando incluso a odiar a los que son distintos, que siente pánico de entregarse al otro, de asumir el riesgo de implicarse profundamente con otro. 


Ante este mundo empobrecido, se nos propone una “gestión doméstica de los sentimientos” lo que significa jerarquizarlos de acuerdo con la importancia que tiene su cultivo; significa decidir que sentimientos hay que priorizar y cuales desechar.  Esta gestión de los sentimientos está vinculada de modo esencial con las tareas que hace el hombre, lo que requiere liberarlo de la alienación que le impone el trabajo concebido sólo para subsistir o el lucro por el lucro. 


Un mundo rico en sentimientos para Heller es como un jardín, en donde además de cultivar variedad de flores también se ha evitado que crezca la maleza, los sentimientos particularistas. Como un  jardín,  todo mundo del sentimiento que esté regido por un solo sentimiento es mundo que se degrada.


Volvamos a Laszlo para, según sus palabras, “centrar la atención en la evolución de los valores humanos y la conciencia como los factores decisivos en el cambio de curso–de una carrera hacia la degradación, la polarización y el desastre-a un replanteamiento de los valores y las prioridades para navegar en la dirección del humanismo, la ética y la sostenibilidad global”. Dadas las tendencias actuales de nuestra civilización en demografía, sobre-explotación de recursos naturales, terrorismo, militarización, disparidades en estilos de vida y distribución de la riqueza, así como en la degradación del medio ambiente, nuestro futuro como especie ya no está asegurado. 


La insustentabilidad del mundo nos compromete con un cambio radical en nuestra conciencia. Empezar por cultivar del jardín de nuestros sentimientos, para que sólo germinen y florezcan “buenas emociones en términos morales, emociones que no solo no alienten comportamientos que dañen a los otros (ni a los ecosistemas), sino emociones que estén vinculadas con un interés por el bienestar del otro, tales como el amor a la humanidad, la compasión, la simpatía, la lealtad, la amistad”.