Columnistas

La encrucijada
Autor: Sergio De La Torre
29 de Mayo de 2016


Es tan compleja la crisis venezolana que la salida de Maduro, por sí sola, no garantiza su solución. Todo dependerá de la manera como se vaya, si tal cosa sucede.

Es tan compleja la crisis venezolana que la salida de Maduro, por sí sola, no garantiza su solución. Todo dependerá de la manera como se vaya, si tal cosa sucede. Si se va por efecto de la revocatoria que impulsa una imponente mayoría, recién contada en las urnas y sustentada en millones de firmas, ello debería darse este año. Pues solo así puede haber una elección presidencial que le permita a dicha mayoría elegir un mandatario de su gusto, que complete, con otro rumbo, el período interrumpido de Maduro, al que, en caso tal, le restarían alrededor de 2 años para completarse. Pero si la revocatoria sus enemigos consiguen diferirla hasta el año venidero, a punta de dilaciones y trabas, ella para la oposición sería tan solo una victoria pírrica, pues el presidente saliente escogería su propio reemplazo entre sus íntimos. Y nada cambiaría.


¿Qué queda entonces? Adelantemos algunas hipótesis: la caída del sátrapa mediante una renuncia presionada por un sector de su propio partido , alarmado por el agravamiento de la crisis y el giro que los acontecimientos van tomando. Pero ahí la situación seguiría igual, o peor, puesto que Diosdado (quien controla las milicias lumperiles y un ejército sobornado por impúdicas prebendas y viciado en la corrupción ambiente) es todavía más peligroso e intransigente que don Nicolás. El encubre al Cartel de los Soles y al narcotráfico de ahí derivado, y está mezclado hasta el tuétano en el saqueo generalizado a que sometieron a Venezuela desde la llegada de Chávez al poder. Dicho sector, el de Diosdado, resultaría peor porque arriesga más, tiene más que perder, ya que carga con mayores culpas por las que responder ante la implacable DEA gringa, el mundo civilizado y sus propios compatriotas, que se la cobrarían entera cuando le llegue su turno. O sea, cuando a Venezuela vuelva el imperio de la ley. Impensable sería entonces que este chafarote, o cualquier otro que se le parezca en esa cueva de rufianes que es el régimen actual, resultara más proclive a un desenlace tranquilo y democrático que Maduro, quien, sin la reciedumbre y musculatura que finge tener, es un pobre figurón que no se maneja ni a sí mismo dentro del andamiaje que a su muerte dejó montado su predecesor.


Otra alternativa, azarosa, incierta, que hoy no vislumbramos en el horizonte, sería el golpe militar que un grupo de mandos medios en la Fuerza Armada (más moderado y contemporizador, menos venal, hastiado del ingrato papel de verdugo de la ciudadanía que protesta en las calles), desafiando a sus superiores jerárquicos atentara contra el presidente. Las condiciones no están dadas para eso, en mi sentir. Y si lo contrario, no es seguro el éxito de una aventura tal porque, como ya se dijo, hay de por medio poderosos intereses, listos siempre a intervenir. Sus personeros se defenderán con uñas y dientes, pues se juegan el pellejo. Para empezar se juegan su libertad, pues mañana, ya depuestos, nadie les perdonará los desafueros y fechorías que por 16 años han cometido a ojos vistas.


Otra opción sería la tan esperada y a la vez temida explosión social, producto de la penuria y escasez, y que combinada con el descontento político reinante diera al traste con el dictador. La encuentro precaria porque los partidarios del régimen han demostrado ser más duros y efectivos en la plaza pública que los inermes opositores. Y porque mientras los vecinos del continente no se decidan a sancionar la dictadura, secundando a Almagro hasta lograr en la OEA la suspensión de Venezuela (lo que tendría enorme repercusión adentro), la puja seguirá empatada. Finalmente, agotando el repertorio de salidas posibles o imaginables, quedaría la renuncia voluntaria de Maduro, ofrecida para ponerle fin a la pugnacidad creciente. Mas de poco serviría si no va seguida de unos comicios limpios, sin fraude ni ventajas, y supervisados desde afuera


No nos hagamos ilusiones pues con un desenlace pronto y favorable de la crisis. Falta mucho todavía para que se rompa este “equilibrio del miedo” entre dos bandos que yo estimo equivalentes, porque si el uno tiene los votos el otro tiene el garrote y la imperiosa, vital necesidad de sostenerse. La correlación de fuerzas, así calibrada, aún no ha cambiado a favor de la oposición, que, por lo demás, tampoco se encuentra del todo unida.