Columnistas

Juego limpio. Juego sucio
Autor: José Alvear Sanin
25 de Mayo de 2016


Curioso país, si los hay, el Reino Unido, que reúne una nación numerosa y otras tres pequeñas.

Curioso país, si los hay, el Reino Unido, que reúne una nación numerosa y otras tres pequeñas, con diferentes grados de autonomía local sin llegar al federalismo; el origen popular del gobierno no se contrapone con la monarquía más aceptada; la democracia tiene vigencia dentro del sistema electoral menos representativo; la tridivisión del poder no existe porque el gobierno se origina en un Parlamento que conserva poderes judiciales y cuyos actos carecen de control jurisdiccional; el primer ministro surge de la mayoría del Parlamento pero en la práctica este solamente registra su voluntad; el Ejecutivo es omnímodo pero no oprime a las minorías; lo único que la Cámara de los Comunes no puede hacer es prolongar su periodo, ni cambiar el sexo de las personas, pero toda reforma constitucional demanda años de ilustrada deliberación, aunque podría hacerse en un solo debate y por simple mayoría…


La Constitución, dispersa en multitud de textos, es más que nada un estado de espíritu. Por eso se sigue diciendo que no está escrita. En realidad todo el sistema reposa en una sutil concepción política del fair play, el juego limpio, de tal manera que la “leal oposición a S.M.”, intercambia golpes con el gobierno dentro de un ritual respetuoso y goza de igual tiempo para la réplica en la BBC.


No he pasado muchos años en ese país, de admirable literatura, incomparable teatro, discutible culinaria y peculiar estilo de vida, pero por lo que alcanzo a conocerlo me sorprende lo poco que ha influido Inglaterra en nuestro presidente, que domina su lengua quizá mejor que la nuestra, por sus largos años en Londres. 


Quien observa el gobierno del Dr. Santos nota, en cambio, el predominio del foul play. Contrariando los equilibrios constitucionales, remunera con largueza una obsecuente mayoría parlamentaria; a través de la Fiscalía ha supeditado la rama penal para convertirla en instrumento de persecución política; en las Altas Cortes funcionan maquinarias igualmente implacables; la Contraloría sigue el mismo libreto; los medios están debidamente amaestrados para promover la agenda oficial; el sector privado no se atreve a opinar por temor a la DIAN; la oposición es demonizada con los peores epítetos y amenazada con acciones penales; las fuerzas armadas han sido neutralizadas por sucesivas decapitaciones de su cúpula, halagos monetarios o maliciosas insinuaciones de tipo penal. La única voz discordante dentro del Estado es la del procurador, sistemáticamente calumniado y próxima víctima de tribunales politizados.


Nada se parece menos al sereno rule of law británico que el golpe de Estado permanente de un gobierno cuya actividad principal, por no decir la única, consiste en preparar la entrega del país a una organización narcoterrorista, contra la voluntad ampliamente mayoritaria de la población. 


En dos debates en el curso de una semana, una componenda entre un presidente y un terrorista, que se conoce apenas parcialmente, se convierte en la nueva Constitución de Colombia. Con audacia ilimitada, inaudita e inconcebible, estos dos individuos eliminan el estado de derecho y la democracia, pretendiendo que su clandestino trato es un acuerdo humanitario entre poderes equivalentes y superiores a la voluntad nacional. Esta trapisonda jurídica, monumental e indecente, se hace posible por la conducta indecorosa de las mayorías de un Congreso fletado, que para complacer al poder se autocastra. 


Aquí, nuevamente, se nota el contraste con Gran Bretaña: es verdad que la Cámara de los Comunes en buena parte actúa apenas como “rubber stamp” sobre las leyes que propone el gobierno, pero allá la disciplina partidista (conocida como “el látigo”) es menos aberrante que la obediencia ciega y comprada a la que hemos llegado en Colombia por la dictadura de las bancadas.


En fin, siendo el Reino Unido el país más refractario a las ideas comunistas, imagino la sonrisa ladina de Juan Manuel Santos cuando antes de dormirse entre las sábanas de Buckingham Palace, honor dispensado a muy pocos jefes de Estado, considere la tontería del Foreign Office, que no se da cuenta de que su inspiración procede de otra isla. 


***


“El futuro de Colombia es el presente de Venezuela”. Andrés Pastrana Arango