Palabra y obra

May Soto Aparicio not die on us
Que no se nos muera Soto Aparicio
6 de Mayo de 2016


Una mirada a los aspectos humanos del escritor, que invita a que su literatura lo mantenga vivo.



Hace 66 años que Fernando Soto Aparicio publicó su primera obra, Voces en silencio (1950).

Iván de J. Guzmán López


Escritor- Periodista


Director Imprenta Departamental de Antioquia


Cinco meses atrás, mi amigo, el escritor, novelista y columnista de El Espectador, Gustavo Páez Escobar, mediante un extenso correo, nos había advertido (a mí y a una treintena de amigos de todo el país), que si queríamos ver con vida a Fernando Soto Aparicio, nos debíamos apresurar a visitarlo en Bogotá, pues estaba muy delicado de salud, producto de un cáncer gástrico sin freno, que lo venía aniquilando.


Mi primer recuerdo del maestro Fernando Soto Aparicio, autor de novelas, libros de poemas, cuentos, literatura infantil y juvenil, ensayos, obras de teatro y guiones para cine y televisión, lo encuentro por mi época de estudiante de primer año de bachillerato (hoy denominado, sexto), cuando un buen profesor de literatura nos dijo que debíamos leer La rebelión de las ratas. No me alegró, pero tampoco me desagradó la “orden” de mi profesor, pues hacía ya buen tiempo, desde el vientre materno, digo yo, me había picado el bicho del gusto por las letras. Me emocionó la historia bien contada, sin alambicamientos, del pueblo de Timbalí, y las desdichas de Rudecindo Cristancho y su familia, toda analfabeta, en lucha desigual por la vida.


Era la época de la inolvidable editorial Bedout, con su deliciosa y bien seleccionada colección “bolsilibros”, que nos daba la posibilidad de leer a muchos autores universales, y, por supuesto, colombianos, entre ellos al prolífico escritor boyacense en comento. Fue entonces mi primer “contacto” con el maestro; un contacto que me acercaría indefectiblemente a su obra, seducido por el lenguaje directo, las metáforas sencillas, el olor a pueblo, el compromiso social y el buen estilo, que no permite soltar el libro hasta haberlo agotado. Desde entonces, físicamente, el escritor aparecía muy lejano; pero a mi corazón y a mi naciente pensamiento crítico, se hacía cada día más familiar y entrañable. Los años de la universidad afianzaron mi relación literaria con el autor y, andando el tiempo, ya inmerso en el mundo laboral, nos encontramos en un ciclo de conferencias por todos los municipios del área metropolitana, en el cual, él era el autor, y yo el presentador de su obra. Ese evento, de una semana completa, en el que día a día compartía conmigo su experiencia de escritor, pero también su estilo austero de vida, su aire soñador y meditabundo, a la par que su humildad en el trato, en el vestir y en su figura toda, hizo sellar una amistad inmerecida y profunda, que duraría materialmente hasta el pasado lunes 2 de mayo, cuando finalmente falleció. 


En alguna columna, escribí que nuestro Fernando Soto Aparicio era el escritor más prolífico de Colombia, por encima aún de nuestro Nobel, Gabriel García Márquez. Ahora estoy más seguro de ello, pues a su partida nos dejó un legado literario de 33 novelas, 17 libros de poesía, nueve libros de cuentos y once de ensayos, crónicas y conferencias, para sumar 70 libros publicados. 


Regreso a mi adolescencia y juventud, para recordar la extraordinaria labor que realizó como libretista y guionista para cine, radio y televisión; era la época dorada de la programadora RTI Televisión, mediante la cual pudimos gozar de cientos de producciones que nos acercaron definitivamente, a los grandes clásicos de la literatura universal. Fueron más de mil ensayos, guiones y libretos, me confesó alguna vez, los que salieron de su sensibilidad y de su pluma feraz. 


Mis lecturas apasionadas de su obra, pueden dar fe de que ella es una carta abierta a la libertad; es una exaltación de los humildes, de la mujer, del niño, de la patria y de la esperanza; es una exploración a fondo de la sociedad, sus miserias, sus poderes, sus clases sociales, sus desigualdades y tristeza. Y, ¡cómo no!, sus alegrías. 


Una palabra define la vida, el trabajo y la vida literaria del escritor amigo: amor. Esta palabra hizo de Fernando Soto Aparicio, un hombre profundamente humano, entregado al hombre mismo y a las letras. Nunca quiso morirse; en sus últimos momentos decía que estaba “bien, de las cejas para arriba”. Era el amor a la literatura a lo que hacía referencia. Bitácora de un agonizante (Panamericana, 2015), su último libro, es una compilación amorosa, transida de nostalgia,  en la que se derraman sus recuerdos y su alma. Es una invitación a la lectura de su obra.


Mi maestro Manuel Mejía Vallejo solía decirnos: “Uno se muere cuando lo olvidan”. No olvidemos al gran amigo, al gran escritor Fernando Soto Aparicio; ¡no lo dejemos morir!



5 fragmentos de La rebelión de las ratas para recordar:

1. “Por los campos ya secos y abandonados, se tendieron los caminos metálicos”.


2. “Los hombres, inclinados sobre la tierra, clavaban largas púas de acero para sostener las líneas por las que, meses después, corrían veloces locomotoras lanzando al aire eructos negros, y arrastrando tras de sí largas filas de carros que transportaban carbón hacia la capital”.


3. “A pesar de la dorada luz de las lámparas, la boca de la mina tenía una apariencia trágica. El terror se le aumentó al pensar que bajo aquellas mismas rocas que ellos debían remover, yacían los cadáveres de cuatro compañeros”.


4. “Comparemos nuestra suerte con la de aquellos que nos explotan (…) Veamos a sus mujeres bien vestidas, entregadas al ocio; veámoslos a ellos, que se ganan cien pesos diarios por palmotearles las nalgas a las secretarias y por mirarles las piernas. Mirémonos nosotros, enflaquecidos como perros pobres, metidos en las profundidades de las minas desafiando a la muerte por ganarnos cuatro pesos diarios (…)”.


5. “A nadie le importaban sus dolores, su ansiedad, su angustia. Esos sentimientos eran solamente suyos”.