Columnistas

Democracia y Feria del Libro
Autor: David Roll
28 de Abril de 2016


No deja de ser extraño que en la feria del libro más importante del país, la de Bogotá, no exista nunca un stand dedicado a la democracia.

No deja de ser extraño que en la feria del libro más importante del país, la de Bogotá, no exista nunca un stand dedicado a la democracia. Hay, sin embargo, uno dedicado al fascismo, en el que se exponen uno tras otro hasta veinticinco libros de Hitler, más bien apologéticos, y hasta uno, escrito por un excongresista gringo pero recién impreso en Colombia, en el que se niega sin pudor alguno el Holocausto. También hay varios stands, no pocos, en los que se hace apología directa o disimulada de las revoluciones comunistas y las ideas que los inspiraron. Yo esperaba que siendo Holanda el país invitado, una parte de su enorme y hermosa exposición (en la que se incluía una magnífica presentación multimedia y gráfica sobre Anna Frank), hubiera una referencia explícita al sistema de partidos holandés, llamado consociacional porque en lugar de pelearse los diferentes grupos políticos llegan a acuerdos consensuados en beneficio de los ciudadanos. Con mucha dificultad logré entrar a los tres multitudinarios eventos en los que Svetlana Alexievich, la premio nobel de Literatura 2015, presentaba su obra (la inauguración, la conferencia central y el cóctel de Mondadori), a la espera de que esta experta en los desastres de un sistema no democrático hiciera un gran llamado a conservar las democracias, fortalecerlas y fundarlas donde no las haya, pero no fue así. Quizá el mensaje estaba implícito en su descripción de los horrores de la mayor antidemocracia de la historia de la humanidad, en su libro El Fin del Homo Sovieticus, y más aún en sus descripciones a través del periodismo y de relatos de vida, en sendos libros, de las tragedias de Chernobyl y de la invasión a Afganistán. Por fin, al final del evento principal, dijo una frase corta y en voz baja que de todos modos me dejó satisfecho. Algo así como: con todos sus problemas, no dejo de pensar que estas cosas en una democracia son mucho menos probables. En el fondo basta y sobra, porque en verdad es suficiente darle una mirada un par de horas a sus libros para llegar a esa conclusión, aunque no creo que en una feria del libro las democracias deban ser un invitado tan de segunda. En el discurso del presidente de Colombia en la inauguración, concentrado por supuesto en el proceso de paz, que nos dejó a todos maravillados por su construcción argumentativa impecable, hubo algo de esto, pero no con la contundencia que merece un tema tan trascendental como es la construcción de un sistema democrático contra toda resistencia, como ha sido el caso de Colombia.


En mi opinión en la próxima feria del libro debería haber una urna de cristal con acceso al público que apenas entra, en la que se exponga el libro que desgarró un espectador en una pasada feria, en frente al Nobel Mario Vargas Llosa. El nobel había venido a presentar la última versión de la serie, el Manual del perfecto idiota latinoamericano, que intenta como las anteriores combatir, un tanto erróneamente, el panfleto de izquierda con un panfleto bien montado pero de derecha o por lo menos antiizquierdista. El autor de La ciudad y los perros, que estaba en ese momento en una entrevista ante el público, dijo frente al espectáculo: “se comienza rompiendo libros y se termina matando gente”, haciendo referencia sobre todo al régimen nazi, pero seguramente acordándose también de cuando en el Leoncio Prado, escenario de este libro sobre un cuartel militar para jóvenes en el que el fue alumno, quemaron en público todos los ejemplares que pudieron conseguir de esa obra. No hay pues que quemar o prohibir ningún libro por supuesto en la feria, pero el invitado de algunas de las próximas versiones debería ser la democracia, con todos sus defectos y limitaciones, pero también con todos sus logros y posibilidades.


* Profesor Titular Universidad Nacional