Columnistas


Réplica de una tragedia
Autor: Henry Horacio Chaves P.
22 de Abril de 2016


Son tan dolorosas las imágenes de la tragedia que causó el terremoto en Ecuador, como las que hemos visto de México, Nicaragua, Haití, Popayán o Armenia.

Son tan dolorosas las imágenes de la tragedia que causó el terremoto en Ecuador, como las que hemos visto de México, Nicaragua, Haití, Popayán o Armenia. No dejan de impresionar los escombros que ocupan el lugar de las edificaciones, las máquinas que tratan de removerlos con la fuerza suficiente para desplazar las placas pero la sutileza necesaria para permitir el rescate. Imágenes duras que hablan de ruinas y de sueños desplomados.


Las autoridades calculan que la recuperación valdrá más de 3000 millones de dólares, casi tres puntos de su PIB. Una tragedia en términos económicos que se suma a las pérdidas humanas que seguramente pasarán de 600 muertos y 5000 heridos. Eso significa, en todos los sentidos, muchos años, décadas para la recuperación.


Como en otras tragedias, las imágenes del dolor, la destrucción y el llanto, alternan con las de solidaridad. A Ecuador llegaron rápido socorristas y ayudas. Por lo menos tan pronto como lo permitían las circunstancias y la misma tragedia. Seguramente la globalización también puede ser una oportunidad para ser mejores y más solidarios. Antes hubo campañas de solidaridad con otros países, pero entonces ni las informaciones ni las respuestas corrían tan rápido. Hoy la tecnología y la mundialización nos acortan tiempos y distancias. Desarrollo que seguramente agradecen más quienes tienen familiares en la zona de la tragedia, sobre todo aquellos que prontamente pudieron conocer historias de salvación. 


Esa globalización que lleva ayudas de todo tipo, seguramente también recortará los tiempos de reconstrucción. Ya no serán tan largos como en décadas pasadas, pero en todo caso reemplazar las montañas de escombros por nuevas casas, calles, escuelas, edificios, hospitales, hoteles, tardará mucho tiempo y afectará la economía en diversas direcciones. Por un lado porque se tienen que dedicar recursos a la construcción, más que a la producción, y por otro lado porque mientras no haya infraestructura no habrá productos elaborados ni forma de sacar las materias primas, las flores, el banano. 


La económica es solo una de las múltiples caras de estas tragedias, que separan familias, siembran orfandad y viudez. Muchos años después se seguirán contando historias de mutilaciones y superación, de ausencias y reencuentros. La fecha y los detalles del terremoto harán parte de la memoria colectiva y habrá que encausarlos para aprender de ellos y no solamente llorar a los ausentes.


Tocará, por ejemplo, revisar las normas y los métodos de construcción. Tendrá que levantarse un país nuevamente, pero con mayor fortaleza para afrontar las múltiples réplicas que deja un evento de esa magnitud. Y claro, tendrán que prepararse mejor para la ocurrencia de otro terremoto igual o más fuerte. Una reflexión que debería cobijar no solo al Ecuador, sino a nosotros mismos, que compartimos con ellos la geografía y la cultura. Nosotros que aún nos debemos la mirada descarnada pero productiva sobre el colapso del edifico Space. Hoy se pregunta uno, ¿cuántos más habrían corrido con el mismo infortunio si el terremoto se hubiera sentido con mayor fuerza de la que se sintió en Medellín?  


Muy dolorosa la tragedia, pero otra vez, no toda es atribuible a la naturaleza ni se puede argumentar que no se pudo prevenir. Nosotros estamos a tiempo y tal vez la celebración del Día de la Tierra, sea buena excusa para eso.