Editorial

Tras el fracaso de los petroleros
19 de Abril de 2016


De gran impacto es la inseguridad jurídica, especialmente para empresarios del sector primario que hacen grandes inversiones en estudios y exploraciones para recibir golpes propinados con el mazo de la opinión.

La apuesta de Arabia Saudita y Rusia por reavivar el poderío de los exportadores de petróleo se ha derrumbado llevándose consigo a países y gobiernos que anhelaban el acuerdo y sus consecuencias en repunte del precio del petróleo. La seriedad del daño explica los esfuerzos de los convocantes para presentar al ausente Irán como único responsable, debido a su manifiesto desinterés en cerrar una llave que está aliviando años de sequía económica. Las ambiciones de Rusia y Arabia Saudita por aumentar su presencia en los mercados también ayudaron al fracaso. Tan fuerte como las expectativas que precedieron la Cumbre fue la reacción de los mercados, que en su primera manifestación produjo la caída de 5% en el precio de los hidrocarburos.


Aunque puede estar lejos de ser la última, esta crisis es definitiva para el otrora temido cartel de exportadores de petróleo. El golpe es muy serio para naciones que en los años setenta se descubrieron capaces de definir, con arrogancia próxima al despotismo, el rumbo de la economía mundial. Para aquellas naciones que, como Venezuela, fundaron poder y crecimiento en la capacidad de la Opep para manipular el mercado petrolero, su retroceso como agente dominante en el mercado tiene dimensiones de desastre. El mayor impacto sobre países monoexportadores no consigue minimizar la gravedad del problema para productores medianos e incluso pequeños que en los años de bonanza aumentaron su dependencia del hidrocarburo y, por tanto, hoy se ven enfrentadas a la reducción de ingresos fiscales, acompañada de síntomas de enfermedad holandesa.


Las decisiones políticas del fin de semana, que tensan aún más las frías relaciones de Arabia Saudita e Irán, y la reacción del mercado merecen la mayor atención de los responsables económicos de Colombia. Durante dorados años, directivos y asesores del Banco de la República y Minhacienda fueron sordos al clamor del sector productivo exportador por decisiones que contuvieran la revaluación del peso y, en consecuencia, redujeran efectos nefastos sobre exportaciones y ventas en el mercado interno, que se embelesó con bienes de consumo importados a menosprecio gracias a la sobrevaloración del peso. En extraña paradoja, miembros de la poderosa Junta del Banco de la República o sus asesores, posan hoy de guardianes para exigir a los empresarios que aceleren sus ventas externas, a fin de enjugar el déficit en la balanza de pagos y el hueco fiscal producto de las menores exportaciones de petróleo y el encarecimiento de la deuda en dólares, que ellos no quisieron monetizar cuando tal decisión era prudente y rentable. La presión, sin embargo, no está acompañada por decisiones públicas que incentiven la inversión extranjera directa o la mayor inversión de los empresarios colombianos. 


La esperanza de que la inversión extranjera sea la palanca para el repunte de los sectores productivos nacionales se enfrenta con la crudeza de reportes del Banco de la República que señalan una caída del 37,27% en la inversión extranjera directa durante el primer trimestre del año. En efecto, entre enero y marzo de 2016 llegaron US$2.150 millones, notablemente inferiores a los US$3.426 recibidos en el primer trimestre de 2015. Esta situación confirma la tendencia registrada en 2015, cuando la caída de la inversión extranjera directa fue de 25,82% según el banco central. En el trimestre pasado, la menor inversión (49,1%) en el sector minero-energético no ocultó la reducción en 11,9% de las inversiones en el campo, la industria y el sector servicios. A la caída de la confianza de todos los sectores en el país hay que buscarle explicaciones más allá de la depreciación del peso o de la inestabilidad de América Latina. De gran impacto es la inseguridad jurídica, especialmente para empresarios del sector primario que hacen grandes inversiones en estudios y exploraciones para recibir golpes propinados con el mazo de la opinión escandalosa. Y no son despreciables los justos temores por la incertidumbre en las negociaciones con las Farc y el Eln, así como el crecimiento de las bacrim. Con menores esperanzas por un mejor precio del petróleo, se impone la responsabilidad en la gestión del ingreso y en el control del desbordado gasto público.