Columnistas


Cueste lo que cueste
Autor: Jorge Mejía Martinez
16 de Marzo de 2016


Puede ser un montaje para afectar más aún el proceso, pero la aseveración de Timochenko de que la mesa de la Habana está en crisis, debe corresponder a la realidad. Todos los días recibimos los colombianos mensajes desalentadores.

Puede ser un montaje para afectar más aún el proceso, pero la aseveración de Timochenko de que la mesa de la Habana está en crisis, debe corresponder a la realidad. Todos los días recibimos los colombianos mensajes desalentadores. Si bien una premisa sentada en el acuerdo que dio origen al proceso de negociación fue la de la confidencialidad, cuesta mucho suponer que el inclemente bombardeo desde todas las orillas hacia los que están sentados concertando, no tenga algún efecto. Otra premisa fue que la mesa permanecería inmutable ante el acontecer externo. Imposible de asimilar, como lo demostraron perturbadores incidentes como la retención auto infligida del general Rubén Darío Álzate en Las Mercedes, Chocó y la confusa acción pedagógica en El Conejo, la Guajira. La mesa crujió. 


Lógico es que haya crisis. La fecha acordada para firmar la solución del conflicto armado con un histórico apretón de manos no se va a cumplir. Crece la incertidumbre. Los jefes de las Farc no se cansan de hacer lo necesario para debilitar los esfuerzos del Gobierno por despejar el camino, con tantas declaraciones en contra de las decisiones sometidas al Congreso para allanar ese tránsito hacia la deseable paz, la posible. No les gusta el mecanismo de refrendación, las zonas de concentración con veeduría internacional les parecen “cárceles a cielo abierto”, y el tema de la destinación final de las armas es una maraña difícil de entender. Del lado del voluntarioso gobierno, la economía le cobra favorabilidad y el pesimismo anida en los colombianos.


La lógica de las Farc de aislarse de la realidad para justificar 60 años de inútil lucha guerrillera, sigue vigente. Como su capacidad de paciencia, alimentada por el escondite atemporal en la selva, es ilimitada, creen que los colombianos también somos discípulos del paciente Job. Si la motivación para sentarse a negociar con el gobierno es dar el paso de la lucha armada a la lucha política, no se entiende la ausencia de tino en sus acciones y declaraciones. En lugar de acumular fuerzas para competir en los escenarios propios de la democracia con todas sus falencias, malgastan su precario capital político provocando mayor desconfianza en la escéptica población. Por algo todas las encuestas coinciden en que mientras el tiempo presiona un desenlace positivo o negativo de las negociaciones, aumenta la incredulidad y el desinterés entre los que serán llamados a refrendar o no, por cualquier vía, esos acuerdos. La insensatez de 60 años, sigue viva. 


Esperamos con los dedos cruzados el miércoles 23 de marzo. Ante la incapacidad para resolver las diferencias acumuladas, nos van a anunciar un cese bilateral y, posiblemente, definitivo del fuego. El cese bilateral ya existe de hecho, productivo, que por inercia se puede convertir en permanente. Sería un acuerdo muy importante, excelente, pero nos prometieron mucho más. La dejación de armas, la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. Claro que, mientras escribo esto me doy cuenta: ¡el solo cese bilateral y definitivo del fuego, de la guerra después de 60 años, es una gran noticia! 


La ansiedad nos carcome. Es que son muchos años de impaciente espera. Empecé a escribir con pesimismo esta columna, pero la finalizo con el optimismo de quien, como la mayoría de los colombianos que jamás es encuestado, solo anhela vivir en paz, no en guerra. Cueste lo que cueste, así como suena.