Columnistas


Orfandad ciudadana
29 de Febrero de 2016


La desconexión del mandatario colombiano con sus gobernados se está convirtiendo en un asunto muy delicado para la gobernabilidad, y lo cierto es que nadie está interesado en que este barco naufrague.

Diana Sofia Giraldo


La desconexión del mandatario colombiano con sus gobernados se está convirtiendo en un asunto muy delicado para la gobernabilidad, y lo cierto es que nadie está interesado en que este barco naufrague. El ciudadano se siente huérfano. Aislado de las autoridades. Desconocido por ellas. Desprotegido. Desconfiado y con miedo, miedo del futuro, un futuro que se ve amenazante por lo incierto. 


El pueblo necesita sentirse representado, protegido, dignificado en la figura presidencial. Un mandatario le puede resultar antipático, distante, primario, tímido, hasta autoritario, pero jamás indiferente, y la pérdida más grave para la subsistencia democrática es la pérdida de la confianza. Es muy claro que los colombianos, en su inmensa mayoría, no confían en él.


Y ¿por qué los colombianos no confían en Santos? Porque se ve en el lugar equivocado. En esta negociación de paz con las Farc nadie comprendió el por qué se puso del lado del grupo guerrillero. Desde el principio minimizó sus acciones armadas, justificó el narcotráfico con fines de insurrección, les dio estatus de estado, les devolvió la plena interlocución internacional, abogó para que se les retirara el calificativo de terroristas, contribuyó a la mimetización de las víctimas de las Farc, y no dejó de acusar a los colombianos de “enemigos de la paz” o de subestimarlos por incapaces de votar a conciencia un referendo. Hasta la manera como se manipuló el lenguaje para encubrir la impunidad que se vislumbra en el acuerdo sobre Justicia, es la expresión de un profundo desdén por el pensamiento de los colombianos. Impunidad que no está pasando inadvertida para la comunidad internacional. La misma que en unos desproporcionados cálculos de poder y grandeza, subestimaron casi tanto como a los ciudadanos de este país.


¿Cómo se puede insistir en una política de rechazo y desafío a la opinión pública colombiana, mientras el frente internacional se debilita? ¿Hasta dónde piensan llevar sus asesores ese espíritu de divorcio de lo que piensen las mayorías? ¿Polarizar, dividir, retar son tareas de un jefe estado?


La falta de empatía del Presidente Santos con el país, se volvió asunto crítico. Por el bien de todos, sus asesores deben tomar cartas en el asunto para mantener la gobernabilidad. En el pasado, otros presidentes tuvieron momentos graves de incomunicación, resueltos por sus equipos con un manejo discreto e institucional. 


Alguien le tiene que decir la verdad al Presidente Santos. Que su mandato aún no ha concluido, que es tan delicado el momento de opinión que estamos viviendo que cualquier chispa puede encender y propagar el incendio de la inconformidad social. El colombiano de hoy no es indiferente, tiene indignación y siente la soga del Estado que amenaza con ahorcarlo. La gente no va a salir a las calles a defender una posición política, sino a defender su propia subsistencia.


El manejo de la incursión armada de las Farc al colegio de El Conejo, rebasó los límites de lo tolerable para la opinión, en contraste con lo poco creíble de la indignación oficial.


El discurso de acusar a los colombianos de enemigos de la paz, de ignorantes, o simplemente de “uribistas” perdió fuerza y credibilidad. Hasta los medios de comunicación más gobiernistas, escucharon el campanazo de alerta. Comprendieron las alarmas y se empieza a respirar otra vez, libertad de información.