Columnistas


El precio de un sueño
Autor: Sergio De La Torre
28 de Febrero de 2016


Desde el inicio mismo de los diálogos, las Farc los estiran a su amaño, más allá de lo que las partes dan por acordado. Más allá, incluso, de lo que expresamente pactan, como, verbigracia, la fecha del 23 de marzo convenida para firmar el armisticio.

Desde el inicio mismo de los diálogos, las Farc los estiran a su amaño, más allá de lo que las partes dan por acordado. Más allá, incluso, de lo que expresamente pactan, como, verbigracia, la fecha del 23 de marzo convenida para firmar el armisticio. La cual tampoco se va a respetar. Pues, si juzgamos por su proceder habitual, el presidente parece haber reculado respecto a su última, categórica, advertencia cuando, impelido por lo del Conejo, dio a entender que si para esa fecha no estuviere protocolizada la terminación del conflicto, se cancelarían las tratativas. Así lo entendimos todos, incluida la guerrilla que, conociéndolo como lo conoce, se aprovecha de su proverbial ductilidad y de su peculiar índole tornadiza. Sabe ella que no siempre hay que tomarlo en serio ni en sus compromisos ni en las amenazas que profiere y que a menudo olvida o finge olvidar. Y todos sabemos que “perro que ladra no muerde”, salvo, por supuesto, la guerrilla nuestra, que siempre ataca a mansalva y sin avisar. Y a la cual nunca le faltan disculpas para demorar los diálogos, como lo atestigua el episodio de La Guajira, que fue su culpa pero le sirvió para interrumpir los trabajos de la mesa por 3 preciosas semanas, o casi, sin que le remuerda mucho. Al contrario: alarga el espectáculo con que trata de resarcirse de los largos años de silencio y ostracismo a que fue sometida en tiempos recientes. Algo hemos avanzado los colombianos en cuanto al saber leer y descifrar sus palabras y gestos.


Resumiendo, con el reclamo presidencial, la guerrilla ni se dio por notificada. Nada hace por acelerar las negociaciones a objeto de que en la citada fecha, y casi con la presencia del presidente Obama, se cumpla lo anunciado. La razón es simple: a ella no le basta con la exhibición que ha tenido, ni con el status y beligerancia que se le otorgan y que le ayudan a cotizarse mejor y a valorizar su disposición de allanarse a la paz, cosa que reputa como un derroche de magnanimidad suyo, digno de que la trepen a los altares. Ha terminado por estimarse a sí misma como una fuerza o entidad bien superior a lo que realmente es, tan relevante que se trata de tú a tú con un Estado reconocido y legítimo, dando y recibiendo por parejo en la puja de las  conversaciones. Corrijo: recibiendo más de lo que dá. Al cúmulo de concesiones que en la mesa se le hacen no corresponde siquiera con la mínima condescendencia que de su parte se espera. El desbalance es obvio, y ofensivo.


Todo sea, sin embargo, por la paz, tan urgida y anhelada que justifica tantos sacrificios y las reservas indisimulables que en algunos de nosotros suscita su trámite y gestación. Nunca dejaremos de apoyar el proceso, por ser un imperativo nacional y una urgencia humanitaria, mas no podemos callar tales dudas y reservas. Como puede constatarlo el lector cuando se detiene en estas notas aburridas, reiteradas, pero que mal haríamos en omitir. Con perdón suyo, a ellas habrá que volver, una y otra vez, aún a riesgo de fatigarlo más de lo que ya debe estarlo.