Columnistas


Las notas de Christian Schmitt en la Metropolitana
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
28 de Febrero de 2016


Hay que reconocer que la ocasión, el escenario, las evocaciones y los contenidos de lo que narraré no parece que hubiesen sucedido en Medellín, sí en alguna capital europea de honda tradición cultural y musical.

Hay que reconocer que la ocasión, el escenario, las evocaciones y los contenidos de lo que narraré no parece que hubiesen sucedido en Medellín, sí en alguna capital europea de honda tradición cultural y musical. Pero en efecto, se trata de un maravilloso regalo que tuvo lugar en nuestra ciudad el pasado 21 de febrero. Un oportuno aviso por parte de un querido amigo, autoridad musical de muchos quilates, me sorprendió por lo magnífico: el próximo domingo –me dijo- a las cuatro de la tarde, el organista alemán Christian Schmitt, tocará en nuestra catedral metropolitana. En el programa, además de Bach, una obra del estonio Arvo Pärt: Annum per annum; y por supuesto, otras obras clásicas y más recientes, precisas para obtener el mejor resultado del potente instrumento como efectivamente sucedió (Mendelssohn, Messiaen, Widor, Reger).


Allí estuve, puntual, para cumplir la cita. Me senté en una de las bancas de la nave central, casi solitario en medio de la severa y sagrada mole de ladrillo, de sólidas columnas y de arcos romanos que invitan a contemplar hacia lo alto del edificio, con su techo de noble madera y de calidad exquisita, sobrecogedor por las dimensiones y la perfección de su hechura. Con pesar constato que hay relativamente pocos asistentes para un acto en el que las espaciosas naves debieran estar colmadas de gente ansiosa por escuchar música del mejor nivel. Pensaba en eso –y hacía abstracción de lo que sucede en el vecindario del parque de Bolívar- cuando una voz amiga me invita a subir al privilegiado sitio: junto al órgano. Allí llego, después de un recorrido por los rincones de la catedral que necesariamente me ponen a pensar en Notre Dame, como si por cualquier polvoriento rincón, teñido con las fantasmagóricas proyecciones de una ventana con sus vitrales, fuera a aparecer un Quasimodo local que se apresura a tocar las campanas en medio de la soledad y el silencio... Los versos de Juan Lozano y Lozano también vienen a la mente: “...su pesadumbre formidable sube / en la luz con tan ágil movimiento / que se piensa delante a su fachada / en alguna cantera evaporada /  o en alguna parálisis del viento” /.


Todo fue grande en esta particular tarde del domingo. La belleza del escenario arquitectónico de nuestra catedral, la energía y el dominio del joven maestro Christian Schmitt: es notable la concentración y el entusiasmo con que interpretó -es la segunda vez que toca en este órgano, se refirió al instrumento con auténtico respeto y admiración- y obtuvo las notas llenas de elevación, de contenido, de evocación hacia lo trascendente y misterioso. Hay algo sublime en la audición de un repertorio tan bien seleccionado y tan acorde al escenario. Todo en ése rato de domingo invitó a la contemplación, a la belleza, a la elevación estética y espiritual.


Una nota de agradecimiento por haber tenido el privilegio de escuchar a Schmitt, al querido y poderoso órgano de nuestra catedral, y muy especialmente, aquella obra de Pärt, que de modo oportuno nos hace recordar que la existencia no se limita a lo que está de tejas hacia abajo: esta música es una conexión muy directa con la realidad de lo espiritual, honesta, profunda, bella. Que nuestra ciudad tenga estas sorpresas de vez en cuando verifica que aún tenemos esperanza de mejoramiento en todo sentido. ¡Que se repita pronto, Meister!