Columnistas


Territorio, nación, Estado y paz
Autor: Álvaro González Uribe
27 de Febrero de 2016


“En Colombia tenemos más territorio que nación y más nación que Estado”. Es una frase que muchas veces le escuché a Luis Carlos Galán sobre nuestro país y que he repetido en varias de mis columnas.

“En Colombia tenemos más territorio que nación y más nación que Estado”. Es una frase que muchas veces le escuché a Luis Carlos Galán sobre nuestro país y que he repetido en varias de mis columnas porque resume con claridad las causas de las violencias y conflictos colombianos.


Para entender a cabalidad esta frase intentaré a mi modo y de manera muy simple despejar los términos territorio, nación y Estado.


Territorio es el espacio tridimensional abarcado por nuestras fronteras terrestres y marítimas horizontales y verticales, incluyendo mares, subsuelo y espacio aéreo. Hay una noción moderna funcional más amplia que también incluye dentro del concepto territorio a los ciudadanos, la fauna, la flora, el medioambiente y los agentes de la naturaleza, al igual que a las culturas y a los bienes inmateriales porque todos interactúan y se determinan entre sí. Sin embargo, para este caso dejémoslo en lo físico, aunque lo inmaterial también es tocado por las violencias de manera dramática. En Colombia tenemos territorio, un extenso, rico y bien ubicado territorio que infortunadamente no hemos sabido aprovechar ni cuidar.


Nación tiene muchos significados, pero para efectos de esta columna escojo aquel que alude a un pueblo que comparte un pasado y un destino comunes, una cultura más o menos homogénea y, en especial, que tiene conciencia de una identidad. En Colombia tenemos una nación aún en construcción, pero ya podemos decir que es nación.


Estado también es un término complejo, pero insisto en no enredarnos en este escrito: simplemente se trata del conjunto de instituciones oficiales legítimamente constituidas. En Colombia tenemos Estado, pero con deficiencias en cuanto a su legitimidad, estructura, funcionamiento y alcance.


Resumiendo muy someramente: Un país es un territorio en el cual vive un grupo de personas que se sienten identificadas socialmente y que tienen una estructura de instituciones formales que toman las decisiones políticas directas.


Para que un país funcione, el ideal es que confluyan cabalmente territorio, nación y Estado. Tanto el Estado como la nación deben abarcar todo el territorio así sea simbólicamente. En Colombia eso no sucede, de allí la sabia frase de Galán que cito al inicio. Tenemos territorios sin presencia de nación ni de Estado, y también tenemos nación sin territorio y sin que sienta el Estado.


Los habitantes (sustento de una nación) se organizan en comunidades grandes o pequeñas, escogen sus voceros y dirigentes o les son impuestos, y así transcurre su vida individual y colectiva, mal o bien. No siempre esos dirigentes hacen parte de la estructura del Estado como tampoco las instituciones que los rigen.


El Estado comporta un ideal jurídico y de nación desplegado en un territorio soberano. Dicho en otras palabras, es la formalización de un proyecto de vida colectivo en un territorio. Por eso es fundamental la presencia del Estado copando todo el territorio a ciencia y conciencia de todos los ciudadanos.


Pero esa presencia debe ser inteligente e integral, es decir, manifestarse en bienes, servicios, formas de organización e instituciones, y no solo en el aparato coercitivo. Las fisuras no solo se dan por la ausencia del Estado sino por su presencia distorsionada, débil o parcial.


Y cuidado con esto: No solo hay ausencia y deficiencia del Estado en la periferia de Colombia o en zonas apartadas. También las hay en muchos lugares de las grandes ciudades -muy cerca de los centros del poder estatal- apropiados por organizaciones que reemplazan al Estado la mayoría de las veces con excesos y actos criminales. No es pues solo un problema rural o de poblados lejanos.


Es un tema largo y profundo. Pero digamos que los variados componentes de un proceso de paz -nuestro actual proceso de paz-, entre pactos, compromisos y acuerdos económicos, sociales y políticos, reparaciones, memorias y justicias, deben converger en un objetivo claro: hacer coincidir territorio, nación y Estado.