Columnistas


El asunto es de fondo
Autor: Alejandro 羖varez Vanegas
27 de Febrero de 2016


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La indignación en el país por el asesinato de los niños wayuu hace unas tres semanas fue enorme. ¿Asesinato? Sí, asesinato, porque como decía Jean Ziegler, Relator Especial de las Naciones Unidas entre el 2000 y el 2008, “cada niño que muere de hambre en el mundo de hoy fue víctima de asesinato”. Esto quiere decir que más de tres millones de niños por debajo de cinco años son asesinados anualmente en el mundo pues sus muertes son provocadas por una nutrición deficiente. Se nos están muriendo los niños de hambre, hay que hacer algo al respecto. ¿Cómo suena esto?: ¿romántico?, ¿cursi?... ¿suena acaso a discurso “mamerto”? 


Hace tres semanas el tema inundó las redes sociales. Hoy ya se olvidó. Si ahora hay indignación es por la corrupción en la Policía (en realidad, más que por la corrupción, por “la comunidad del anillo”) y si se menciona a La Guajira es para decir que allí estuvieron los jefes guerrilleros (y que Santos les organizó el viaje). No es que estas situaciones no deban ser noticia y discutirse, pero, ¡qué indolencia olvidar tan rápido! 


Hace tres semanas hubo indignación, sí, pero también se pidió comprensión porque la desnutrición infantil en esta zona es, según decían, en gran medida una cuestión cultural. Se decía que es parte de la cultura que las donaciones de alimentos se distribuyan primero entre los adultos para luego darles de comer a los niños y por eso es que están desnutridos. Que no vengan con excusas tontas. No hay razón para que estas personas dependan de donaciones de alimentos y, si así tuviera que ser, éstas tendrían que rendir para todos. ¿Por qué? Porque, como lo dice el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’: “sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen y el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre”. Esto cobra más relevancia aún si tenemos en cuenta lo que reporta Juan Gossaín: que de 54.000 millones de pesos destinados para alimentación en La Guajira el año pasado, sólo 6.600 millones se destinaron a alimentos. El mensaje es claro: no hay excusa para las muertes por hambre, ni siquiera en adultos. 


Los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) conforman la Agenda 2030 definida en la Asamblea General de las Naciones Unidas con el fin de transformar nuestro mundo. El segundo de estos diecisiete objetivos nos llama a  “Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible”. Es obvio que no se puede frenar todo en seco para enfocarse únicamente en el hambre, o únicamente en la pobreza, o sólo en la salud, o sólo en la educación. Hay que lidiar con la complejidad de la sociedad actual (globalizada y dinámica) y esto significa luchar en distintos frentes al mismo tiempo. Pero no podemos permitirnos seguir en el punto al que hemos llegado, un punto en el que no se impide que los niños se mueran de hambre (ni que se contaminen los ríos, se acabe con la biodiversidad, se deteriore la calidad del aire, etc.) porque hay que atender otras prioridades ilusorias. “Se destruye lo esencial para producir lo superfluo”, como dicen en el documental “Home”. 


Aunque el gobierno tiene una responsabilidad enorme sobre estos asuntos, lo que debemos preguntarnos es qué puede hacer cada uno de nosotros para aportar a la construcción de un desarrollo justo (y ambientalmente responsable, es decir: sostenible). Como mínimo, deberíamos estar evitando que estas situaciones se agraven. ¿Dónde está la responsabilidad de los ciudadanos?, ¿dónde la del sector privado?, ¿dónde están las grandes transformaciones? ¡No es solamente a través de donaciones que se solucionan los problemas!