Editorial


Martirio y memoria
17 de Febrero de 2016


Ante el af醤 de convertir en 韈ono al cura guerrillero Camilo Torres, preferimos exaltar la memoria de monse駉r Jes鷖 Emilio Jaramillo Monsalve, m醨tir de la Iglesia y v韈tima del Eln.

En el centenario de su nacimiento, cumplido el pasado 14 de febrero, la Arquidiócesis de Medellín ha convocado a celebrar la vida y obra pastoral de monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, obispo de la Diócesis de Arauca martirizado por el Eln el 1 de octubre de 1989. El homenaje de la que fue su sede episcopal durante casi 40 años de vida, invita a reflexionar sobre la trayectoria y el legado de un sacerdote ejemplar en su acción por la vida y el bienestar de una grey dispersa, empobrecida y sufriente, con la que realizó su fidelidad al mensaje con el que Cristo invitó a los suyos a asumir esfuerzos y sacrificios que demuestran un compromiso capaz de renegar de opciones facilistas o fatales. 


Monseñor Jaramillo Monsalve fue designado vicario apostólico de Arauca en 1971. En esa pobre intendencia consolidó un trabajo pastoral con poblaciones campesinas e indígenas, liderando importantes proyectos humanitarios y de desarrollo social, entre ellos la construcción de escuelas en áreas rurales y del hospital Ricardo Pampuri, reputado por la calidad de sus servicios médicos, mismos que lo hicieron blanco del cruel Eln. Su trabajo apostólico le mereció gran respeto entre habitantes que en 1984 dieron su beneplácito a la sede episcopal de Arauca y a la designación del hasta entonces vicario como primer obispo. Su distancia crítica con la violencia y su persistencia humanista mostraron a su grey cómo se diferenciaban la generosidad del consagrado y la avaricia de los grupos terroristas que lo martirizaban. Inmolado cuando se acercaba a los 73 años de vida, el papa Juan Pablo II lo llamó “mártir de la Iglesia” y acompañó la apertura de la causa de su beatificación.


¡Qué amplia distancia separa las huellas del obispo sacrificado de las que han dejado sus victimarios!


A poco de iniciados los trabajos de exploración del pozo Cravo Norte, a cargo de la estadounidense Occidental Petroleum, y de construcción del oleoducto Caño Limón Coveñas, por la alemana Manessman, el Eln desplazó al frente Domingo Laín a la región de Arauca. De acuerdo con un estudio de Ideas para la paz (ver en: http://goo.gl/w2YG7a), desde mediados de los años ochenta ese grupo se apropió de tesis de los radicales nacionalistas sobre el manejo de los recursos naturales no renovables para dotarse de una máscara ideológica que cubriera la fiereza de su campaña contra las compañías asociadas a Ecopetrol. Su intento, sin embargo, no encubre los ataques a la población, la destrucción de los riquísimos ecosistemas regionales y su protagonismo en la formación de redes corruptas que se camuflaron -como se denuncia que ahora lo hacen en algunos municipios de Antioquia- entre las organizaciones comunitarias para asaltar multimillonarios recursos de regalías, de los cuales abusó para financiar su máquina de guerra, cometiendo crímenes que, como el magnicidio del obispo, siguen en la impunidad. En sus intentos por recuperar atención e imponerle al Gobierno Nacional condiciones para sentarse a dialogar, la presión de ese grupo contra los araucanos en las últimas semanas ha dejado a casi 32.000 alumnos de educación básica y media ausentes de sus clases y nuevamente los campesinos sufren el rigor de los atentados contra el oleoducto Caño Limón Coveñas.


Tanto como el proceso jurídico, la construcción de la verdad y la memoria es base irrenunciable de la reconciliación y la formación de la sociedad en paz. Recoger la memoria colectiva es necesario para asumir como propias verdades aun ocultas. Entre ellas, es necesario comprender y valorar la tragedia de departamentos como Arauca y sus vecinos, alejados de los centros de decisión y poder así como olvidados por los dueños de la opinión. Cuando retoman la memoria del obispo Jaramillo Monsalve, estas regiones recuerdan la pluralidad de experiencias y explicaciones de la historia del conflicto. También señalan que el afán de tergiversar la historia y convertir en ícono al cura guerrillero Camilo Torres, pertenece a algunos medios de comunicación y líderes que representan la cuarta parte de la población que gravita en torno a los centros de poder capitalinos. No por minoritarios, esos centros de poder renuncian a su pretensión de imponer una visión unívoca que se da el lujo de forjar categorizaciones excluyentes de la sociedad colombiana, como sucedió durante el fin de semana en el choque de manifestaciones lideradas una por el senador Iván Cepeda y otra por habitantes y dirigentes de San Vicente de Chucurí. Producto de su mirada distante, el poder persiste en imponer un modelo de “paz” que renuncia a exigir respeto por los derechos humanos, las víctimas y las realidades padecidas por los “colombianos de provincia”.