Columnistas

Licencias de corrupci髇
Autor: Dario Ruiz G髆ez
15 de Febrero de 2016


Cinco mil licencias de vivienda aprobadas a la ligera en Sabaneta, municipio donde el estallido de una irracional proliferaci髇 de construcciones con licencias concedidas a destajo.

Cinco mil licencias de vivienda  aprobadas a la ligera en Sabaneta, municipio donde el estallido de una irracional proliferación de construcciones  con licencias concedidas a destajo, ha permitido que se llegue  a extremos inconcebibles de desurbanización, saltándose impunemente toda clase de reglamentaciones, sin exigir los retiros debidos entre los edificios, arrasando las áreas verdes, los espacios necesarios para un sistema de parques que regule las diferentes zonas urbanas, sin un skyline mediante el cual se reglamente la altura de los edificios, la relación con el paisaje, sin una nueva estructura vial, sin agua, esto parece cosa de locos. Pero ¿qué otra cosa vivimos como un vértigo que destruyó finalmente toda idea de planificación metropolitana sino este shock de intereses que abiertamente actúan por encima de toda norma, de todo principio rector de una sociedad civilizada? ¿Puede tenerse la esperanza de que en estos momentos de confusión semántica, de pérdida de contenidos jurídicos  un juez o una jueza, un magistrado o una magistrada entiendan  el delito que entraña talar un bosque, poner en peligro un sistema ecológico  mediante inconsultos movimientos de tierra? Porque ante el pragmatismo de negociantes disfrazados de urbanizadores, tener  y demostrar sensibilidad ante lo que significa un atropello de tal calibre, es, paradójicamente considerado en nuestra sociedad  como algo propio  de mentes infantiloides, afeminadas, incapaces de entender que el único sentimiento que puede despertarnos la tierra es el de su “alta rentabilidad” ¿Cómo convencer a la autoridad  jurídica de nuestra nación de que envenenar las aguas de un río con mercurio para sacar oro poniendo en peligro la vida de los ribereños, destruyendo las selvas, esclavizando a miles de personas, constituye un terrible delito condenado por la justicia universal, o sea un crimen de lesa humanidad? 


¿Cómo convencer a los encargados de hacer justicia de que  destruir la calidad de vida de una ciudad, destruir su espacialidad simbólica, su patrimonio arquitectónico, constituye  un delito atroz que debe sancionarse de manera ejemplar? ¿En qué planeta se quedó perdida nuestra justicia? ¿En qué galaxia vive nuestra llamada clase dirigente?  La ciudad, nos recuerda Borges, es el mayor logro de la humanidad, la arquitectura la suma de todas las artes como recuerda en su “Eupalinos “ Valery, el urbanismo es la capacidad de ordenar los territorios, da dar significado a los espacios para la interrelación social, de equilibrar frente al desorden, los espacios necesarios para llevar adelante una vida racional. Las cien mil viviendas entregadas apresuradamente por el Gobierno olvidaron en su mayoría aquella condición que Libenski recuerda como premisa esencial  para la Vivienda Social, la de hacer comunidad, la de recordar que la arquitectura aún la de bajos precios,  debe tener  como objetivo estético y por supuesto ético construir espacios para que la familia humana pueda desarrollar nuevos proyectos, afirmar su integración con los otros. La justicia debe condenar por lo tanto a quienes hicieron de esta digna tarea un vulgar negocio construyendo con materiales en mal estado, negando las espacialidades que permiten el ocio, el descanso, el derecho de los niños al esparcimiento debido. Las comunidades que son degradadas con malas viviendas, que caen en la delincuencia en estos guetos, deben ser reparadas pues los focos de delincuencia surgen en estas circunstancias donde toda idea de esperanza se ha negado.  ¿Si estas danzas de licencias concedidas para destruir nuestras periferias, nuestros barrios, nuestras veredas, nuestros valles, los cascos antiguos de los municipios, no constituyen la mayor demostración de corrupción a qué entonces calificar como tal? Volver los ojos sobre el país es encontrarse con este patético cuadro de destrucción de nuestro patrimonio de vida y comprobar que  la corrupción tiene los nombres de los responsables suficientemente claros.