Palabra y obra

Richard McGuire: Medellín on suspended time
Richard McGuire: Medellín en tiempo suspendido
29 de Enero de 2016


Una crónica de la visita del artista a Medellín, escrita por quien fue su compañero antes y después de las conversaciones del Hay Festival Medellín, Daniel Jiménez Quiroz.


Foto: Giuseppe Restrepo 

Imágenes de la conversación de McGuire el pasado miércoles, en el Parque Biblioteca Belén, durante el Hay Medellín. 

Daniel 


Jiménez Quiroz


Escritor 


Director de la revista Larva


Con una cerveza a la mano y sentado en el suelo de Calle 9+1, uno de los puntos de encuentro que más palpita en el corazón joven de Medellín, Richard McGuire confirma lo que ha sido su suerte: “Creo que he tenido el tiempo suficiente para vivir en el momento adecuado y conocer a las personas que no se han sentido cómodas con el relato de su época”. 


Momentos en los que McGuire compartió con el público de la ciudad, en bares  y restaurantes. 

Cortesía Daniel Jiménez Quiroz 


Es una noche más de Lo doy porque quiero, una serie de sesiones informales e intelectuales creada hace casi cinco años por uno de los socios del bar: Andrés Smith. Plantado en una esquina, frente a más de sesenta personas, con un pie en el presente y otro en las orillas de los episodios más apasionantes de su pasado, McGuire ha aterrizado hace apenas dos horas en Medellín y, sin saber muy bien dónde se ha metido, comienza una charla que descubre de manera íntegra su trayectoria como dibujante, músico, diseñador, animador y agitador cultural. 


Disuelto en el cansancio que le han dejado las horas de viaje desde Nueva York, y con un proyector desde el que alterna imágenes y acerca sonidos, McGuire estalla en un relato de eras. Las imágenes que desde niño lo inspiraron a ser artista, las canciones que lo animaron a agarrar el bajo, piezas de arte que lo ayudaron a crear coherencias en medio de centrífugas... “¡tan poco tiempo para hablar de las cosas que me han aturdido!”, dice a mitad de carrera, mientras teje una conversación de cuarenta minutos que escribe recuerdos polifónicos en su cabeza. 


En algún momento, dibuja con sus manos la estentórea melodía de su línea de bajo más famosa (escuchar Cavern, la canción que grabó con LiquidLiquid en 1983), o cuenta cómo un día de 1989 el ruido eterno del tiempo se incubó en su imaginación y le permitió ver, en la esquina de su apartamento, todas las épocas (leer Here (Aquí), un cómic de seis páginas publicado en 1989 y convertido en un libro de 300 en el 2015). 


Richard McGuire está en Medellín y escucha preguntas de un público que, en su mayoría, nació después de que él mismo diera sus primeros pasos como artista. Escucha y no se siente ajeno. Horas más tarde, ese martes 26 de enero del 2016, McGuire escucha como en sordina, desde los parlantes del restaurante Alambique, la voz de Matilde Díaz juagada en un remix de dudosa nota. Pregunta quién es, lo escribe en su teléfono, y el recuerdo de esa voz se desborda alegre en la historia del soul y el funk que vibraban en la Nueva York de finales de los 70. Pero al tiempo, vuelve a este presente y, sin perder el hilo, celebra la urgencia de los dibujos de Abraham Restrepo, un artista local que expone un piso abajo del restaurante, en la galería que desde unos meses atrás han regado, con paciencia jardinera, Ximena Escobar y Pilar Botero. 


McGuire se ha tomado ya varios rones, los ha mezclado con un jugo de lulo, e incluso se atrevió con unas hormigas culonas. Confiesa que sabía muy poco, casi nada, de Medellín antes de aceptar la invitación del Hay Festival. 


Al otro día, después de su charla en el Parque Biblioteca Belén, recorre la ciudad en un carro que lo lleva, en compañía de la dibujante española Ana Sainz Quesada, a un sitio del que escuchó relatos de arquitecturas excéntricas: Prado Centro. Y piensa: yo podría vivir aquí. Pero sabe que debe volver a Nueva York en unos días, que lo espera un proyecto musical de nuevas canciones y los retoques a nuevos proyectos derivados de Aquí. 


Debía despedirse de Medellín ayer jueves 28, porque seguiría en Cartagena con más conferencias, pero antes de eso quiere una última cerveza. En El Guanábano, suspendido en admiración por el regodeo del Parque del Periodista, interviene los afiches del dibujante paisa Noregna y alaba la música de Sparks. Otra cerveza a la mano, el sueño acumulado, una fotografía del Divino Niño descabezado para su Instagram, y una despedida: un fan despeinado, de unos 20 años malvividos, le pregunta: “¿Quién ganaría una carrera entre Superman o Flash?”. McGuire se ríe tan fuerte, tan efervescente, que piensa que es un chiste y sólo acierta a decir: “No sé tanto de cómics... apenas he hecho uno”. Sí, un único cómic que ha transformado a muchos lectores y al cómic mismo. Y la respuesta se queda volando por el aire, bar arriba.