Palabra y obra

The admiration and the memories of Affection
La admiración y las memorias del cariño
20 de Noviembre de 2015


El sol del mediodía ilumina la cancha de tenis, el público, y los árboles.



María Helena Uribe de Estrada en su biblioteca, posando para la lente de su nieto Miguel.

Miguel Vélez Estrada

Olga Elena Mattei 


Poeta


Crítica de música


Crítica de arte


El sol del mediodía ilumina la cancha de tenis, el público, y los árboles. Estamos sentados en las graderías mirando un campeonato de tenis en el Club Campestre. Una joven alegre, sonriente, vestida con una faldita corta, plisada, blanca como la blusa, (según era de rigor en este deporte) gana el partido, y salta hacia sus amistades, mostrando una personalidad segura y afable, mientras recibe los aplausos. 


- “Es la nieta de don Alejandro Echavarría” - “Y se va a casar con un hijo del Dr. Alberto Estrada, el optómetra, que también es inventor. El novio se llama Leonel y es ortodoncista; dicen que es artista y muy culto” - “Pero ella también. Estuvo estudiando en New York y se crió en Bruselas, cuando sus padres estuvieron viviendo en Bélgica” –“Sí, claro: El Dr. Gustavo Uribe Escobar, el patriarca, (fundador de la Cruz Roja y del Instituto Profiláctico, dos veces rector de la Universidad de Antioquia) y doña Rosita Echavarría”.


Escuché esta conversación a mediados de los años 50 y nunca olvidaré el episodio. Ahora lo rememoro, mientras por una rendija de mi imaginación, veo, en una gran sala, una multitud de personas. Todas están tristes. Son 17 parejas jóvenes, o sea, 34 personas, que además de estar angustiadas, siguen preocupándose por entretener y controlar a 19 niños que circulan entre muebles y preciosos objetos. También puedo ver a cuatro damas, de edad madura, con sus esposos, y a un caballero, quien obviamente es el hermano de las damas... Hablan entre ellos en voz baja. 


Esta gran familia está pasando por momentos amargos. Acaba de morir (a sus 87 años), María Helena Uribe de Estrada, escritora, crítica especialista en Fernando González, conferencista, colaboradora de prensa, profesora... La extraordinaria, la irreemplazable, María Helena, madre, abuela y bisabuela.


Pero también puedo ver, simultáneamente, una maravillosa residencia de las décadas de 1950, 1960 y 1970. Era como un museo, llena de obras de arte, pinturas y esculturas, la mayoría del mismo Leonel Estrada, su esposo, entre las cuales siempre recordaremos un busto de Fernando González, tan bien logrado, con un parecido tan extraordinario, que parecía hablarnos desde el espacioso prado del jardín en el cual estaba.


Allí ella era anfitriona, con su esposo Leonel, (no se puede hablar del uno, sin hablar del otro) de todos los artistas y los escritores antioqueños, y los de todo el país y del mundo, quienes llegaban como viajeros a Medellín.


Tenían un sanctasanctórum en el sótano,  donde los pintores invitados dejaban sus murales. Allí se conversaba sobre arte y literatura, se escuchaba buena música, a veces se bailaba, y siempre se lograba un ritual de amistad y simpatía.


En este espacio, Leonel recibió a muchos artistas a quienes invitaba a Medellín para apoyarlos organizándoles exposiciones de sus obras. 


Allí surgió y se consolidó la idea gigante de las Bienales de arte de los años 60. “Marielena” le colaboraba con las investigaciones necesarias para las exposiciones y las preparaciones de las bienales.


Y por esa época, el doctor Gonzalo Restrepo Jaramillo, el escritor y reconocido novelista Jaime Sanín Echeverri, junto con el novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo, decidieron formar un grupo para apoyar a escritores inéditos y jóvenes principiantes que no habían tenido la oportunidad de publicar, quienes de no haber sido por esta iniciativa, jamás hubiéramos podido lanzar las obras al público colombiano.


Se creó una especie de taller que se llamó La Tertulia (primero y único en la ciudad), que se volvió famoso en los anales de la literatura latinoamericana, porque allí surgieron y crecieron una docena de autores antioqueños que constituyeron una especie de “boom” de nuestra literatura.


Polvo y ceniza, una vibrante obra de cuentos incisivos y modernos, publicada en el 63, fue el primer libro de María Helena Uribe de Estrada, entregado a un público que la acogió como a una revelación. Manuel Mejía Vallejo calificó su estilo como “uno de los más puros de la nueva literatura colombiana”.


Fernando González la conoció, expresó gran admiración por esta obra, y se convirtió en su gran amigo, al igual que con varios de nosotros en el grupo. Pero ninguno alcanzó la dimensión de profundo análisis de la obra del maestro González como ella. A partir de entonces, se dedicó a estudiar intensa y exhaustivamente todos los libros del maestro, uno por uno, y a hacer los más extraordinarios análisis de esta monumental colección de escritos. 


A partir de entonces, María Helena publicó dos obras sobre el maestro Fernando González, Fernando González y el padre Elías (1968) y Fernando González, viaje a pie, sobre aquel viajero que iba diciendo máximas a lo largo de su camino por la tierra. Uribe de Estrada estuvo dedicada a estudiar la literatura y la filosofía de este gran maestro antioqueño durante las décadas del 60 y el 70, hasta convertirse en experta, y en la más reconocida crítica analítica de El Filósofo de Envigado.


Reptil en el tiempo la regresa a la creación de su propia obra, con un panorama introspectivo y reflexivo que sacudió de nuevo nuestro mundo literario y editorial, con tres ediciones, en los años 1986, 1989 y en el 2013.


Por la misma época, María Helena era profesora de Historia de Literatura y Arte en el bachillerato, en los colegios Sagrado Corazón y Gimnasio Pinares. Y fue colaboradora de prensa en periódicos y revistas, y conferencista, especialmente con el tema de la Virgen y los Santuarios Marianos en todo el mundo.


Escribió y dirigió con Leonel tres vídeos para Teleantioquia: El arte al servicio de María; El rostro de Dios y Rapsodia de Navidad. Devota católica, al igual que Leonel, su vida se rigió por la rectitud y la devoción.


Es el máximo consuelo que una familia puede sentir en estos momentos cuando parece que comienza la ausencia definitiva, pero que sin lugar a dudas no es total, porque se seguirá sintiendo la presencia de ese ser amado extraordinario, que, según creemos, en verdad no nos deja. Y es esto lo que les digo, les decimos, los amigos que tanto los hemos querido...


Ahora será mayor la presencia ubicua, porque estará libre de toda ubicuidad humana.