Columnistas


La vacuidad del cascarón
Autor: Alvaro T. López
17 de Noviembre de 2015


Un país serio tiene que tener un sistema educativo serio, que permita establecer medidas reales. Los estándares de calidad de la educación tienen que estar referidos a algo, tienen que establecer sus éxitos o fracasos frente a metas concretas.

alvarolopez53@hotmail.com 


Un país serio tiene que tener un sistema educativo serio, que permita establecer medidas reales. Los estándares de calidad de la educación tienen que estar referidos a algo, tienen que establecer sus éxitos o fracasos frente a metas concretas y preconcebidas como propósitos estatales. Para llegar a esto, se necesita tener claro qué cosas necesita el país, cuales son las vocaciones y las fortalezas nacionales, y cuál es el rol que desempeñamos en el concierto internacional. Lo anterior nos lleva al problema de la planeación, que en nuestro país no funciona a ningún nivel. Siguen siendo las dependencias oficiales de planeación, epicentros de corrupción e indolencia, en las que solo se sabe de parar, frenar, cobrar y llevarlo todo a los propios pareceres.


Las mediciones del Ministerio pueden estar referidas al grado de aprendizaje de los estudiantes de las escuelas, colegios y universidades del país; en ese sentido es válido establecer que los alumnos de los colegios privados salen sabiendo más que los establecimientos públicos, sin que eso solucione el problema de la educación, que es un asunto estructural, de concepción de Estado. Se ha vuelto tema de propaganda política, con un trasfondo de mucho dinero e intereses personales, y llegamos al extremo de dar estatus de buena práctica a la construcción de palacetes que sirven de sedes a escuelas y colegios en los barrios y municipios más pobres, albergando maestros mal tratados y mal asistidos, y niños famélicos que dejan el boato de las vidrieras, para enfrentar la realidad de su miseria. 


Para corregir, hay que ir al origen mismo del problema. Sería bueno examinar el resultado de las mediciones de calidad que hace el Gobierno, porque los establecimientos privados también tienen sus adolescencias, y graves. Por otro lado hay que meterle el factor de inequidad a las estadísticas, para ir midiendo de paso el grado de pobreza de los estudiantes de uno y otro sector. Colombia es un país de naciones: costeños, paisas, cundiboyacenses, opitas, llaneros, santandereanos, son universos distintos, con una marcada diferencia en su concepción de vida; sus riquezas y oportunidades son diferentes y, se puede decir, que por el origen de cada pueblo, tienen inteligencias distintas.


Las imposiciones centralistas no caben, pues, en materia de educación en un país donde no somos iguales. Por otro lado, formar con un propósito es tarea que solo la pueden asumir con éxito, los verdaderos estadistas, los que conocen y sienten la política como el arte de gobernar los pueblos para su desarrollo, y para el provecho y bienestar general. Hay que poner las esperanzas en los elegidos para guiar las regiones y ayudar en lo que más se pueda, en la construcción de un sistema educativo que no tenga más títulos que el de la verdadera intención de formar para el cambio. Y que no sean solo los jóvenes los destinatarios del sistema, también hay que enseñarle al ciudadano a reclamar, intervenir y a mantener la actitud cívica de dueños de lo público.