Columnistas

Reverencias o gruñidos
Autor: Sergio De La Torre
27 de Septiembre de 2015


No siempre la diplomacia es oficio que supere en eficacia a otras herramientas y recursos de la política exterior.

No siempre la diplomacia es oficio que supere en eficacia a otras herramientas y recursos de la política exterior. Cuando se acude a ella para cerrar agrias disputas, el resultado dependerá de la oportunidad y el modo en que se ejercite. Razón por la cual todo hay que cotejarlo y sopesarlo. Incluso hay circunstancias en que la diplomacia sobra, y hasta estorba. Ello depende de la naturaleza, gravedad o irrelevancia del momento en cuestión. A veces resulta mejor abstenerse de cualquier avance o movimiento, y simplemente esperar. O lo contrario: tomar la iniciativa de ensayarla, si la contraparte se aviene a ello, e inflar las propias pretensiones (como en el regateo, tan caro a la cultura paisa), o bien dramatizar (pues la diplomacia tiene mucho de teatro o simulación), o presionar bajo amenaza de represalias o rupturas, como suele hacerse para ablandar al adversario, siendo ello cosa aceptada y normal.


La diplomacia, pues, no es solo condescendencia. También recurre al espectáculo, la manipulación sicológica, la baladronada. Lleva una buena dosis de mentira y a su oficiante solo le está vedada la confianza excesiva en el otro (o en sí mismo), el tomar muy en serio, sin decantar y cotejar, lo que le dicen.


Lo arriba señalado, sin exceptuar nada, es práctica y usos consuetudinarios, diría cualquier jurisconsulto. Todo está consagrado por la costumbre, de donde deriva su validez.


No olvidemos que tanto el obispo Talleyrand como el seglar Metternich, precursores de la diplomacia moderna, eran un par de mentirosos redomados. Vale decir, no se regían por valores o principios sino por apetencias e intereses, el primero de los cuales era el de sobrevivir a los cambios de régimen, permaneciendo en la cúpula. Ahí residía su talento y eso los hizo tan efectivos y productivos como negociadores cuando se trataba de salvaguardar a Francia o Austria en el continuo reparto de Europa que acompañó y siguió a las guerras napoleónicas. Fueron un par de impostores, cosa que sabían el uno del otro cuando se reunían a negociar fronteras, reparaciones, deudas y hasta matrimonios de conveniencia entre portadores o próximos herederos de cetros y coronas imperiales.


Mas como la diplomacia se inventó para evitar la guerra zanjando a tiempo los desacuerdos, se piensa que ella es tan solo un intercambio de sonrisas y zalamerías frente a las cámaras y los reflectores. O se la confunde con el protocolo y la etiqueta, los cuales no se bastan a sí mismos, aunque a veces sí, pero en ocasiones escasas.


Conforme a lo dicho atrás, que podría servirnos de pauta o guía de lo que es un buen manejo diplomático, cabría inferir que el presidente Santos lo hizo bien en la reciente cumbre de Quito, si juzgamos por sus gestos y la manera como enfrentó el esperado encuentro con Maduro. El disgusto que se insinuaba en su rostro, la poca fe o entusiasmo demostrados frente al previsible comunicado inane que se leyó y a los anuncios de nuevas reuniones (ya de ministras y ministros), la renuencia a estrechar la mano del venezolano, todo ello, en fin, sumado a lo que dijo y calló en sus palabras de despedida (picado por la grave y continuada ofensa inferida a sus compatriotas, por el rencor consecuente y por un escepticismo de momento invencible) fue lo que marcó el episodio de Quito, que ya fue eclipsado esta semana por el de La Habana. Pero a lo de Quito, sus lecciones y consecuencias, así como a los frutos, amargos o dulces, de la diplomacia como arte o como entretenimiento, volveremos la semana venidera.