Columnistas

Educación en tela de juicio
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
17 de Septiembre de 2015


La educación superior colombiana ofrece muchos problemas y pocas soluciones.

La educación superior colombiana ofrece muchos problemas y pocas soluciones. El primero es que al convertir el conocimiento en mercancía, está metida de lleno en la competencia de los títulos y las clasificaciones, dejando de lado la preocupación por formar seres humanos integrales y su obligación de contribuir a la transformación de la realidad social.


Como consecuencia de la mercantilización del conocimiento y de la competencia no declarada por figurar en las tablas de clasificación, que por lo general hacen entidades foráneas, que trabajan sobre datos y no sobre hechos reales, hoy la gente quiere llenarse de títulos, los que busca adquirir de la manera más fácil posible, incluyendo las trampas en los exámenes y las mentiras recurrentes cuando se trata de presentar trabajos o acudir a evaluaciones.


La repetición de estas situaciones configura un fenómeno grave, porque el sistema educativo se centra en lo que da créditos: califica a los estudiantes, califica al docente, califica a las universidades, pero no ayuda a transformar la sociedad, perdiéndose en esta competencia por la visibilidad el verdadero objeto de la educación superior, que es formar personas, que sean buenos ciudadanos y buenos profesionales al servicio de la sociedad y no del dios dinero o el dios prestigio. 


Sin embargo, el sistema educativo colombiano es autista; la universidad está ensimismada, encerrada en sus propios cuentos de acreditación y autocomplacencia, preocupada por ganar espacio en cuanto “ranking” se antoja internacionalmente, pero alejada de la realidad nacional que debe enfrentar y transformar. Se habla de más cobertura, de recibir más personas que desean titularse, de crecer en títulos de posgrado y en publicaciones internacionales, pero poco se habla de relacionarse con la comunidad, de salir a la calle, de hacer investigación aplicada con resultados medibles en mejores niveles de calidad de vida de la población. ¿Qué papel cumplen todas las investigaciones y las tesis que se hacen año a año en las universidades colombianos, en los niveles de pregrado y posgrado?


Hoy, pocos se preguntan por la pertinencia de los programas, por examinar si el número de universidades y de carreras que hay en Colombia responde a las necesidades de la sociedad y si los múltiples perfiles profesionales que se ofrecen guardan relación con las necesidades del país. 


En declaraciones a la Revista Dinero, publicadas el pasado 14 de agosto del presente año, el presidente del Grupo Sura David Bojanini, manifestó que muchas compañías ven afectada su competitividad porque no encuentran en Colombia el personal calificado que requieren. “Bojanini aseguró que el principal detonante de la escasez de profesionales precisamente es la calidad en las diferentes etapas de la educación, la cual ha sido calificada negativamente en repetidas ocasiones por organizaciones internacionales que miden esa área.” “La gente cree que la educación es un problema del Gobierno, y en realidad le pertenece a todos los colombianos”, destacó el empresario antioqueño. Y afirmó  que el debate sobre cómo mejorar las capacidades de los estudiantes debería “ocupar los titulares de los principales diarios del país” y generar una mayor discusión en la esfera pública.” (Dinero, 8-14-2015). Tan grave como la denuncia formulada acerca de la calidad y la pertinencia de la educación, es el silencio de las instituciones interpeladas. Hasta el momento nadie ha respondido ni explicado qué pasa con la calidad del sistema educativo.


Y para corroborar la crisis de pertinencia de la educación, una encuesta de una firma intermediaria en contratación laboral, publicada la semana anterior, revela que el 65 por ciento de los encuestados está inconforme con su carrera y hubiera preferido estudiar una profesión distinta.   


Posdata: un Estado que todo lo regula debía regular el tamaño de los diplomas. Mientras más grandes más inútiles. Claro que el país también ha modificado sus indicadores de igualdad: un diploma de pregrado y un diploma de bachillerato significan casi lo mismo: un bachiller sale a ganar el salario mínimo ($644.350) y el neoprofesional gana 800 mil pesos, en contratos precarios, de corta duración).