Columnistas

Reflexiones sobre una crisis
Autor: Jorge Arango Mej韆
6 de Septiembre de 2015


En mala hora, y sin ninguna raz髇 que justifique su conducta, el presidente Maduro ha causado una crisis sin precedentes en las relaciones entre Colombia y Venezuela.

En mala hora, y sin ninguna razón que justifique su conducta, el presidente Maduro ha causado una crisis sin precedentes en las relaciones entre Colombia y Venezuela. Es necesario reflexionar sobre estos hechos, que constituyen un problema cuya solución no parece fácil.


Sea lo primero afirmar que lo que ha ocurrido tradicionalmente en esta frontera, no es insólito ni obedece a causas diferentes a las geográficas, económicas y sociales. Es natural, es inevitable que entre comunidades a las cuales solamente las divide una  línea, haya un intercambio permanente. Quienes viven en regiones limítrofes, se relacionan por esa sola circunstancia. Sería absurdo pretender que se mantuvieran absolutamente separadas. No, entre ellos se crean lazos de amistad, de negocios, familiares, culturales.


Lo anterior explica por qué lo que ocurre en un país determinado, influye, por fuerza, en los que tienen fronteras comunes con él. Para impedir esas relaciones, habría que construir una muralla fortificada, lo que hoy resulta impensable.


También es de común ocurrencia que en las zonas fronterizas haya contrabando. Cómo se sabe, éste tiene unas causas económicas, que se originan en las desigualdades entre las naciones. Ha existido y existirá: por eso hay leyes cuya aplicación es el único camino para  reprimirlo y castigar a  sus autores.


Pero la manera de combatir el contrabando, no se basa en la expulsión de gentes del país vecino, que han residido sin  problemas durante años y que, de alguna manera, han servido a las comunidades que hace tiempo las recibieron.


Es evidente que Colombia no ha causado ninguno de los problemas que afronta Venezuela y que se han agudizado ahora. Si hay escasez de alimentos, de productos indispensables en la vida diaria, no hay ningún motivo para señalar a los colombianos como responsables de ella.


¿Qué decir del procedimiento que ha seguido Maduro? Sencillamente, que contradice elementales principios jurídicos. Esas deportaciones masivas, sin fórmula de juicio, hechas a la fuerza, son inexplicables y carecen de toda justificación. 


Hay diversas hipótesis sobre la conducta de Maduro. La más generalizada es la de que el dictador busca fortalecerse, en vísperas de una elecciones. Al fin y al cabo, inventarse un enemigo imaginario puede ser una trampa adecuada para cazar incautos, para ganar votos.


¿Qué se ha demostrado nuevamente? La inutilidad de algunas organizaciones, como la OEA y Unasur. ¿Por qué no aprobar la petición de Colombia sobre la reunión de cancilleres? ¿Cómo negar que la situación contraria a los derechos humanos, en que están los colombianos residentes en Venezuela, es un tema de importancia para todas las naciones del continente?  Uno no puede sino preguntarse, después de esto, para qué sirve la OEA: ¿solamente para dar trabajo bien  remunerado a sedicentes diplomáticos que se han acostumbrado a vegetar en la ociosidad?


Lo que está por verse es si conviene la intervención del actual gobierno de Venezuela en las charlas de La Habana. Es evidente que la actuación de Maduro le resta credibilidad a  sus manifestaciones de amor a Colombia. ¿Habrá alguien tan cándido como para presumir que obra de buena fe, que realmente quiere la paz de Colombia?


En cuanto al gobierno, hasta ahora ha hecho lo único que está a su alcance. Dar a los desplazados albergue y comida, así sea en forma precaria. Aún es temprano para decir hasta donde crecerán las dificultades. Si la persecución se extiende a todo el territorio venezolano, es imposible un cálculo siquiera aproximado de sus víctimas.


Únicamente queda la esperanza de que Maduro acepte la reunión con Santos, reunión que él fue el primero en proponer. Esa es la vía para la solución de conflictos entre naciones vecinas y amigas. En realidad estas diferencias no son insuperables. Para llegar a acuerdos, hay que proceder con sensatez, moderar el lenguaje y recordar que Colombia y Venezuela han vivido siempre en paz, durante más de dos siglos de independencia.