Columnistas

Una bandera muy manoseada
Autor: Sergio De La Torre
30 de Agosto de 2015


La rampante agresividad de Maduro, no conocida ni por sus peores enemigos, desnuda la verdadera faz del socialismo venezolano.

La rampante agresividad de Maduro, no conocida ni por sus peores enemigos, desnuda la verdadera faz del socialismo venezolano. Otrora decirse socialista, bien fuera en Europa (donde la corriente nació, floreció y escaló la cima en varias de sus versiones, desde la más radical del bolchevismo hasta la muy moderada de la socialdemocracia) o en otro continente, declararse socialista, digo,  implicaba un compromiso. La causa se asumía previa la aceptación meditada de su ideario. No simplemente se heredaba, ni abrazaba por comodidad o cálculo. Menos -ello sucede a menudo- como quien abraza un credo o fe religiosa. La vinculación a dicha causa más que emocional era muy consciente, lo cual supone siempre un previo proceso de reflexión no movido por razones (acuciantes a ratos pero de todos modos menores) como el resentimiento social o la frustración de no haber tenido las mínimas oportunidades laborales, educativas, etc. Vale decir, al socialismo se llegaba, y se llega, no apenas por impulsos del corazón o apremios del estómago sino por selección, por una real convicción adquirida. Lo cual exige, por supuesto, cierta versación, sin la cual mal podría captarse la matriz cultural y fuente filosófica en que se fundan los principios que lo guían como opción política seria y de universal alcance.


Repárese en algo, bien paradójico y extraño, que ilustra lo dicho arriba. Al paso que el socialismo aboga por la eliminación o reducción de las más odiosas diferencias de clase, en su paciente labor persuasiva y pedagógica propicia la aparición y el predominio de una élite, que semeja otra clase, y obra como tal, solo que no llevada en principio por el interés económico sino por el altruismo, o digamos mejor  por ideales, ya que el altruismo, noble vocablo, quedó en entredicho desde que alguien lo aplicara a la guerrilla colombiana para maquillar sus tropelías.


Los iniciados en la doctrina del socialismo son discípulos mediatos de la Ilustración y el Iluminismo. Discípulos que sucedieron a la primera camada, la de los precursores del liberalismo, para reemplazarlo como modelo de sociedad y democracia. El socialismo como prospecto, así no lo compartamos por entero, es algo sobremanera  respetable y enjundioso: para ganar adeptos, en lugar de catequizar, convence. De tal suerte que personaje tan zafio e improvisado como Maduro, que todo lo ve en blanco y negro sin distinguir matices intermedios, bien puede proclamarse socialista, por necesidad o conveniencia, pero eso no implica que lo sea. Menos aún sus pares, ese rebaño amaestrado que siempre lo acompaña para aplaudirlo, sin entender lo que dice. Que él tampoco entiende, pues lo cacarea y deyecta como siguiendo un libreto. El socialismo entraña una dignidad intelectual que el presidente Maduro no tiene ni podría tener, pues él está fabricado para ser apenas un conmilitón, un miembro más de la banda, a quien eligieron para ocupar el solio no por ser el mejor, o autosuficiente al menos, como su antecesor, sino por obediente y disciplinado. O sea por carecer del fuelle que el coronel sí tenía en medio de sus falencias. Pero esos faltantes de Maduro le dan tranquilidad a sus compinches. 


El socialismo, que no es enemigo de la propiedad, solo busca propagarla redistribuyéndola, sin perturbar su función ni espantar a los empresarios. Hacerlo pues respetando las normas, siguiendo los procedimientos establecidos y, en lo posible, de manera consensuada. Nada más contrario a sus designios que el espectáculo de las expropiaciones a dedo en que se solazaba Chávez, sin reparar en la arbitrariedad latente ni medir las consecuencias. El socialismo como concepción política se basa en el más puro humanismo, cuya cristalización en la vida social es su meta y obsesión. Respeta la libertad porque vive de ella y para ella. Todo tipo de censura o restricción al libre juego de las ideas, repugna a su esencia. La adhesión a él siempre será consentida. Jamás obligada o retribuida como premio que se da al mercenario o al burócrata servil. Es pues lo opuesto al circo rutinario que ofrecen los áulicos coreando consignas y aullidos. El encierro de los disidentes, las incursiones motorizadas contra la protesta callejera recuerdan el estilo lumperil y rufianesco de las hordas nazifascistas en Italia y Alemania de preguerra.


Pero el más grande contrasentido (equivalente a la célebre “reducción al absurdo” de que hablara el filósofo alemán Husserl, desde su peculiar perspectiva el más severo guardián de la lógica y de la coherencia en el pensar) es oír al señor Maduro repudiando a los colombianos dizque por pobres. ¿No es acaso el socialismo la promesa de los pobres? ¿No fue para ellos que lo inventaron? El próximo domingo hablaremos del populismo venezolano como un nuevo fascismo, de raíz tropical y estilo mafioso, detrás del cual opera el narcotráfico, agrupado en el cartel de los Soles, y otros más que operan desde el Ejército, con la interesada complicidad, al parecer anotada  en expedientes judiciales foráneos , del inefable e impredecible Diosdado Cabello.