Columnistas

La ignorancia es la peor tiranía
Autor: Omaira Martínez Cardona
11 de Agosto de 2015


Un pueblo ignorante es el instrumento ciego de su propia destrucción, dijo Simón Bolívar en uno de los escritos que legó a la humanidad.

oma66co@gmail.com 


Un pueblo ignorante es el instrumento ciego de su propia destrucción, dijo Simón Bolívar en uno de los escritos que legó a la humanidad. Nada tan cierto como esta afirmación tan contundente de quien tanto defendió la importancia de educar a los pueblos, pero cuando se alude a la ignorancia no necesariamente se está haciendo referencia a la carencia de conocimientos intelectuales, sino más bien a la falta de capacidad o voluntad de hacer con lo poco o mucho que se sepa, lo mejor posible. Subsisten pueblos, naciones y comunidades como la nuestra donde los ciudadanos se han resignado cómodamente a sobrevivir en la ignorancia bajo la tiranía de sus gobernantes representada en manipulación, coerción y corrupción.


No hay peor tiranía que la de un pueblo ignorante que vive engañado no porque no conoce sino porque no sabe qué hacer con lo que sabe para el bienestar común.


Platón fue uno de los primeros en indagar sobre el conocimiento planteando la teoría de las ideas con la que diferenció dos ámbitos fundamentales para la necesidad de conocimiento del individuo que ha sido una lucha constante en la existencia de la humanidad, el primero está relacionado con el instinto por conocer y saber que caracteriza al ser humano y es el que le permite estar en una constante búsqueda de nuevos aprendizajes, saberes y conocimientos, y el otro, es el de lo sensible en el que se generan las emociones  que motivan  a poner en práctica lo que se sabe o conoce. Y es precisamente este  ámbito el más vulnerable y en el que se concentran todas las debilidades de las culturas, sociedades, pueblos y ciudadanos que los integran, sumiéndolos en el más absoluto conformismo y sumisión.


Un pueblo o un ciudadano que opta por mirar sin ver, oír sin escuchar, hablar sin decir nada, actuar sin cuestionar y renegar sin hacer valer su derecho a proponer y transformar, tiene su camino asegurado al fracaso, al estancamiento y probablemente a la derrota, peor aún si no tiene la motivación o voluntad para salir de la ignorancia.


Lo que se ignora o no se conoce, no se comprende y por lo tanto, no se puede reaccionar ante lo que no se sabe que se posee.


Más que catalogar el nivel de ignorancia por la cantidad de conocimientos o el grado  de educación lo que debe percibirse es la calidad del saber, habilidad o fortaleza que se tenga porque es ahí donde se definen las capacidades y los alcances del desarrollo tanto de las personas como del entorno que las rodea. 


Por obvias razones y circunstancias, resulta más conveniente en los actuales sistemas que se ufanan de promover la democracia, gobernar sobre un pueblo ignorante que aunque cada vez pierde más credibilidad y confianza, también se acomoda por aparente conveniencia al vaivén de quienes lo orientan con pequeñas dosis de alegría y felicidad que actúan como pañitos de agua tibia para calmar lo que en el fondo termina por detonar en un dolor irremediable. 


Transformar la ignorancia en sabiduría  y progreso es posible saliendo de ese estado de mutismo y aparente felicidad en el que mientras muchos viven en constante celebración y fiesta, otros siguen aniquilándose en desacuerdos sin sentido. El saber y el conocimiento deben trascender al hacer y solo haciendo se aprende, se conoce más, se explora, experimenta y se innova. Retomando la idea de un compañero de labores, la sabiduría es como la magia que cuando se tiene el dominio y conocimiento de los trucos, funciona y puede transformar y hacer realidad cualquier ilusión.