Editorial

Medir la educación superior
18 de Julio de 2015


El Mide adopta como criterio de calidad de educación un modelo de competitividad definido por los mercados internacionales, no por las necesidades de equidad.

Desde el miércoles se escribe públicamente el segundo capítulo del valioso impulso a la calidad de la educación en el que la ministra Gina Parody pone su empeño. El primer paso, dado en marzo, fue la presentación de resultados de la primera medición a instituciones de educación básica y media, según el Índice sintético de calidad educativa. El segundo capítulo presenta resultados, algunos sorprendentes, de la primera aplicación del Modelo de indicadores de desempeño de la educación superior, Mide, en universidades e instituciones universitarias en todo el país.


El Mide, explicó la Ministra, se concibe como instrumento para impulsar la calidad de la educación superior mientras también se avanza en cobertura, que llega al 47% de la población cuando el promedio de los países Ocde alcanza el 74%. Como tan ambiciosos objetivos exigen importantes esfuerzos, es necesario que el Ministerio explique las acciones con que va a superar el recorte de ingresos y aclare si va a modificar las asignaciones presupuestales a la educación superior, buscando que las instituciones privadas reciban financiación directa del Estado, no sólo la del proyecto Ser pilo paga. 


Además de tomar el nombre de un proyecto de carácter privado y no obligante con el que se hace, con criterios similares a los colombianos, una comparación de universidades chilenas, el Mide retoma los criterios de medición adoptados por el IQS, indicador privado que desde 2004 realiza la firma británica Quacquarelli Symond y que tiene como finalidad “ofrecer a los aspirantes una guía sobre las universidades a las que les convendría ingresar”. A pesar de insuficiente, ese índice, decíamos en junio de 2003, “mantiene la relación investigación/calidad para la educación superior, y descuida aspectos que en América Latina serían de gran importancia como los de accesibilidad para ciudadanos pobres, la extensión y la oferta de bienestar que garanticen la permanencia de los alumnos”. El Mide adopta como criterio de calidad de educación un modelo de competitividad definido por los mercados internacionales, no por las necesidades de equidad. Ello se demuestra con su prioridad a datos como la empleabilidad, salarios o acceso a posgrados de sus egresados o la alta valoración a los posgrados o la internacionalización. Y se confirma con la falta de datos que reconozcan la educación superior como servicio público y bien común. Tales elementos de medición explican que algunas universidades privadas superen a las públicas que han liderado avances en cobertura, investigación y docencia de calidad.


En un proceso que debe vincular al público, los expertos, los ciudadanos, empresarios y también a los políticos, el Gobierno tendrá la oportunidad de reflexionar sobre el Índice que Colombia, con otros países latinoamericanos que recorren el camino del desarrollo, deberá construir para propiciar que su sistema de educación superior sea, principalmente, forjador de equidad en tanto eje de las oportunidades que la sociedad puede ofrecer a todos sus miembros. En un indicador con tales características, tendrían que premiarse esfuerzos integrales de regionalización, programas de bienestar estudiantil y de vinculación de los alumnos a los grupos de investigación, así como comparaciones entre los conocimientos del alumno que ingresa y el desarrollo de sus competencias en el proceso. Y para un país que piensa en la paz, bien conviene pensar que los procesos de medición y calificación de la educación, en todos sus niveles, reconozcan las acciones de promoción y formación ciudadana.


Moisés Wasserman, exrector de la Universidad Nacional, reconoció al Mide como guía para los padres y precisó que “lo importante será mejorar el sistema, no castigar a los malos”. En esa dirección, y con inmensa contundencia, reaccionaron los voceros del Observatorio de la universidad colombiana, liderado por reconocidos exrectores y directivos universitarios, que anunció que no publicaba el ranking “por considerarlo mal estructurado, injusto, desmotivador y disociador”. Hay pues, distancias, entre el Mide y los conceptos de conocedores de la educación universitaria. Estos se agregan a resultados lejanos a índices construidos mediante acuerdo del Gobierno, las instituciones y los expertos, como el Scimago, que mide la investigación, y distintos a la acreditación. Las diferencias señalan que apenas comienza la tarea de construir mediciones propias que logren dar cuenta de la equidad y la inclusión como acciones tan importantes como ser competitivos en el mundo.