Columnistas

Anhelos platónicos
Autor: Sergio De La Torre
28 de Junio de 2015


Con relación a la reforma constitucional reciente, del “equilibrio de poderes”, decíamos antes que tales poderes, en la democracia liberal conocida en Occidente (que en principio es la más abierta y elaborada de todas) nunca están equilibrados del todo, sino al contrario: siempre habrá un desequilibrio entre ellos, mayor al que en su hora previeron sus artífices o parteros.

Prueba de ello es la propia Inglaterra, donde nació el primer embrión (aún antes de la Revolución Francesa y de la independencia norteamericana, inspirada en el ideario iluminista y libertario de Jefferson y Hamilton) y donde hubo el primer ensayo, todo lo romántico y espontáneo que se quiera, pero que a la larga floreció transmutado en la democracia moderna, cuasiperfecta que el hombre ha disfrutado en estos siglos. Sin embargo dicha democracia, genuina en alto grado y auspiciosa, nació medio baldada y tuvo que resignarse a convivir con un remanente del antiguo régimen, la monarquía, lo cual ya de suyo supone un desequilbrio ostensible.


Por tanto el modelo inglés que todos en el hemisferio quisimos replicar por ser el más generoso y operante en la práctica, no es más que un sistema parlamentario con una monarquía constitucional enquistada, donde, sin que ello duela o fastidie mucho, en toda circunstancia difícil, encrucijada fatal o disyuntiva crítica que se presente, siempre termina prevaleciendo la corona sobre el Parlamento. No en vano es el rey la cabeza del Estado. Y como tal el intérprete final, el custodio autorizado de ese ente nebuloso, ubicuo, muy gravitador, denominado “opinión pública”. Otros prefieren llamarlo “voluntad popular” o “querer ciudadano”, que se expresa cotidianamente en los más diversos ámbitos de la vida social, por ejemplo en el silencio de un funeral y en la algarabía de un estadio. Hoy la reina Isabel, verbigracia, por mero instinto sabe descifrar esas manifestaciones como lo que son: claras y repetidas señales de asentimiento y comunión con el orden establecido.


Aquello que nos sirve de guía entonces a los americanos del norte y el sur, apegados al sufragio universal y demás expresiones o mecanismos de la democracia representativa, en realidad es una monarquía hereditaria. Lo cual, por paradójico que suene, no le resta legitimidad ni vigor a la democracia inglesa que, objetivamente cotejadas, resulta ser más auténtica y efectiva que la francesa, pese a ser Francia una república donde tiempo ha fue desterrada la corona, tras varios intentos de restauración a la postre fallidos, protagonizados por los dos Napoleones, el grande primero y el pequeño después, y en medio de ellos, un príncipe de Orleáns igual de fugaz o transeúnte. 


Curiosamente en Francia, tenida como la Meca de la democracia en el mundo, tampoco se acoplan las tres ramas del Estado. Gracias a De Gaulle, una especie de Mesías, tan diestro para la guerra como para la paz, allá domina el poder ejecutivo. El presidente es un monarca no coronado que, cuando se lo propone, con un pretexto creíble y bien calculado puede disolver la Asamblea Nacional que no lo secunda y llamar a elecciones para recomponerla, en su provecho, por supuesto. Puede incluso, en caso extremo, convocar plebiscitos y referendos para reformar la Carta y hasta para fundar una nueva república, como lo hiciera el general en el 58. En la Francia republicana, pues, los poderes están menos equilibrados que en la Inglaterra monárquica. En cambio sí funcionan armoniosamente y se entienden a la perfección en Estados Unidos, donde el texto de la Constitución cabe en dos páginas y se acata sin remilgos o rodeos. Ocurre que mientras más breves sean las constituciones más respetan y se atienen a sus respectivos espacios los órganos del Estado, y más transparente y eficaz resulta su gestión, por ende.


En conclusión, desequilibrio de poderes, de hecho o de derecho, lo hay por doquier. En unas naciones más y en otras menos, pero, por necesidad o por costumbre, soportable en términos generales. Dicho desequilibrio, en rigor, no es malo ni bueno: todo depende del lugar y del momento. En cuanto a Colombia, ella es un caso aparte, gracias a la manía que nos dejó Santander como herencia cuando, para socavar a Bolívar (a quien no se aguantaba) cambió el sable por farragosas codificaciones y leyes en cascada que nunca entendimos ni aplicamos debidamente. Las masticamos y deglutimos sin cesar, sin procesarlas ni digerirlas, como si se tratara de una drogadicción compulsiva, que ya nos es peculiar e idiosincrásica. Ello será tema para próxima ocasión.