Columnistas

Cuando mente y manos dialogan
Autor: Luis Fernando Múnera López
1 de Junio de 2015


"Mens et manus”, la mente y la mano, es el lema del Instituto Tecnológico de Massachusetts, la mejor universidad en ingeniería del mundo.

El ideal del MIT es promover la educación orientada a la aplicación práctica de los conocimientos teóricos. El lema “Mens et manus” se complementa con las palabras “ciencia y artes”, en alusión al diálogo de las dos culturas.


La combinación de observar, pensar y hacer fue también la clave en la antigua Alejandría, donde convivían el eclecticismo y el sincretismo, la teoría y la práctica. Allí trabajaron armónicamente filósofos, matemáticos y estudiosos de las ciencias naturales, hombro a hombro con artesanos, orfebres, mecánicos y albañiles.


Hace poco conocí la técnica de construcción de muros de contención livianos, rápidos y económicos, desarrollada localmente por el ingeniero antioqueño Jorge Enrique Ruiz Díaz, para sostener taludes inestables y suelos de relleno, con eficacia, seguridad y bajo costo. Jorge le dio a su invento el nombre de muros autoportantes. Este escrito pretende destacarla como la conjugación eficaz de la mente y la mano. 


El muro autoportante se compone de un tablestacado delgado, hecho con tablas de madera, de plástico o de concreto, apoyadas en postes verticales hincados en la cara inferior del terreno que se desea contener. Las tablestacas se amarran mediante simples cuerdas de polipropileno a unas estacas hincadas en el terreno firme. Detrás de la estructura y a medida que se levanta, se va construyendo un terraplén muy bien compactado, en el cual quedan embebidas las cuerdas del amarre. La fricción entre el suelo compactado y los lazos que van quedando enterrados ayuda a la tracción que estos ejercen. Además, a cada uno de esos lazos se le hacen nudos sucesivos que incrementan la fricción.


Los muros de contención de concreto convencionales necesitan una excavación grande para extender las dos “patas” transversales que les permitan generar resistencia al volcamiento y al arrastre. Además, requieren grandes cantidades de hormigón y esperar varios días a que fragüen, antes de permitirle al muro recibir la carga del suelo. La complejidad, los tiempos y los costos de construcción de estas estructuras son mucho mayores que los de aquella. 


Después de escucharle al ingeniero Ruiz estas explicaciones le hice dos preguntas: ¿Cómo se te ocurrió esta idea?, y ¿no te da temor de que esos muros fallen?


A Jorge Enrique le brillaba la mirada al contestarme: “Se diseñan con rigor y se aplican factores de seguridad altos. ¿Por qué iban a fallar? Solamente lo harían si el relleno de tierra se filtrase por debajo del tablestacado, lo cual se evita sellando bien la base antes de empezar. Una vez iniciado el lleno, éste se va consolidando, hasta convertirse en una masa homogénea que se sostiene por sí misma. En esta materia, la teoría clásica de la ingeniería dice una cosa y la naturaleza, otra: Una masa de suelo compactada no siempre ejercerá fuerzas hacia los costados, cuando se consolide actuará como un bloque y sólo ejercerá su propio peso hacia abajo. Si eventualmente se retiraran las tablestacas, el terraplén se autosoportaría”.


La historia de cómo nació la idea es fascinante. De niño en el barrio Belén, en los años cincuenta, Jorge observaba que cuando la arena que se vaciaba de un coche de caballos sepultaba el lazo del cabestro, la fricción que éste recibía era tan alta que se requerían varios hombres para sacarlo, jalándolo. Más adelante, en Barbosa, mientras ayudaba a los albañiles a construir muros de tapia, observaba la técnica empírica de las formaletas y de la tierra compactada. Ya como ingeniero de carreteras veredales, en Segovia, vio construir puentes provisionales en las quebradas amarrando trocos de árbol con lazos de cabuya. Obviamente, esos lazos se pudrían, pero en las bananeras de Urabá observó que las cuerdas de polipropileno duraban años en los basureros sin descomponerse. Cuatro observaciones que gestaron una idea. Y la idea fructificó en obras.


Este es un ejemplo de la ingeniería antioqueña, la de verdad, la ingeniosa, la creativa, la honesta. La que queremos ver siempre.