Editorial

La Fifa, en fuera de lugar
28 de Mayo de 2015


Lo visto hasta ahora es apenas la punta del iceberg y ante la complejidad de un asunto que puso a tambalear los cimientos de la Fifa, el Congreso Mundial y su etapa decisoria deber韆 suspenderse, mientras Joseph Blatter tendr韆 que renunciar.

Aunque la primera denuncia sobre casos de corrupción en la Federación Internacional de Fútbol Asociado, Fifa, se remonta al año 2002, cuando el diario británico The Daily Mail reveló una posible compra de votos en la elección de Joseph Blatter como presidente de la entidad en 1998, apenas ahora sale a la luz pública una acción concreta frente a las prácticas poco transparentes en el organismo rector del balompié mundial: una investigación adelantada de forma conjunta por la Fiscalía General, el IRS y el FBI de los Estados Unidos, que debe llegar hasta las últimas consecuencias, no con el propósito de herir o menoscabar el deporte más popular del planeta, sino sanear las prácticas administrativas que lo rigen y que, a juzgar por la evidencia, se salieron de todo control como consecuencia del crecimiento exponencial de sus ingresos económicos.


El hecho ocurrió en la víspera del congreso mundial de la organización, que mañana decidirá si reelige por quinta vez a su actual presidente, por cuatro años más. La continuidad de Blatter o una reacción coyuntural a favor del joven príncipe jordano Alí bin Al Hussein, de todos modos va a obligar a la Fifa a afrontar con determinación el escrutinio, tanto de la justicia como de la comunidad internacional, que de tiempo atrás ha venido cuestionando su modelo de mando, su esquema organizacional que la exonera del pago de impuestos en Suiza (precisamente la razón que la llevó a mudar su sede de París a Zurich en 1932) y las exigencias sobre los gobiernos para no pagar impuestos al país sede de sus eventos, a la vez que se reclaman controles claros a una entidad que, pese a ser una organización no gubernamental, ha acumulado un poder omnímodo que ahora se está volviendo en su contra.


Y es que a pesar de tener 111 años de historia (fue fundada en París el 21 de mayo de 1904), fue en las últimas cuatro décadas que dio los pasos que la llevaron a multiplicar sus finanzas, su influencia, su personal y sus escándalos. Su incuestionable globalidad (tiene 209 países asociados, 16 más que la ONU) se opone al secretismo que impera en su administración y que se fue haciendo cada vez más evidente. La transformación de la pequeña ONG de diez empleados que organizaba el Mundial de Fútbol cada cuatro años al gigante que hoy está bajo el escrutinio de la justicia, tuvo su punto culminante en la llegada del brasileño Joao Havelange en 1974, pues fue quien obtuvo los grandes patrocinadores y valorizó los derechos de la televisión. Los recursos  obtenidos le permitieron a la entidad ampliar el abanico de torneos que, unidos a la comercialización, constituyeron el círculo virtuoso de un lucrativo negocio. 


Ese coctel de dinero y falta de control hace inevitable la corrupción, los conflictos y el clientelismo, tal como lo ha planteado la fiscal general de los Estados Unidos, Loretta E. Lynch, al explicar por qué fue ese el país que decidió meterle el diente a tan complejo asunto: o bien los acusados planearon parte de su actividad delictiva en reuniones celebradas en Estados Unidos, o bien se usó el sistema bancario de este país para distribuir los sobornos que cobraron “a cambio de los derechos comerciales, y lo hicieron una y otra vez, año tras año, torneo tras torneo” durante más de dos décadas, quedando en duda, también, la elección de Sudáfrica como sede del Mundial de 2010, la elección de Joseph Blatter -otra vez- como presidente de la Fifa en 2011 e, incluso, la Copa América que se planea celebrar en Estados Unidos en 2016, la cual, según la fiscal, “fue usada como vehículo en una conspiración más amplia para llenar los bolsillos de los directivos con sobornos de un total de 110 millones de dólares”.


Al ser el fútbol el más popular de los deportes, capaz de paralizar ciudades y naciones y aglutinar a las masas en torno a una causa, este escándalo adquiere una gravedad no sólo económica sino política si se suman las dudas que persisten sobre la elección de Rusia y Catar como sedes de los mundiales de 2018 y 2022. El deporte y la política saltan al terreno de juego en una mezcla que puede resultar tan beneficiosa como explosiva, según las circunstancias. Basta observar la manera como Rusia defendió ayer la legitimidad de su elección como sede del Mundial 2018 y como atacó el papel de Estados Unidos en este episodio, para entender que lo que está en juego es mucho más que la limpieza del deporte. Lo visto hasta ahora es apenas la punta del iceberg y ante la complejidad de un asunto que puso a tambalear los cimientos de la Fifa, el Congreso Mundial y su etapa decisoria debería suspenderse, mientras Joseph Blatter tendría que renunciar a su cargo, tanto si todo esto pasó a sus espaldas como si tiene algún grado de responsabilidad.


Si la mayoría de las federaciones y confederaciones del mundo se han mostrado dispuestas a apoyar la investigación, esperamos que la actitud de Colombia sea también la de contribuir a encontrar a los culpables de los delitos tipificados originalmente por la justicia norteamericana y de aquellos que pudieran haber violado las leyes colombianas. No se trata de esperar a que otros hagan la tarea de encontrar colombianos involucrados, sino de que la Fiscalía colombiana los encuentre, y no sólo dentro de la dirigencia deportiva, que tampoco ha estado exenta de cuestionamientos en el terreno doméstico, sino también en los demás eslabones de la cadena de corrupción, pues en este caso también es tan culpable el que peca por la paga como el que paga por pecar.