Columnistas

El poder de dar de beber
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
26 de Mayo de 2015


Antoine de Saint Exupéry relata, en Tierra de hombres cómo terminó perdido, en compañía de Prévot, en un accidentado vuelo en medio de las infinitas arenas del Sahara, desconocedor de su ubicación geográfica, sin modo de comunicarse, con unas mínimas provisiones, y a la merced de los implacables extremos de calor y frío de aquellas soledades.

Pronto sus vidas estaban al borde de la deshidratación y la muerte, perdidos, náufragos en el mar de arena del desierto. A punto de morir de sed, el piloto y Prévot son hallados y rescatados por unos beduinos. Escribe sobre su salvador: “Respecto a ti que nos salvas, beduino de Libia, tú te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré nunca más de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. Nos miraste de hito en hito y enseguida nos reconociste. Tú eres el hermano bienamado. Y yo, a mi vez, te reconoceré en todos los hombres. Te me apareces bañado de nobleza y de bondad, gran señor que posees el poder de dar de beber.”


En otra de sus obras el inmortal autor de “El Principito” afirma: “Comprendo, por fin, por qué el amor de Dios ha hecho a los hombres responsables unos de otros y les ha impuesto la esperanza como virtud. Puesto que convertía a cada uno de ellos en embajador del mismo Dios, depositando en las manos de cada uno la salvación de todos.” 


Para Saint Exupéry cada ser humano es un embajador de Dios; todos, iguales, merecen el respeto. El ser humano, ser que se encuentra con otros seres humanos, es embajador de Dios: no se humilla a un embajador. Aquí  el piloto y escritor francés insinúa toda una antropología filosófica que estaría a la altura de la de Levinás, de Marcel, de Buber, de Wojtyla, algunos de los colosos del siglo XX que entendieron al ser humano como un ser para el encuentro y el diálogo con los otros seres humanos.


El ser humano es un ser que sabe que sabe, que tiene la posibilidad de preguntarse por su propio futuro, y que además, vive con y para los demás seres humanos. No es una entidad aislada y abstracta. Siempre, habitando su limitado cuerpo y sus limitadas coordenadas de tiempo y espacio, se debe a los demás. 


Saint Exupéry nos obsequia con buenas lecciones que hoy son válidas para afrontar críticamente el desquiciamiento individualista al uso que hace creer a millones en una supuesta independencia basada en la capacidad de compra del “homo consuméricus”, como si se comprasen también los sentidos últimos, los sueños, las metas. El propio autor recuerda: “Una tiranía totalitaria podría satisfacernos también nuestras necesidades materiales. Pero no somos ganado para cebar. La prosperidad y el confort no son suficientes para colmarnos. Sobre nosotros, que fuimos educados en el culto del respeto al hombre, gravitan pesadamente los simples encuentros que se transforman, a veces, en fiestas maravillosas.”